En el calor el silencio las cigarras

reinan y los geranios sufren, y el cesped

se pone cada vez más duro y amarillo.

Los coches hierven, los bolígrafos perdidos

se derriten en terrible agonía solitaria.

Uno prefiere que no sople el aire,

aliento de dragón infernal y vengativo. Los pies

de los niños se queman si se descuidan

y pisan la acera más de metal que cemento.

Arde el mundo a fuego lento vacacional,

arden los ciudadanos en atascos programados,

arde todo, sin llama, sin humo, en silencio, arde

mi corazón más duro que el diamante, más duro

que un adiós, más duro que un adiós, más duro.

Es el momento de estrenar cuaderno

cuadriculado, papel bendito, espacio ilimitado.

El calor ahonda cada minuto, acelera la vida,

revela la verdad de las cosas, desmonta tramas,

quema decorados, arranca máscaras, el calor

es una forma de muerte a la vez y vida pura.

Yo nunca he necesitado escuelas

de calor, porque lo aprendí en las calles.

De niño, en Málaga, las tardes de terral

salía a disparar escarabajos y a espiar vecinas

en esa hora eterna de las cuatro de la tarde,

más honda y silenciosa que la madrugada.

El calor me hizo feliz, y me hace ahora

feliz aún reactivando superpoderes

ocultos todo el año bajo el disfraz del invierno,

la rutina, los presupuestos, la lista de la compra.

Si yo fuera superhéroe sería SuperHeat,

o algo así, invulnerable al calor, infundible, capaz

de ocultarme en un jardín malagueño a las tres

de la tarde del veinticuatro de agosto y sobrevivir,

como si nada, feliz, recién duchado, contento.

Soy como Jon Voight en Runaway Train, solo que

en vez de cabalgar una locomotora loca

a través de las nieves perpétuas, yo lidero un ejército

de fantasmas en el desierto del Sáhara, cada día,

y cada noche una orgía en el oasis de turno.

 

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