Los niños y los perros comparten

una cualidad envidiable: transitar

de la rabia a la alegría en cero coma.

El perrillo ladra furioso, quiere atacar, se revuelve

contra todo y contra todos, en ese momento

mordería los tobillos del mismísimo Hitler,

se tiraría al cuello del demonio por defender

su arbolito meado, o al niño dueño suyo

que tantas perrerías -valga la redundancia-

le hace, tirándole de las orejas, arañándole. A su vez,

el niño de repente se enfada: la cara se contrae,

puchero el llanto, las lágrimas brotan

con una facilidad pasmosa, y todo porque mamá

le ha quitado los gusanitos. Dos minutos, ni más ni menos,

después, dos minutos, o menos, despúes,

el niño y el perro juegan, felices, son

felices, no hay memoria del llanto, no ha pasado

nada, la vida es bella, viva la vida,

el perro bota de alegría y el niño se emborracha

de risa y diversión, feliz como sólo la inocencia

permite ser, feliz.

 

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