Se me trasladó a una celda individual algo menos ominosa que la de mi anterior estancia; las rejas daban sobre una de las escarpadas paredes del palacio. Eran los días de primavera en que los vencejos comienzan a llegar a Vainasthán, así que me entretenía descifrando los círculos de su vuelo y sus melancólicos silbidos : piuuuuuu, piiiiuuuu, dicen… Me daban bien de comer, dos veces al día, algo -líquido indefinible con tropezones sólidos que a veces me parecieron dedos humanos- caliente y una hogaza de pan. Parecía una celda para capitanes enemigos capturados, para personajes honorables. Disponía de un poyo bajo el ventanuco donde a la hora de la siesta incidía una luz nebulosa muy adecuada para la meditación. Yo esperaba que cualquier día vinieran un par de verdugos para arrojarme a un cazuelo fondí lleno de manteca hirviendo para puro deleite de la Niña Caprichosa, que aplaudiría mientras mis ojos se derretían y mis cabellos se chamuscaban. Pero no : al contrario, me sorprendía el aparente respeto que los guardianes, seguramente acostumbrados a desahogar sus miserables frustraciones y su mezquindad malpagada en los prisioneros, mostraban hacia mí. Bueno, como había oído decir una vez a mi antiguo compañero de correrías criminales Augustín el Chuzopunta, « el loricio sólo caga cuando canta « , así que procuraba disfrutar de la vida.

Pasado más o menos medio quincenio vinieron a buscarme cuatro bestias humanas, que identifiqué como nativos de la sureña provincia de Diskoteka, que produce afamados guardianes; se me condujo a una estancia con una gran tina de cobre labrado en el centro, y me dije, « Thate, aquí me van a fundir para cera de los oídos « . Pero en lugar de ello,  tres esclavas de la cercana provincia de Rumbasthán, célebres por su alegría (mientras me administraban paños empapados en esencia de díktamo no paraban de tararear joviales melodías) se afanaron en arañar la superficie de mi pellejo para separar de ella la costra venerable de toda una joven vida de pendencia, caminos polvorientos y tascas remotísimas. Yo intentaba alcanzar la visión de sus pechos cuando se inclinaban para rasparme las espinillas, y con mis manos sus rodillas marmolinas, y la cosa hubiera podido prosperar de no ser por la aparición de una esclava que debía ser gobernanta, quien con enérgicas palmadas espantó la alegría de mis bañistas, que desaparecieron volando cual bandada de palomas cuando un tauro galopa hacia ellas.

Vestido con fino lino blanco perfumado al eneldo de Macedonia se me llevó a una sala imperial con magnífico balcón sobre los barrios aristocráticos de Vaina. En una esquina, siete niñas delgadas y finas como la respiración de un bambucio tocaban arpas y flautas con aire de infinita tristeza; soplaba la ligerísima brisa que el filósofo Bantoulas asocia con la inspiración divina escanciándose sobre la tierra -la misma brisa, también, que los seguidores de Diastantonio reivindican como la respiración de su dios en sus momentos de benevolencia; un airecito bastante agradable, en suma. El atardecer orlaba de púrpuras y mandarinas violentos el horizonte del Reino, que por otra parte tampoco queda muy lejos.

Acodado al balcón me entretuve un rato pensando sí algún día todo ésto sería mío, hasta que oí una tosecilla a mi espalda. Allí estaba la Reina, verdaderamente majestuosa en su gracia de chiquilla mimada, vestida con una mantilla de entretiempo azul con orlas plateadas, con las tetas al aire, como es moda en Vainasthán en cuanto empieza el buen tiempo. Me miraba con dureza. En la mano diestra portaba un látigo. Hizo una seña y las niñas músicales salieron corriendo de la estancia como ratoncitos.

Su primer latigazo fue al suelo, pero el segundo me dió en el muslo. Antes de que lanzara el tercero fui hacia ella y le di dos hostias. Me agarró la mano y me mordió la muñeca hasta el nervio. Le di dos más. Después la cogí en vilo, la puse sobre el lecho y la besé como se besa a las chicas guapas, de frente. Cayó el látigo de su mano, y del beso pasé a las caricias, y de éstas al manoseo, y de aquí al empuje, que me llevó al lecho, para entonces lisa y llanamente follarla con el apetito vertiginoso de quien ha pasado ni sabía cuánto tiempo de mazmorra en mazmorra, sin más consuelo que un agujero en el colchón de cuando en cuando. ¿Os lo queréis creer ? Me pareció hermosa.

Claro, sus labios estaban rojos de rabia, sus ojos blanquinegroverdes alagrimados, y empujaba contra mí con la fuerza que sólo una Reina puede desplegar, poniendo a prueba a su último esclavo garañón.  Aguanté como un palo, y ella llegó primero allí donde todos queremos llegar. Sus gritos hicieron volar cientos de araundarios de los jardines, que batieron sus alas oscureciendo, por un instante, el sol del atardecer. Después fui yo, y he de reconocer que, en tan extraña situación, cuando hubiera podido estrangular con mis manos desnudas a la mismísima Reina de Vainasthán,  el placer que sentí fue doloroso de puro intenso : noté la cuerda de la vida tensarse desde el cerebelo hasta la punta del capullo, y correr a través de ella el zumo sagrado, primero en forma de luz y chispas, y luego como la pasta blanca y olorosa de la que todo nacido de mujer proviene.  Mis gritos fueron respondidos, a lo lejos, por los tigres de las mazmorras, que debieron oler a la víctima perdida o reconocer en mis bramidos algo tan salvaje como ellos mismos.

Relajados los dos, quedamos en la mirífica paz postorgásmica tendidos entre las sábanas suavísimas. La noche había terminado de caer y los perfumes violentos de los jardines Reales se colaban hasta nuestra estancia. La Reina respiraba a mi lado; olía a muchacha mantequillosa, y sin darse cuenta me hacía cosquillas en los hombros con su melena. Se giró sobre el costado y apoyó su cabeza bajo mi cuello. Así estuvimos un rato, sin decir nada; al cabo se levantó perezosamente y salió de la estancia. Poco después entraron dos guardias que, sin malos tratos y con algo de envidia e incredulidad en sus gestos, me recondujeron a mi celda. 

 

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