ChavesNogalesGracias a la generosidad de mi amiga Luisa Alcalde cayó en mis manos la biografía del torero Juan Belmonte, escrita por Manuel Chaves Nogales. El placer que esta lectura me ha brindado en los días recientes es indescriptible. Sobre todo porque después de releer «Extramuros», de Jesús Fernández Santos, el listón de mi apreciación literaria estaba muy alto. Tanto, tanto, tanto, que había dejado la relectura de «Cien años de Soledad» en la página 30.

Como «Extramuros», la biografía de Belmonte de Chaves Nogales se inscribe directamente -en línea recta, puede decirse- en la tradición literaria española del Siglo de Oro. La austeridad, eficacia y brillantez del lenguaje utilizado nos sitúan en la órbita del castellano antiguo, el de Don Juan Manuel, Quevedo y Cervantes. Además, el tema de la novela -que toda biografía lo es- enlaza con la picaresca de «Rinconete y Cortadillo» o el propio «Lazarillo» de manera natural y muy torera.

Juan Belmonte era un chiquillo de barrio sevillano sin más futuro que el puesto de quincalla ni más horizonte que la Plazoleta del Agua. Rebelde a la rutina del puesto familiar, buscó la corriente de su tiempo y sus calles, juntándose con las cuadrillas juveniles, casi infantiles, de chavalillos que jugaban a toreros en las calles de Triana, en una época en la que Messi y Cristiano Ronaldo no eran nadie, pero Espartero, Bombita o Machaquito lo eran todo. Esta es, quizás, la mayor belleza de la obra de Chaves Nogales: recrea una Sevilla del primer tercio del siglo XX (¡madre mía, el siglo XX, del que hablábamos hace nada como si fuera el futuro!) en la que la chiquillería, los gandules, los borrachos, señoritos, damiselas y prebostes hablan de toros, piensan en toros y van a los toros, y los toros son su vida.

Hay que tener en cuenta que cuando no había tele los espectáculos públicos eran más intensos, pues la única manera de poder comentar sobre ellos era la presencial. Hoy asistimos a ceremonias olímpicas y finales de copa sentados en el sofá, y tuiteamos comentarios ingeniosos que quizás serán retuiteados, o incluso marcados como «favoritos» por uno de nuestros «followers». Luego nos levantamos y tomamos otra cerveza.

Pero a principios del siglo XX no había tele, digo, ni twitter. Ver torear a Belmonte sólo era posible con estos ojitos que se ha de comer la tierra, o todo lo más escuchando arrebolados la narración de un afortunado que sí lo hubiera visto en vivo. Además, Juan Belmonte diseñó -seguramente sin proponérselo- una magnífica estrategia de marketing: su toreo era (o parecía) tan arriesgado que se corrió -perdón, viralizó- el latiguillo (sorry, el claim): «¿Todavía no has visto torear a Belmonte? Pues date prisa, que cualquier día lo mata el toro».

Chaves NogalesCon todo, como decía, el verdadero descubrimiento en esta lectura es el autor de la biografía, Manuel Chaves Nogales. Periodista, nacido en 1897 y muerto en el exilio de Londres en 1944, la eficacia de su prosa sevillana aplicada al tema biográfico del torero resulta espectacular dentro de la sobriedad. Algunos de los pasajes más bellos del libro relatan el aprendizaje del entonces torerillo, capeando a la luz de la luna en las praderas de Tablada, por no poderse permitir ni pagar academias de toreo o tentaderos de niños ricos. El propio Belmonte -por labios de Chaves- confiesa que el aprendizaje nocturno marcó el estilo de su toreo, cercano y valiente, pues de noche es mejor tener cerca a un toro negro para predecir sus movimientos. Si se aleja, será tarde cuando descubramos que se nos echa encima.

El libro está lleno de anécdotas sabrosísimas, de amores toreros y cuadros de época; es realmente entretenido. Tiene más mérito haberlo escrito siendo Chaves Nogales ajeno al mundo de la tauromaquia -pero un buen periodista es eso precisamente, el que describe mundos que no son los suyos.

Os dejo con un breve fragmento del libro, a ver si os animáis a haceros con él y disfrutarlo entero:

«Y esa emoción que le hace a uno acercarse al toro con un nudo en la garganta, tiene, a mi juicio, un origen y una condición tan inaprehensible como los del amor. Es más: he llegado a establecer una serie de identidades tan absolutas entre el amor y el arte, que si yo fuese un ensayista en vez de ser un torero, me atrevería a esbozar una teoría sexual del arte; por lo menos, del arte de torear. Se torea y se entusiasma los públicos del mismo modo que se ama y se enamora, por virtud de una secreta fuente de energía espiritual que, a mi entender tiene allá, en lo hondo del ser, el mismo origen. Cuando este oculto venero está seco, es inútil esforzarse. La voluntad no puede nada. No se enamora uno a voluntad ni a voluntad torea.»

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