La Reina de Vainasthán tenía fama de cruel y viciosa. Decían que  torturaba a sus prisioneros con el único objeto de satisfacer sus más bajos instintos, y que en los alrededores de su fortaleza se acumulaban millares de cráneos de hombres, mujeres, niños y niñas víctimas de su maldad, separados de sus cuerpos, previamente devorados por los tigres, mascotas de la Reina.

El mundo en estos días está dividido en pequeños territorios, ninguno de los cuales es mucho mayor que otro ; y así el conjunto funciona como una federación frente a los enemigos exteriores, pueblos salvajes que habitan chozas de paja y excremento y que de vez en cuando se unen para intentar robar algo de trigo y unas cuantas chicas. Vainasthán no tiene el prestigio intelectual de Neurenia, ni la fama de marcha de Cocalhore, ni las riquezas agrícolas de Tumbasthán. Sus habitantes no son laboriosos, como los de Doislan, ni excesivamente ingeniosos, como los Aquimismenses. No tiene las playas de Mediashangría ni los jardines de Vacilán. No; Vainasthán sólo es famoso por la crueldad de su Reina.

En todo caso, distingue a Vainasthán el ocupar un lugar muy conveniente en las rutas de comercio del Orbe. Piratas de caballería, fanáticos religiosos, desheredados, intrigantes y enemigos ancestrales pululan alrededor de sus fronteras realizando ocasionales incursiones hacia el corazón del país, la bella ciudad de Vaina, en cuya loma más alta, rodeada de jardines donde es posible encontrar las flores y perfumes más valiosos, donde el agua no cesa de manar jamás, se encuentra la fortaleza de la Reina.

Tenía poco más de dieciocho años, al comenzar esta historia, y desde los dos ocupaba un trono más simbólico que efectivo, pues era la Camarilla de Generales la que gobernaba Vainasthán, utilizándo a la Reina para infundir terror tanto a los súbditos como a los bandidos y enemigos exteriores. Mimada desde antes de nacer, acostumbrada a decidir sobre la vida o la muerte de sus servidores por cuestiones tan nimias como la temperatura del vaso de leche de antes de acostarse o el lugar exacto donde había que dejar el orinal, creció para dar lugar a una criatura tenebrosa, temible; no muy alta, de fuerte musculatura, de oscura -como su pensamiento- cabellera, y de rasgos felinos.

Todos los objetos de deleite imaginables -telas, piedras, esencias, artilugios, animales, esclavos, pócimas, inventos, músicos- estuvieron bien pronto a su alcance. La Niña Real llenó estancias donde hubieran podido vivir varias aldeas con -primero- los juguetes  más  abracadabrantes que la infancia pueda soñar y, después, los accesorios más sofisticados que una muchacha -al fin y al cabo, sola- puede llegar a desear. Numerosas leyendas y tradiciones orales evocaban estos fantásticos tesoros, almacenados en cúpulas, buhardillas y salones que, en circunstancias normales, hubieran debido alojar archivos documentales, planos agrícolas, o legiones de funcionarios ocupados en administrar y mejorar las finanzas vainasthinas. Pero tal era la tradición del territorio : su riqueza se basaba en el terror que infundía la crueldad de la Reina, que resultaba un arma defensiva disuasoria contra los invasores nómadas y bandidos que sangraban las cosechas y riquezas al menor descuido. Los cuentos que circulaban de boca a oreja en las tabernas del Orbe Conocido rivalizaban en descripción de crueldades. Malhechores, tabernarios y prostitutas –nada mojigatos unos u otras, capaces todos de desollar a un amigo por una deuda impagada- abrían los ojos como platos y guardaban respetuoso silencio cuando alguien comenzaba una frase como «¿Habéis oído lo que hizo la Reina de Vainasthán con los prisionerso de Zumbona ?». Todos echaban mano del vaso, adelantaban los cuellos, agachaban la testa y abrían las orejas para no perder detalle de la última manifestación de maldad pura atribuída a la Reina. Lúgubres galerías, artefactos infernales, agonías interminables, sufrimientos más allá de lo humana o salvajemente concebible, salpicones de sangre, gritos como agujas y un final estremecedor se sucedían entonces en la narración para, tras un rato de taquicardias y palideces, dejar a los contertulios con pocas ganas de desafiar, de cerca o de lejos, el poder de la Reina de Vainasthán.

A mí se me podría clasificar en la categoría de desheredados entre las citadas antes de merodeadores de fronteras.  Pobre como un esqueleto, subsistía, junto a algunos camaradas, a base de asaltar pequeñas caravanas de comercio y revender sus mercancías en los zocos de Pirulisthán, Jamosanda o Cocalhore. Era una vida agradable, conveniente a un joven lanzado e inconsciente como era yo entonces. Los días de cabalgada, las noches al raso, los momentos mágicos de la acción y la pelea, los ratos de tabernas y prostíbulos tras un buen golpe, la contemplación del cielo estrellado con los dulces pechos de una muchacha de Finita como almohada, la generosidad al gastar en ropajes llamativos nuestra siempre variable fortuna, todo esto me placía sobremanera. Por supuesto, habíamos participado en muchas charlas suburbiales en las que, a altas horas, se contaban historias de la Reina, pero quizá nosotros éramos más valientes, más locos o más despegados de la vida que los demás. Después de escuchar las historias que a todos erizaban los cabellos, mis camaradas y yo, cabalgando al día siguiente, bromeábamos sobre la Reina, y nos sacudíamos el espanto ambiental con desafiantes carcajadas bandoleras que resonaban en el aire desértico y seco del Orbe Conocido.

Pero en una de éstas fuimos sorprendidos por una patrulla de la Reina, arrestados y conducidos a su fortaleza. Tres de nosostros murieron en el camino, víctimas de la crueldad y la saña de la chusma soldadesca, que ensayaba el tiro de cuchillo con infelices como nosotros, atándonos a postes de espinas. ¡Así vi morir a mis compañeros, bajo la misma noche estrellada que había cobijado nuestras borracheras comunes! Cuando los supervivientes llegamos a la capital nos alojaron en una mazmorra tan profunda que el sol que se veía, de cuando en cuando, era el de las antípodas. Allí malvivimos dos o tres quincenios, si se me permite tomar como unidad de calendario la leve claridad que regularmente se manifestaba en un rincon de la celda, y a la que, quizá por nostalgia, llamábamos día.

Antes de que la tiniebla, el hambre o el olvido terminaran con nosotros debió faltar diversión en el Reino, y a los que podíamos mantenernos en pie nos condujeron, entre golpes e insultos, a una gran sala acondicionada como siniestro teatro en el que enseguida comprendimos que seríamos involuntarios, debutantes y sacrificados actores. El círculo central era un vacío atravesado por una fina pasarela de madera, bajo la cual rugían de hambre decenas de tigres, los legendarios animales sagrados de la Reina. Tuve fuerzas para levantar el cuello y mirar a mi alrededor: pedazos de tela negra decoraban las paredes del salón de espectadores, en cuyo lado principal resplandecía un trono de oro sangriento iluminado por antorchas insertadas en las cuencas vacías de varias calaveras mondas. Así la vi por primera vez: en la semipenumbra de mi terror, en el horizonte de mi muerte inminente, altiva y casi despreocupada. Vestía una túnica rojo infierno muy apropiada para la fiesta que nos había preparado. Me pareció pequeñita, casi insignificante,  muchacha displicente y vulnerable. Irónicamente recordé las juergas bandoleras en las que habíamos bravuconado con lo que le haríamos a la Reina si algún día caía en nuestras manos.

Eramos diez prisioneros sobre la pasarela, separada apenas ocho piernas del suelo pestilente donde las bestias brincaban y se atacaban unas a otras, histéricas de hambre. La Reina hizo una señal despectiva, y sus esclavos abrieron varios sacos de serpientes venenosas, que se dirigieron silbando hacia el centro de la pasarela, donde nos sosteníamos unos a otros, dándonos coraje. Desde uno de los bordes del foso, los niños de un colegio bien, hijos de sacerdotes y generales, comenzaron a ensayar su puntería sobre nosotros con ñoscos del tamaño de un melocotón. Y desde nuestra retaguardia, sus compañeras de la sección femenina nos lanzaban darditos impregnados con sal y un terrible veneno que provocaba espasmos incontrolables. En estas circunstancias, no era fácil mantener el equilibrio.

Mis compañeros no tardaron en empezar a caer, para deleite de los tigres, que daban cuenta de ellos en menos de lo que brinca un saltamontes. Se oía un chasquido de huesos más parecido a la quebradura de un vidrio que a otra cosa, y a veces el salpicón saltaba la altura hasta la fina superficie donde, en insólito baile, equivando dardos, pedruscos y serpientes, los demás intentábamos no caer.

Cuando sólo quedábamos tres, la Reina hizo una nueva señal. Niños y niñas dejaron de lanzar sus proyectiles, y esclavos con calzado especial antirreptiles nos rescataron de la pasarela maldita. Aún temblando de horror y picaduras, se nos condujo a una tina vaporosa donde creímos cierto nuestro fin como materia para jabones, pero sólo era agua, aunque muy caliente. Tras lavarnos se nos permititó comer un sencillo guiso a base de legumbres y carne de roedor, sobre el cual no obstante caímos cual fituros de principios de primavera sobre las ancianas que reparten pan.

Siempre a punta de lanza, y desnudos como peces, se nos llevó después por oscuros corredores y escaleras interminables hasta una estancia sombría, dotada con los últimos adelantos en materia de tortura: hachas, ruedas, cuerdas, tornos, potros, palos, pinchos, clavos, brasas, pinzas, hierros, discos de Juakínsabina, y otros materiales y mecanismos demasiado complicados y atroces para ser conocidos o descritos. Unicamente dos elementos contrastaban con la sordidez general del antro: suelo de marmol salmón y un enorme lecho cubierto de sábanas, cuya suavidad entraba por los ojos. Fornidos guardianes custodiaban las esquinas.

La Reina apareció por una puerta falsa, vestida aún con el modelito rojo con el que había asistido a la función de unas horas antes. Se acercó hasta nosotros, y nos pasó revista con descaro de niña malcriada. Nos miraba de cabo a rabo, literalmente, tomando nuestros atributos en sus delicadas manitas y sopesándolos con criterio de experta. También nos abrió la boca, como a los caballos.

Finalmente dijo «¡tú!», refiriéndose a un armenio de gruesos labios situado a mi derecha. Los esclavos cachas vinieron a por él como flechas, y agarrándole por los hombros le arrodillaron brutalmente ante la Reina, rompiéndole las piernas en la maniobra. El infeliz temblaba como un gurripato caído del nido en una noche de tormenta. La Reina mostraba un rictus de maldad que la hacía hasta guapa. Uno de los esclavos desenfundó una espada que hacía daño con sólo mirarla, y se colocó a la izquierda del armenio, con el arma en alto. La Niña acercó su maléfica cabeza a la de su prisionero, que ya tenía más de cadaver que de cualquier otra cosa, y pronunció, muy despacio, con una voz metálica y profunda, las siguientes palabras:

– ¿Cuál es el valor relativo de un carro de cebada en la estación de lluvia?

No sólo el armenio, sino todos nosotros, quedamos petrificados al oír la terrible pregunta. El temblor pre-mortuario del infeliz dió paso a una congelación catatónica que duró la suficiente para hacer su paso de este mundo al de las sombras más suave, pues a los diez segundos de formular su pregunta-prueba y no obtener respuesta, la Reina se levantó y, sin dejar de mirar fijamente los ojos negros y humedecidos de su víctima, hizo una seña al verdugo. La espada silbó en el aire cavernario, y la cabeza voló para estrellarse con uno de los muros, todavía con los ojos abiertos de asombro, en gesto reflexivo, como si buscara todavía la respuesta cuya ignorancia le había supuesto tan absurda, rápida y drástica muerte.

La Reina, ahora ya con abierta sonrisa de niña sabelotodo, vino entonces hacia los dos que quedábamos. Sus ojos brillaban con fiereza sobrenatural, y el rojo de sus labios pedía más sangre. Impúdica en su pequeño universo de prisioneros y esclavos, su túnica caída nos dejaba ver sus pequeñas y reales manzanas, verdaderamente hermosas, coronadas por granos de café en los que había engarzado anillos de oro. En pie frente a ambos, dudaba cuál sería su próxima víctima. Eramos un africano alto como una jirafa y yo mismo; ella evidentemente degustaba la transpiración de terror que nos provocaba su indecisión. Finalmente, se decidió por el africano. Rápidos como rayos, eficaces como un mecánico con el carromato de un recaudador fiscal, los esclavos agarraron, entre seis de ellos, a mi infeliz compañero, y le arrastraron hacia la pared, de donde colgaban gruesas cadenas con huesecillos atravesados en los eslabones. El tipo comenzó a debatirse con verdadera fiereza rebelde, y fue necesario que acudieran nuevos refuerzos para, entre doce forzudos, doblegar su resistencia. La física, digo, porque la mental no quedó anulada hasta que la Reina se colocó frente a él y le miró a los ojos directamente, forzando su cuellecito, pues no le llegaba ni al ombligo. Pensé fugazmente que con un rápido movimiento de la rodilla podría haber acabado con ella, pues de golpear su barbilla con su hueso de buey le hubiera podido encajar perfectamente la mandíbula en la coronilla. En lugar de esto, el africano pareció relajarse; sus músculos y su cara perdieron tensión, y aceptó la mirada directa de la Reina. Ella habló de nuevo:

– ¿Cuál es el animal que duerme de pie, come del revés, vive treinta días y canta por las mañanas? –preguntó.

El africano, que apenas sabía hablar, acostumbrado al lenguaje directo de las tabernas y los burdeles, supo que había llegado su último minuto. No tenía la más mínima posibilidad de hallar una respuesta razonable a una pregunta de la que sólo comprendió, probablemente, los verbos. Aún así, lo intentó:

– ¡El vigudino! –respondió con un grito estremecedor. -¡Es el vigudino!

La Reina lo miró con indiferencia altanera, aunque un tanto sorprendida por su arranque de osadía. Juguetona con su víctima, retrocedió varios pasos, se puso las manos a la espalda y comenzó a pasearse en círculos por la sala de tortura, como si estuviera valorando la respuesta. «Así que el vigudino, ¿eh?», balbuceaba de vez en cuando, mientras caminaba mirando a las baldosas ensangrentadas. El prisionero buscaba la sonrisa de los guardianes, intentando una complicidad engañosa que pudiera salvarle la vida. Finalmente la niña maldita se acercó hacia él, cuchillo en mano. «El vigudino…» repetía todavía, mientras hincaba el puñal en pleno corazón del africano. «¡Imbécil!» –se puso a gritar. «¡No es el vigudino! ¡Es el ectosirio!¡¡¡¡El ectosirio, imbécil!!!», gritaba, mientras hecha una furia rehurgaba con el puñal en el pecho del desgraciado.

Cuando éste acabó de desangrarse a sus pies, supe que llegaba mi turno. Agotados los concursantes anteriores, el cruel espectáculo debía terminar con mi agonía, a la que probablemente la Gran Capulla, excitada ya por la sangre, dotaría de mejores medios y más largos tormentos. La Reina permaneció aún varios minutos en pie sobre el cadáver del africano, respirando apresuradamente, jadeando como un espectro infernal, y daba miedo hasta a los gorilas que custodiaban puertas y pasadizos, y que no eran precisamente estudiantes de agronomía meteórica ni sacerdotillos estigmáticos. El silencio era atroz.

Pero lo que tenía que pasar, pasó. La Reina de Vainasthán se giró hacía mí, y en sus ojos brillaba una maldad tan pura que me pareció que no podía ser suya. Eso me envalentonó.

Sostuve su mirada sin recato, apretando los labios y transmitiéndole por los ojos el desprecio de quien ha disfrutado el amor bajo las estrellas después de un buen atraco y doce litros de licor de jazmín: algo que ella sin duda no había conocido, ni conocería jamás. Podía preguntarme la gilipollez más grande que se le ocurriera, la insensatez más absurda contenida en las páginas amarillentas de los Archivos Vainasthinos, la estupidez suprema; me daba igual. Pensaba despedirme de este mundo con una sonrisa en los labios y el orgullo de mis buenos recuerdos en el fondo de los ojos, y clavar en lo más hondo del cerebro de mi verduga la incertidumbre de mi sonrisa, el desafío de mi entereza bajo su suplicio.

Pensando cosas así, no me dí cuenta de que había llegado hasta mi posición y me apretaba los genitales con sus manitas, a modo de aperitivo. Sentí el dolor subir como el mercurio a la hora de la siesta en un pueblo de las Montañas de Almerinda, pero aguanté. Entonces formuló su pregunta:

– A ver si sabes cómo se desaloja a un buitre macho de una buitre hembra que está comiendo el  hígado carroñizado de un tigre.

La magnitud de la gilipollez me hizo más daño que el apretón de la muy hija de puta. ¿Qué demonio me podía importar a mí esta imbecilidad de patio de colegio, esta pregunta que sonaba a chiste malo de niños pijos? Decidí no perder tiempo.

– Una forma posible, Majestad –dije-, es poniéndoos a vos desnuda delante del buitre macho para que picotee la basura pura que sois y desprendéis.

Seguramente no se había producido un silencio tan profundo en el Reino de Vainasthán desde el inicio de los tiempos. Los pájaros de los jardines, el agua en los canales, las flores creciendo, las nubes al pasar, las raíces y gusanos bajo tierra, los carromatos en el mercado, las gotas de las estalactitas cayendo sobre las estalagmitas, los pregones de los mendigos, las olas del océano distante más de cuarenta días con sus noches, la labor de las hormigas, el movimiento de los intestinos, el crepitar de un incendio en alguna de las guerras del orbe, el pensamiento de los matemáticos, la laboriosa escritura de los sacerdotes, el nadar de los peces, la gestación de los niños en los vientres de sus madres, las ondas del sol y de la luna, todo quedó en suspenso el instante milagroso en que la Reina escuchó mi respuesta palabra por palabra, pues las pronuncié despacio y alto, de forma que todos y cada uno de los elementos descritos anteriormente las oyera bien claro.

¿Cuánto tiempo duró este silencio? Nunca nadie lo sabrá; es muy posible que fuera un instante fuera del tiempo, ajeno a su control celoso. Yo, desde luego, no puedo recordar aún hoy si fueron diez secundinos o medio espacio. Sólo recuerdo la mirada feroz de la Reina, clavada en el fondo de mi cerebro, intentando asesinarme sólo con su maldad telepática. Pero chocaba este deseo con el espejo limpio de mis recuerdos, y así permanecimos, frente a frente, un momento, como digo, intemporal.

Entonces uno de los guardias tuvo la mala fortuna o idea de mover una pierna para descargar el peso y variar la postura, con el –para él- lamentable resultado de desplazar su lanza medio salto de mosca sobre la arena del claustro oscuro. Ese leve chirrido resonó en la bóveda como un trueno, haciéndonos a todos prácticamente daño en los tímpanos. Enseguida volvieron a oírse los cantos de los cuervos, las nanas de las niñeras, el choque de las aguas en los ríos con las rocas y los árboles, el viento, el bullicio de la ciudad, la vida de todos los días. La Reina dió media vuelta, enfilando hacia la puerta, y al pasar tuvo tiempo todavía de hundir su daga, afilada como el hielo que se forma en una rendija de la casa del avaro, en el esternón del guardia que había provocado, con su movimiento, el regreso del tiempo. El infeliz cayó fulminado, y la Reina desapareció pasadizo adentro, dejándonos a todos sorprendidos, aterrados, sudorosos y estupefactos. 

 

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