Un corazón es como una roca,

y los días son las olas.

Los hay tranquilos, soleados

y pacíficos, y entonces los mejillones y los cangrejos

y las lapas y las arañitas de mar juguetean

en sus recovecos, y los percebes crecen

y es un día más, sin más, un día, una ola.

Y los hay de tormenta, galerna, tempestad, y entonces

la mar bate su furia líquida contra la roca espesa

y sólida, y es tanto el tesón y tanta la rabia

aparente del agua, y tanta su sal desatada como perdigones

de furia y dolor, que la roca sufre en un día

lo que de otra forma llevaría un año entero. Incluso

es posible que la roca se parta en dos, crack,

como un corazón, por la mitad, o pierda parte de sus ángulos,

no sé, un cacho, la punta más audaz, la más expuesta.

No pasa nada. Es el destino de todas las rocas

transformarse en polvo, si son de tierra, y en arena

si viven frente al mar. Recuérdalo la próxima vez

que camines por la orilla, con los pies descalzos:

vas pisando corazones, amor mío, que las olas todavía

besan una vez más, desmenuzados, sensibles a tu huella,

a las algas, a los trozos de melón y de botellas, no pasa nada,

es la vida de las rocas, es así, no pasa nada.

 

 

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