Un cumpleaños es siempre un buen momento para recordar. En el mío de 52 años quiero hacerlo ni más ni menos con un tema tan intenso como el primer amor.

Se llamaba Nuria, y era la menor de 5 hermanos. Sus padres y los míos eran íntimos amigos, y las familias vivíamos muy cerca. Compartimos patio de recreo, juegos de balón-tira, guateques primerizos, toses y lágrimas con los primeros cigarrillos.

Yo era dos o tres años mayor que ella, y cuando comenzamos a jugar juntos éramos ambos más niños que otra cosa. Por aquéllo de la diferencia de edad, de la amistad familiar y de una afinidad que nos hacía sentir bien cuando estábamos juntos, todos decían que éramos novios. Era como un noviazgo oficial, natural y predestinado por la familia, la vecindad y la propia naturaleza.

Asumí esa condición con toda la naturalidad de la infancia feliz, y la trataba en efecto como a mi novia, a pesar de que ella no siempre parecía bailar el mismo baile.

Era una chica de grandes ojos oscuros, una boca enorme, sonrisa fácil y mucha alegría en el cuerpo. Sin embargo, esta alegría ocultaba conflictos internos probablemente generados por discusiones y desavenencias entre sus padres, que incluyero el divorcio y más peleas posteriores aún.

Durante las épocas de los primeros guateques circulaban leyendas sobre la actividad de los hermanos mayores de Nuria: uno era cantante de Jazz, otro simplemente guapo y ligón, la hermana mayor se había quedado embarazada con 16 años y viajaría a Londres (eran los años 60 y principios de los 70), la hermana mediana hablaba poco.

Nuria sufría interiormente, y a veces lo expresaba tumbándose en el suelo boca abajo, aún en medio de la fiesta, con la cara entre las manos, ocultándose. Yo no sabía por qué sufría, y por tanto no podía ayudarla. Yo sólo podía quererla con mi amor infantil preadolescente que alguna vez ya se manchaba de pérdidas blancas nocturnas o en recintos alicatados hasta el techo.

Cuando Nuria y yo bailábamos “agarrao” en los guateques, para mí se detenía el mundo. Frente contra frente, nuestros ojos –o al menos los suyos para mí- a dos centímetros de distancia se transformaban en grandes soles oscuros que desplazaban a cualquier otra cosa del radio de visión; supongo que era una ilusión óptica causada por la proximidad.

Sólo la besé una vez, en el portal de su casa, de noche: un beso largo, inocente, sin lengua: las dos bocas juntas y muy apretadas y abiertas como queriéndose insuflar oxígeno amoroso. Sí, más que un beso fue un boca a boca de primeros auxilios.

La esperé muchas tardes al pie de su ascensor. Me sentaba en el descansillo a ver si el indicador luminoso se paraba en su piso para bajar; entonces retrocedía un poco por el pasillo y me hacía el encontradizo con quien fuera viniera en la cabina, que no siempre –ni siquiera muchas veces- era ella, claro. La esperé muchas tardes. Había teléfono, sí, y telefonillo en el portal, pero por alguna razón no quería llamarla; prefería esperarla.

La adolescencia nos separó, no sé muy bien por qué. Yo empecé a salir con una chica del COU, tuve amores de verano, empecé la carrera, me hice hippy, fumé muchos porros, bebí mucho coñac, jugué mucho y muy mal al mus, escribí mucha poesía, saqué la carrera, rompí el 600 de mi madre en dos ocasiones, estoy vivo de milagro, y saqué plaza de funcionario en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares.

En eventos del barrio nos vimos algunas veces. Yo seguía sintiendo la misma atracción y el mismo deseo de volver a tenerla en mis brazos bailones, y hubiera dejado a cualquier novia si Nuria me hubiera dicho “ven, vamos a cumplir aquél plan de la infancia, cumplamos nuestro destino”. Pero no lo hizo. Supongo que yo era demasiado previsible.

La última vez que la ví jugamos a los dardos en el pub irlandés cercano a las casas de nuestros padres. Como en casi todos los juegos, hice un papel nefasto; ella además mostraba una maestría indicativa de muchas tardes y noches frente al tablero. Seguía teniendo la misma risa volcánica y los mismos ojos negros. Y ahora, ya con veintipico años, un cuerpo de escándalo.

Murió asesinada a puñaladas por su pareja en una bañera de hotel cuando tenía 30 y pico. Lo leí en el periódico; yo entonces vivía en Londres. Llamé a mis padres para que me confirmaran el suceso y escribí al padre de ella una sentida carta de pésame que me valió su amistad eterna.

Nuria sigue viva en ese truco óptico de la proximidad de las miradas en el momento del baile o el beso, o ya también sobre la cama, en el abrazo. Muchas veces, estando con otras mujeres –incluso de ojos azules o grises- ha habido un momento de intimidad en el que he visto los ojos de Nuria mirándome y alumbrándome como soles oscuros en un paisaje donde no cabía nada más, o si acaso el borde de su sonrisa para hacerlo más hermoso todo. A veces me he asustado, incluso, y he tenido que separarme un poco del beso o el abrazo para cerciorarme. Supongo que podría denominarse a este fenómeno, con toda propiedad científica, una “impronta afectiva”.

A las mujeres no les gusta que les digan que recuerdan a otras –por ingenuidad también lo he comprobado- (y qué caramba, a los hombres tampoco, claro!), así que para contar lo que queda en mí de mi primer amor tengo que hacerlo en estas páginas. De aquél beso hueco de carne y lleno de amor puede hacer hoy, fácilmente, 40 años.

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