Rosa tenía los ojos
verdes. Era bastante
macarra. Tenía
un deje de barrio chungo en su manera de decir
“te quiero”. Daba miedo, casi,
cuando lo decía, pero
daba más alegría todavía.
Eran los días de birra y Rosa,

era la banda sonora de la alegría
del barrio, la vida, la humanidad entera.
Muy macarra, eso sí, pero muy legal.
Una noche le pregunté: “Rosa,
¿me quieres”? “No”, dijo, “te quiero mucho”.
Eran los días de birra y Rosa.

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