Un año en blanco es

como un paisaje recién nevado.

Desde el balcón de 2012

que es como una casa llena

de cosas, libros y fotos,

desde el balcón del primer piso me asomo

a 2013, y lo veo blanco, recién

nevado. Dos o tres pájaros atreviesan

el cielo gris, como en un cuadro

de Brueghel el Viejo. No se oye

nada. Nada de nada. Nada

turba la paz del paisaje en blanco,

que pronto bajaré a pisar, a hundir

mis pies en la nieve, que se volverá

barro en primavera, verde en verano

y espero estar aquí para contarlo.

Un año en blanco es la agenda

recién comprada, las páginas suaves

como la piel entre los muslos de ella.

Cada día con su número, cada semana

también, páginas para notas, otras para teléfonos

nuevos, y las tablas de conversión de kilos y libras,

millas y kilómetros, y los husos horarios, y los mapas del mundo,

y todo lo visible y lo invisible, y toda la vida flota

entre el cielo gris, el suelo nevado y las páginas blancas.

Ya no quiero premios. De la primitiva, sí,

pero de poesía no. Todo lo más, algún like.

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