El famoso «culteranismo» de Góngora no es más que el hecho de que la materia prima de su poesía -en algunas de sus obras, no en todas- pase a ser no la vida real, sino la mitológica.

Las Soledades, la Fábula de Polifemo y Galatea, la Fábula de Píramo y Tisbe -sus obras más innovadoras- utilizan como barro narrativo leyendas mitológicas, de las cuales el repertorio principal son las «Metamorfosis» de Ovidio.

Así que de nuevo -tras emparejarlo con Oscar Wilde- nos volvemos a encontrar en este blog con el bueno de Publio Ovidio Nasón.

Hay que decir que las «Metamorfosis» fue el único libro que durante siglos -del I al XVII- le hizo sombra a la Biblia como texto más divulgado de la historia. (Miento: habría que citar también en este ranking al «Arte de Amar» del propio Ovidio, que es prácticamente y a la vez un tratado de cosmética, de prostitución y de galanteo, y el primer libro declaradamente feminista de la historia de occidente).

Las «Metamorfosis» de Ovidio es una colección de poemas -generalmente traducidos en prosa al castellano- que repasa toda la mitología griega y romana, el ciclo completo de Titanes, Dioses, Héroes, Semidioses y Mortales que nunca pretendió convertirse en explicación del universo, ni en dogma religioso: se conformó con ser su metáfora, una sarta de leyendas a cuál mas deliciosa e inspiradora donde cada cual puede buscar su propia historia, su teoría de la suerte, ya seas Narciso, Rey Midas, Hércules o Ícaro. Por cierto, muchas de las metamorfosis terminan en constelaciones estelares (Orión, Casiopea…), o en ubicaciones geográficas (el mar de Ícaro…): ¡qué forma de animismo!

A menudo Góngora utiliza la mitología como base de la narración poética; presupone que sus lectores conocen al dedillo las fábulas, sus protagonistas y sus avatares, y que por eso al leer esto de:

Era del año la estación florida
En que el mentido robador de Europa
—Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todo los rayos de su pelo—,

tengamos que saber que el «robador de Europa» fue Júpiter en forma (metamorfosis) de toro, y de ahí las medias lunas como armas en su frente, y de ahí por ser el padre de los dioses su naturaleza solar.

Pero lo que hace sobrecogedora la poesía de Góngora es que combina sus construcciones «culteranas» o «meta-poéticas» con pasajes en los que no hay alusión alguna a lo mitológico, y que sin embargo muestran con igual fuerza su inquietante capacidad de construcción narrativa y lírica: así describe cómo un náufrago pone a secar al sol sus ropas empapadas, en la orilla:

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
océano ha bebido
restituir le hace a las arenas;
Y al Sol le extiende luego,
que -lamiéndole apenas
su dulce lengua de templado fuego-
lento lo embiste, y con suave estilo
la menor onda chupa al menor hilo.

Aquí no hay mitología… No hay «culteranismo». No hay que conocer ninguna leyenda para entender esta estrofa: sólo hay que amar profundamente el idioma castellano, y -quizás- haberlo mamado.

¿Se puede concebir una ilustración más amorosa de los rayos del sol secando un pedazo de tela?:  «Su dulce lengua de templado fuego» (los rayos, el calor, la insistencia del sol sobre la playa), «la menor onda chupa al menor hilo» (avaricia de amor del calor por la humedad prendida en el tejido de la prenda).

 

 

 

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