Dentro de la serie de “almas gemelas” de este blog damos la bienvenida hoy al hermanamiento de Jack London y Charles Bukowsky. Y no sólo por la excesiva afición a la bebida de ambos, sino por la ingente obra –en cantidad y calidad- producida por los dos. Parece milagroso que trabajando ambos como burros en labores pesadas, de intenso desgaste físico, incluso mugrientas, exigentes y aventureras (más en el caso de Jack, es cierto, que recorrió medio mundo), y dedicando su tiempo libre a beber como cosacos tuvieran aún espacio temporal material para coger el boli o la máquina de escribir y producir miles y miles de páginas magníficas.

De London siempre me ha gustado especialmente “Martin Eden”, una descarnada autobiografía que tiene algo de Conde de Montecristo y destila el aroma decadente de la novela decimonónica, de esas que duran toda una vida. “Martin Eden” es la historia de una venganza, como toda novela que se precie. Narra el ascenso de un pobre diablo que por amor consigue encaramarse a las capas cultas y pudientes de la ciudad, y que en su ascenso coge tanta velocidad que acaba dejando muy atrás a la mujer que inspiró su motivación.

El CV de Bukowsky contiene referencias muy parecidas a las de London: lavanderías infectas, mensajerías esclavistas, mudanzas piramidales, obras desriñonantes. Ambos son hermanos literarios, sin duda.

London fue un narrador. Su talento es novelesco, temporal ,cronológico. Charles fue un poeta. A pesar de escribir cuentos breves, e incluso novelas, nada brilla tanto en la obra de Bukowsky como sus poemas. Leed la antología “Peleando a la Contra”, editada por Anagrama. Veréis que las narraciones son buenas, pero los relámpagos poéticos mucho mejores.

London fue un novelista. Bukowsky, un poeta. Larga gloria y vida y reconocimiento a ambos, dos de los mayores talentos literarios de los últimos milenios.

 

 

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