Calor en el corazón, disparo de adrenalina

en el momento de despegar, una nueva vida

tira hacia atrás y empuja la tripa,

y cuando el avión se eleva, todo se ve

más claro, más alto, más limpio, mejor.

En vuelo el mundo es como un libro de texto:

definido, perfecto. A veces hay turbulencias,

sí, pero son como las pesadillas breves

que animan noches demasiado aburridas si no.

Si el vuelo es largo, el tiempo pierde

algo de sentido, suspendido, sin conexión: paraíso

sin conexión, uno mismo a solas en el aire,

sin conexión, feliz, y es lo más parecido

a la meditación que conocemos en Occidente.

Pero nada es eterno, y el trayecto llega

a su fin: es de noche, se encienden las luces

de cabina y se ven ya diminutas, abajo, otras

de urbanizaciones, carreteras, polígonos, entre nubes

naranjas y prometedoras. Abróchense los cinturones.

Comienza una nueva vida, cada día, cada vuelo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.