Entro en el templo

con la cabeza alta

a pasos breves llego

a uno de los bancos vacíos

silencio apenas turbio

de gotas de cera y arrepentimiento

estatuas de dolor ultracongeladas

en rincones de penumbra por los siglos de los siglos

amén

sí, quiero

rezar, pero

no sé ninguna oración, así que improviso:

«Señor, dame la fuerza

para escapar de mí mismo.

Espíritu Santo, ilumíname.

Dame por favor el teléfono

del servicio de reparaciones

de almas defectuosas, sin garantía.

Creo que hay algo en la mía

que hace que se apague la fé

cuando bebo dos cervezas. ¿Crees

que tiene arreglo, Señor'»

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