Yo mamé el castellano. Eso sí, con acento

andaluz. De aquéllas mamadas vinieron

estos poemas, y mi adicción magnética

a la sonoridad clamorosa y matemática

del idioma español, humilde y grandioso a la vez.

El castellano, sus curas y su literatura

son la fuente primordial de mis ideas, sin duda.

Luego aprendí el inglés. Un idioma eficaz,

fantástico, pragmático, puntual, ecológico.

Business oriented, sí, pero con espacio suficiente

para noches de cerveza, de bruma y de navegación

por la historia marítima, natural y exploradora. Un buen idioma,

especialmente apto para la canción

pop.

En la facultad aprendí árabe. Dos años, con la doctora

Rubira. Al cabo del segundo, fui capaz de traducir

algunos epigramas y una fábula

confusa en mi memoria: era de un oso,

un cazador y una mujer, y no recuerdo claramente

el argumento, pero sí que la traduje en hora y media

de examen. El latín, en cambio, no hubo manera.

Lo dí en la escuela y en la facultad, y aún hoy

soy incapaz de comprender su estructura.

El italiano, es una cosa curiosa, estupenda, risible:

jamás lo aprendí, y sin embargo lo hablo

y entiendo perfectamente. Es como si fuera genético.

Me da miedo, casi, me parece brujería: ¿de qué coño

hablo yo italiano, si nunca lo he estudiado? En la Edad Media

esto me hubiera valido la hoguera.

¿El francés? Ah bon, oui, bien sûr, le français!

Je l’ai appris par inmersión, viviendo en Lyon

cinco años por razones de trabajo. Parecía fácil,

pero no lo era. Y además no tenía ninguna razón

para no ser fácil: simplemente era difícil por joder,

o eso pensé, entonces. Llegué a hablarlo casi igual

que el español, después de cinco años en Lyon.

Hoy, doscientos años después, no es que lo haya olvidado,

pero no es lo mismo. Para mí, el francés es

en realidad,

simplemente

Cioran.

Dí un par de clases de alemán, horrorizado. Parecían

clases de gimnasia. Abandoné, me escapé, no quise

saber más.

¿Y ahora? ¿Chino? ¿Hindi? ¿Farsi? ¿Drupal? ¿Joomla?

Los intentaría todos. No hay ningún juego tan interesante

como descifrar un idioma, hacerlo propio.

Eso sí, tiene que haber antes un flechazo, una mirada,

una razón, una persona, un país, un sueño.

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