El borrachuzo arrastraba su sucio bulto de harapos por una callejuela. Buscaba un rayito de sol misericorde con el que atenuar el frío resacoso de la mañana invernal. Pero a la vieja le molestaba su presencia; alegaba olores nauseabundos, vergüenzas sonrojantes y mal ejemplo para los jóvenes. Hacía todo lo posible por amargarle los breves ratos de descanso, murmurando en voz alta al pasar a su lado, cizañeando en el vecindario, y hasta llamando a la Policía cuando la posición del borrachuzo dormido sobre la acera le resultaba demasiado indecente.

En cambio, el borrachuzo consideraba que la vieja era una buena persona, y confundía sus murmullos de reprobación y asco con maldiciones contra la injusticia del mundo. Nada sabía de su oculta labor de cotilleo en su contra. Cuando la vieja pasaba a su lado, el borrachuzo –si estaba despierto- la saludaba con un buenos días jovial y chispeante, que en realidad sólo servía para que a la vieja le llegara una vaharada de aliento al aroma de vinazo para encender aún más su ira cívica.

Un día la vieja cayó enferma. Al ir a levantarse, notó una punzada en la cadera, y prefirió no salir a la calle. Se entretuvo desmadejando viejas cajas de fotos y cajoncitos de recuerdos. Al día siguiente, estaba igual, o peor, así que pidió a su vecina que le trajera víveres suficientes y le hiciera el par de recados insignificantes con los que solía ocupar su tiempo por el barrio. Esta vecina era muy servicial, así que además de cumplir los encargos le trajo, de propina, un par de revistas divulgativas. La vieja recuperó el gusto por los placeres caseros.

El borrachuzo la echó de menos. Inquieto, indagó entre otros habitantes del barrio hasta dar con su domicilio. Y allí se presentó, una mañana, maloliente y educado. Eso sí, adecentó su pelo grasiento con una raya amarilla que recordaba trágicamente el peinado de primera comunión. La puerta de la casa de la vieja estaba abierta, pues al ser un barrio tranquilo, y desde que estaba impedida, le resultaba más cómodo así. Hasta el salón de la convaleciente llegó el fétido aroma de vino agrio y orina seca del borrachuzo. La vieja palideció. Pensaba que, ahora que estaba indefensa, venía a vengarse por las innumerables jaculatorias ofensivas y todo el mal que le había hecho y deseado. Intentó levantarse, en busca de algún arma defensiva. Débil y temerosa, cayó al suelo. Su pobre corazón de vieja latía con acartonado compás de horror.

Cuando el borrachuzo llegó al salón, la encontró postrada y llorosa, levantando un brazo suplicante. Confundió las lágrimas de egoísmo, la mueca de horror y la mudez de la angustia con emoción de reencuentro, gesto de alegría y escasez de palabras. Así que se inclinó para abrazarla. Al verse envuelta en la atmósfera de pestilencia del borrachuzo, la vieja creyó ciertamente llegada su última hora, y de pura tensión, para evitar mayores sufrimientos, su corazón se detuvo. Cerró los ojos pausadamente, mientras boqueaba como un pez de acuario. El borrachuzo la acunó, confundiendo todavía su rictus mortal con una sonrisa.

– Angelito, se ha dormido –murmuró, depositando con insólito cuidado la cabeza canosa sobre la alfombra. Después, echó un vistazo por la casa, y arrastró sus zapatos desgastados hasta la cocina. Había una botella de vino junto al fregadero; la tomó con sus manos sucias y bebió un largo y sonoro trago a la salud de su amiga.

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