El otro día escuché en alguna tertulia indefinida que el periodismo ha sufrido mayor destrucción de empleo, en términos proporcionales, que la construcción. Lo cual equivale a decir que la burbuja periodística era mayor que la inmobiliaria.
Y era así, al parecer, con una precisión: la burbuja no era periodística, sino mediática. Lo que estaba hiperhinchado era un sistema de teles, webs, diarios, medios, aventuras y productoras cuya única razón de ser no era, ni de lejos, la rentabilidad económica, sino la servidumbre a poderes políticos e industriales, públicos o privados, que sostenían sus veleidades informativas, sus directos desde el lugar de la noticia, su máxima actualidad.
Son casi desesperados los cantos de cisne de una profesión que se vé abocada a cambios irreversibles y que no acaba de saldar sus deudas de independencia y viabilidad. Da lástima que los periodistas nos envolvamos en nostálgicas banderas de preservación de patrimonio cultural a falta de otras mantas más calientes donde protegernos de la intemperie.
El periodismo es una palabra muy proclive a la hinchazón, a una cierta grandilocuencia democrática tras la que caben muchas veces una prueba y su contraria, y por supuesto todas las opiniones.
En la era del autoempleo y la imaginación creadora, el periodista ya no tiene nada que esperar de empresas editoriales que sufraguen sus reportajes y viajes como enviado especial. Sólo puede confiar en sí mismo, en su capacidad para ver, comprender y contar. Y además hacerlo de manera convincente y atractiva. Afortunadamente, lo único que no falta ahora son herramientas de comunicación directa e inmediata con quienes puedan estar interesados en nuestras historias.

 

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