No me llamo Simón, pero soy
Estilita. Desde lo alto de mi columna
permanezco inmune a las mareas sociales,
cuyas espumas rompen, furiosas
a veces, y otras mansas
en el mármol que me sustenta. No soy
especialmente alto, pero la columna
me deja ver más lejos que al común de los mortales.
Ajeno al tráfico de fluídos, chismes y comercios
varios que practican mis contemporáneos, yo, estilita,
comunico con el cielo de manera directa
mi corazón, mi espíritu y mi mente. Vendrá
el apocalipsis, tarde o temprano, como un gas
dióxido de carbono, y se expandirá
la muerte a ras de tierra el día del juicio
final. Desde lo alto
de mi columna
veré
un mar de cadáveres, y sus impuras
almas descender al Infierno, quizás algunas
al Purgatorio, muy pocas al Paraíso. Salvado
por mi columna, inasequible al exterminio, sobreviviré.
Mi infierno será el peor de todos. Sin nadie
sobre quien considerarme superior, sin nadie
que se ría de mí, como antes, y me diga «¡eh tú,
Estilita, vente a tomar una cañas, capullo!», preferiré
mil veces haber muerto asfixiado junto a los prójimos
de quienes huí hacia arriba
antes que la eterna espera silenciosa sin sentido.
El infierno son los demás, dijo JP. El paraíso, también.

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