Es primavera, un día de esos
de sol rejuvenecedor e impaciencia;
primeras terrazas en madrid capital y en los barrios
la gente recupera la atmósfera exterior
como si fuéramos osos todos despertando
de un largo letargo. Salimos, por tanto,
a tomar una caña y a que los críos pedaleen
en la bici de reyes que hasta días como hoy no tenía sentido.
Uno los ve calle arriba y abajo, veloces como cometas
de felicidad en estado puro, pedaleando
hacia el futuro. Sus gritos de excitación se sobreponen
a cualquier otro sonido: ni coches, camiones o pitos
de coches son superiores a su risa. Pero ay,
ay, hay caídas
ocasionales: uno de ellos derrapa,
cae,
y durante tres segundos queda en silencio
el mundo.
Luego,
el crío o la cría rompe a llorar: “Mamáaaaaa”,
y ella acude, corriendo, le toma en brazos, comprueba
que sólo ha sido un susto, interroga, busca el arañazo
y cuando lo encuentra lo besa,
y entonces pronuncia las palabras mágicas:
SANA SANA CULITO DE RANA,
y todo vuelve a ser perfecto, la criatura
deja de llorar, no ha pasado nada, vuelve
a coger el manillar de la bici, aún moqueando, pero decidid@.

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