La Tormenta vivía en un barrio residencial de las afueras de Madrid. Era un conjunto de casas altas, de muchos pisos, con muchos árboles también. La vida de la tormenta era dulce y apacible, como convenía a su edad, pues tenía varios siglos. Su trabajo consistía en salir las tardes de verano de mucho calor y montar un espectáculo de rayos y truenos que aterrorizaba a los niños y admiraba a los mayores. Durante veinte o treinta minutos paralizaba la vida del barrio, descargando cortinas de un agua dulce y espesa, iluminando el cielo oscurecido con relámpagos dorados, naranjas y blancos, llenándolo todo con truenos de múltiple eco. Pasado cierto tiempo se calmaba: sus bramidos se hacían distantes, los goterones escasos y los rayos delgaditos. Al final, se quedaba dormida, dejando un rastro de ozono empapado en la arena, para felicidad de lombrices, pájaros y niños. Los mayores se retiraban de la ventana, pagado el tributo de admiración su poderío, y seguían con sus quehaceres.

Pero un día advirtió, cuando se despertaba y disponía a montar su show, que de algunas ventanas brotaban a la noche pálidos relámpagos azulados, y sintió curiosidad. ¿Acaso tenía un competidor, o un aprendiz? Se asomó discretamente, y vió a muchas familias, e incluso a vecinos solitarios, congregados alrededor de una extraña caja brillante, de donde procedían estos destellos rivales. Al principio le hizo gracia esta competencia infantil, y regresó a las alturas dispuesta a demostrar quien es aquí el verdadero jefe. Lanzó un larguísimo y profundo trueno de advertencia, tras el cual vertió en gradación sonora, sus jarros de agua dulce sobre la ciudad, desplegando con especial énfasis su rápido abanico de rayos, su colorido de nubes fantasmas. Estuvo bien, mejor que muchos días, espoleada por la extraña competencia. Sin embargo, no tuvo un gran éxito. Echó de menos en los alféizares muchas caritas infantiles, muchos ojos abiertos como huevos, muchas muecas de admiración y espanto.

En la exhibición del día siguiente tuvo todavía menos éxito. Y siete días después, ninguno. Apenas nadie (el Borrachuzo sí que le era fiel) salía a los balcones, ni los niños buscaban aterrorizados las faldas de la madre protectora. Todos parecían tan felices y contentos, distraídos ante el misterioso enemigo rectangular que emitía pálidos, regulares -pero al parecer irresistibles- relámpagos plateados. La Tormenta se entristeció más allá de lo que se puede expresar con palabras.

De la tristeza pasó al cabreo. Ahorró durante varios días su electricidad y sus aguas, royendo pensamientos de venganza, y a final de mes, cuando nadie lo esperaba, descargó con tal furia que anegó calles, derribó árboles y ensordeció a todo bicho viviente. Como no tenía costumbre de actuar con furia, calculó mal sus efectos, y causó graves daños materiales. Pero no sirvió de nada. Sus espectadores de antaño seguían congregados ante el Televisor, que parav más inri daba noticias sobre las grandes inundaciones provocadas por la inusual Tormenta de finales de verano. ¡Así, que además indisponía a todo el mundo contra ella, la encasillaba en el papel de mala!

Su siguiente estado de ánimo fue el melancólico-positivo. Asumió que no podía hacer nada para recuperar al público humano y se dedicó al resto de sus admiradores: pájaros, vegetales, gatos habitantes de las ruinas… Para ellos siguió desplegando su repertorio jupiterino, con puntualidad de vieja amiga.

Después del espectáculo solía ir a tomar una cerveza al Bar de los Cielos, para recordar mejores tiempos. Esta tasca la frecuentaba también Currito, un gorrión pendenciero, golfo y muy viajado. Currito llegaba todas las tardes con tres o cuatro pájaras de cuidado, y animaba el Bar a base de gritos, pellizcos, trinos y escandalera. La Tormenta asistía a la diversión ajena desde su rincón de la barra, deleitándose como buena solidaria del espíritu.

A base de verla, Currito y sus compinches la invitaron una noche a unirse al grupo. La Tormenta, un tanto tímida fuera de su elemento, y algo acomplejada por su estatus de vieja gloria, hablaba poco al principio, pero cuando las cervezas hicieron su lento y eufórico efecto, tronó sus penas y explicó el origen de sus nubarrones de tristeza. Currito la escuchaba con media sonrisa en el pico, de donde colgaba una ramita portuaria.

-Tu problema tiene fácil solución -pió, cuando calló la Tormenta-. No hay más que fulminar el repetidor con uno de tus rayos.

Así que, entusiasmados y borrachos, salieron todos a cumplir venganza y dar satisfacción a su nueva amiga. ¡Había que ver a la Tormenta! Achispada como nunca, iba dando traspiés que dejaban caer truenos sin ton ni son, y de sus ojos brotaban alegres rayos de travesura inminente. Guíados por Currito, pronto llegaron a la cima de la montaña donde habían instalado el repetidor de televisión.

¡Venga, Tormenta, ahí lo tienes! -jaleaba Currito, mientras pellizcaba las plumas caudales de una de sus amigas.

La Tormenta miró hacia el grupo, un tanto cohibida aún, pero al verlos a todos de su parte, alegres y decididos, tomó uno de sus mejores rayos y apuntó al repetidor. Falló el primero, y también el segundo, debido a su lamentable estado. Pero el tercero dió justo en la base de la gran antena, que vaciló unos segundos, como si también estuviera borracha, y se desplomó después con gran estruendo.

Corred, corred! -dijo Currito, echando a volar hacia la ciudad-. ¡A ver qué hacen ahora!

Allá que fueron todos. Desconcertados y confusos, los espectadores estaban todos asomados al balcón, como en los mejores tiempos. A la Tormenta se le estaban empezando a pasar las cervezas, así que no quiso abusar de la situación y se conformó con descargar un buen chorreón un tanto alcohólico e iluminar las pupilas de la concurrencia con dos o tres relámpagos espectaculares.

Evidentemente, el repetidor fue reparado a los pocos días. Pero al menos la Tormenta sabe desde entonces cómo vencer a su rival electrónico. Al menos hasta que se extienda la televisión por cable. Pero entonces ya se inventará algo Gusano Repugnante, que también siente estima por la Tormenta, aunque no pueda subir al Bar de los Cielos.

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One Response to 53 Fábulas: El Televisor y la Tormenta

  1. Ruth dice:

    Bonito relato… Quizá eso es lo que nos hace falta a algunos más tormentas y menos televisor…je, je… Un abrazo¡

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