La verdadera crisis no es la económica, sino la social. Decía aquél viejo refrán que “cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. Quizá esto sea cierto también a nivel país. La solidaridad, la cohesión, la voluntad misma de un proyecto de convivencia común, se desmoronan –si no lo remediamos- bajo la presión del miedo, de la necesidad, del abismo desconocido que se abre ante cada individuo, familia o colectivo en la incertidumbre de la carestía.
¿Carestía? ¿Es España un país pobre? ¡En absoluto! Hay recursos más que de sobra en España para sacar adelante el país en tres semanas. Si todos diéramos el paso necesario, pasábamos del 8% de déficit al 3% de superávit en un pispás. Lo digo de verdad, y si habéis llegado leyendo hasta aquí sabéis que es verdad.
¿Qué ocurre entonces? Diagnóstico: parálisis social. Impotencia del colectivo para la verdadera movilización –la de la generosidad.
Y es perfectamente comprensible: décadas de pelotazos, mamoneos, escándalos, corruptelas y chanchullos provenientes de todo el –nunca mejor llamado- Espectro político han adormecido nuestra sensibilidad, nos han hecho pensar que lo normal es que cada cual vaya a lo suyo, y así nos va.
En el corazón de cada español hay recursos suficientes no ya para sacarnos de la crisis en el pispas referido anteriormente, sino para situarnos también en vanguardia de la recuperación económica mundial .¿Qué falla? La falta de verdadero liderazgo; no el político, sino el social. Posiblemente, ni eso: sólo hacen falta unos cuantos buenos ejemplos, los primeros movimientos. Necesitamos ejemplos de solidaridad de quienes más pueden y más tienen, y sin necesidad de esperar a que los medios les saquen los colores publicando sus ingresos o sus chollos, y también más noticias sobre comités de empresa que acuerdan reducción colectiva de los salarios para conservar puestos de trabajo, más filantropía de los poderosos a la americana, menos marketing de causas sociales y más verdaderos gestos de quienes pueden y tienen los altavoces para ello señalando el camino: sólo tenemos que poner un poquito cada uno para dar la vuelta a la tortilla.
Esta es la verdadera crisis: la parálisis social. Cuando el 15M brilló durante algunas semanas en primavera pasada creímos ver moverse algunos de nuestros miembros. Y el movimiento incluso se contagió al exterior, confirmando lo que decía antes: la parálisis, como la aldea, es global.
Pero nos hemos vuelto a quedar quietos. ¿Demasiada política, demasiados cálculos, demasiada mezquindad en cada uno de nosotros, tanto a nivel individual como colectivo?
No pienses qué puede hacer tu páis por tí, sino tú por tu país… La histórica frase de Abraham Lincoln cobra ahora una dimensión brutal, real, indispensable, urgente. Mientras sigamos acochinados en la protección a ultranza de nuestro pequeño dominio de privilegios, no hay solución a la crisis.
Decía un antiguo amigo mío otro refrán: “En cruzar el río y dar dinero, nunca seas el primero”. Pero si nadie lo hace, moriremos todos en esta ribera estéril donde ya no hay nada que comer.

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