El taller está en una bocacalle de Alcalá, una zona hoy poblada por comunidades latinas de mucho rap, salsa y juventud. Lo atiende Carlos, un hombre de unos cincuenta y pico años, con bigote y una leve cojera parsimoniosa que realza su volumen corporal. Tres o cuatro empleados más pululan en una atmósfera de Radiolé, calendarios infartantes y grasa, mucha grasa.

Hace unos quince años llevé por primera vez aquí mi coche, un modesto Peugeot 205 de la época. Sonaba a carraca constipada; diría incluso que se quejaba con lastimeros aullidos metálicos cada vez que cambiaba de marcha. Cuando le dejé en manos de Carlos y su equipo me pareció que me miraba con sus grandes faros amarillos y tristones, como si supiera que nunca más volveríamos a recorrer comarcales y autovías juntos.

Pero al cabo de un par de horas recibí la llamada de Carlos:

– ¿Señor Alberto? Que ya está el coche.

– ¿Ah, sí? (no podía salir de mi asombro, no sabía si preguntarle si quería decir que ya estaba difunto). ¿Y que tenía?

-¡Ná, muy poca cosa! Un tornillo del diferencial de embrague que se había atascao con los engranajes.

– Estupendo, estupendo… -balbuceaba, incrédulo.

A la mañana siguiente recogí mi coche, que parecía tener otra cara, y arrancó con un bramido familiar y repuesto; sólo le hubiera faltado tener cola para menearla con alegría de mejor amigo del hombre.

En el pequeño cuchitril que le hacía de despacho gerencial, Carlos me plantó la factura delante. 1.800 pesetas (30 €) por mano de obra. Mi alegría fue oceánica, bíblica, universal. Yo también, si hubiera tenido cola (¡de perro, coñe, digo!) la hubiera meneado barriendo el suelo del garaje entero. Esperaba un agujero devastador en mi presupuesto vacacional y me encontraba con una cantidad irrisoria y un coche restablecido de la peor ronquera mecánica que se pueda imaginar.

Sólo una vez después de esta ocasión he dejado de llevar cualquiera de mis coches, de cualquiera de las marcas de mi flota actual, al taller de Carlos. Fue por conveniencia domiciliaria; plantaron debajo de mi ático en Chamberí un flamante «Taller Oficial / Clínica del Motor», en el que te sentaban en un recibidor como de dentista, con revistas de gama de lujo en la mesilla, mientras te hacían esperar. Todos los empleados vestían bata blanca y el taller olía a ambientador, casi casi a colonia de bebé.

No fueron capaces de reparar el claxon. Me entregaron el coche lleno de precintos y plásticos y fundas sobre los asientos, supuestamente reparado. Me hicieron pagar unos dolorosos 350 euros por piezas y mano de obra, y menos mal que tuve la precaución de probar delante de ellos; el claxon seguía sin pitar, para escandaloso estruendo y vergüenza del Jefe de Taller (Nicanor Tomás, Jefe de Taller, ponía en una placa dorada en la pechera de su bata blanca).

A la segunda, consiguieron repararlo, pero sólo durante el tiempo justo para que expirara la garantía de la reparación, pues a los tres meses dejó otra vez de funcionar. Naturalmente, lo llevé a Carlos, que escuchó con gesto resignado mis explicaciones, abrió el capó, trajinó cinco minutos en la casquería negra del motor, apretó un par de tuercas y sopló en un filtro. El claxon sonó más alto y claro que nunca, y nunca más ha vuelto a fallar.

– Nada, no es nada, no ha sido nada -dijo Carlos, que pretendía no cobrar por la reparación.

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