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En este caso se trata de La Iliada en versión de Alessandro Baricco. Reescrita para ser recitada en público, reducida a lo esencial de la acción humana, omitidas las intervenciones de los dioses olímpicos y contada en primera persona por sucesivos actores de esta maravilla literario, fuente de la narrativa de todos los tiempos.

Es muy buena cosa eso de escribir libros para ser leídos en público; no hay nada como el contacto directo con el lector -entonces auditor- para despojar a los textos de pajas y rellenos superfluos.

Aquí tienes a Alessandro Baricco en acción; aunque no lo he encontrado leyendo la Iliada, te servirá para hacerte una idea de su actividad.

Y por supuesto no dejes de ver alguna de las recitaciones de la Divina Comedia por Roberto Benigni, literalmente escalofriantes y emocionantes (ver al pie de este post)

Para después de la relectura de la Iliada, la autobiografía de Heinrich Sliemann, el hombre que descubrió Troya para la arqueología moderna. Ya me he leído las cincuenta primeras páginas, y no salgo de mi asombro por la perserverancia, la inteligencia y el carácter de Schliemann. Autodidacta de 12 lenguas -entre ellas el latín, el ruso, el árabe y el griego- mediante un sistema propio de memorización de pasajes literarios, omitiendo los estudios de reglas gramticales.

Sobre todo llama mucho la atención en su autobiografía cómo narra y recuerda Schliemann la forma en que su padre y su ambiente familiar le imbuyeron el gusto por las leyendas, la mitología y la antigüedad… A los ochos años de edad ya tenía decidido que algún día descubriría Troya, y toda su vida fue un camino constante en busca de este propósito infantil; si se hizo comerciante de éxito y millonario a los 50 fue sólo para disponer del tiempo y los recursos suficientes para cumplir esta promesa realizada a su padre y a su novia de infancia, con la que soñaba igualmente mundos clásicos y leyendas de otros tiempos.

Por último, Fez, Ciudad del Islam, de Titus Burckhardt, que vivió varios años en esta ciudad marroquí y la entendió como pocos. Previo a un próximo finde escapada allá, si la situación política y la economía doméstica lo permiten…

Os dejo según prometido con Roberto Benigni leyendo la Divina Comedia. Contened el aliento y dejad toda esperanza de hacer cualquier otra cosa en los próximos diez minutos. Es muy grato comprobar que en la era de mayor entretenimiento y sofisticación tecnológica la simple lectura emocionada de un texto con más de 600 años de antigüedad pone en pie a centenares de personas y genera un silencio de escucha que se puede cortar con navaja de barbero.

 

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