Y así, día a día, el terror inicial fue dejando lugar a la costumbre, a una insólita cotidianeidad a la que la actitud de mi huesped contribuía con su naturalidad de comportamiento y desenvoltura. Me fue difícil, aún, evitar un escalofrío cuando, al abrir mi casa, veía su pequeño chalet instalado en la moqueta, y siempre mi terca incredulidad me concedía unos segundos para persuadirme de que la historia no era sino una maquinación delirante de mi cerebro anegado; entonces, inopinadamente, ella doblaba una esquina del pasillo, con un cachito de pan con mantequilla en la mano, y, masticando alegremente, me saludaba. Algún resto de pánico instintivo se debatía con el espontáneo afecto que me provocaba, e invariablemente se imponía éste, así que respondía a su saludo, la tomaba en mis manos y, elevándola a mi altura, besaba sus labios manchados de microscópicas migas. Lo habitual era que luego ella me preguntara por mi jornada, mostrando además un sincero interés, lamentando que hubiera sido un día anodino o celebrando, en cada caso, los episodios que lo hubieran animado. Frente a ella me expresaba sin precauciones, sabedor de que nada de lo que pudiera decirle traspasaría, por razones evidentes, las paredes de mi casa; le comunicaba directamente mis odios y amores cotidianos, y no era raro que en la misma conversación descubriera algunos que me habían pasado inadvertidos hasta entonces. Además, ella se encargaba de averiguar otros datos de mi vida cotilleando sin escrúpulos mis papeles y pertenencias, y hurgando en mis muebles, actitud que, por mucho que le recriminé, no abandonó jamás, hasta el punto de que alguna vez tuve que rescatarla de una estantería a la que había conseguido escalar pero de la que no veía cómo bajar, cuando ya había revuelto todas las cartas y hasta recibos bancarios que había podido; y que nadie piense que se avergonzaba al ser capturada en estas fechorías: al contario, se permitía, de entrada, antes de darme los buenos días, llamarme la atención por el gasto en una cena, sosteniendo el recibo de la Visa como si leyera un periódico, o me preguntaba insistentemente por alguien que posaba junto a mí en una foto descolorida. Terminé aceptando sus intrusiones, pues era claro que no le guiaba nada parecido a una maquinación u oscuros intereses personales; ahora bien, lo que sí me exasperaba era que no correspondiera a mi tolerancia revelándome algunos datos sobre su vida anterior, elementos que yo pudiera utilizar para, quizás, conseguir devolverla a su tamaño primero: me dejaba hablar y explicarle una y mil veces lo felices que seríamos si fuéramos proporcionales, y luego repetía, incluso con sorna, parodiando los interrogatorios vietnamitas, la historia que le oí en el primer desayuno: se había desmayado en una fiesta y despertado, ya reducida, en mi pasillo, y aseguraba que nada anterior a nuestro encuentro tenía verdadera importancia, como yo mismo, concluía, averiguaría con el tiempo.

 

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