Eran entonces las tardes de Agosto en las que tanto me ha gustado siempre permanecer en Madrid, con las ventanas abiertas de par en par, explorando los límites cuatridimensionales de la pereza, oyendo el rumor de las cigarras que frotan sus élitros cincuenta kilómetros al sur (tan transparente es el silencio a ciertas horas de la tarde) o bien el ajetreo que los japoneses montan mientras hacen negocios, que se oye perfectamente cuando aquí es madrugada jonda, y de nuevo todo está tranquilo. Mini se paseaba por la habitación vestida sólo con el pantalón de deportes Barbi Jogging, y se entretenía leyendo por la noche bajo la luz de un flexo o, por las mañanas, tomando el sol en el porche de su cabaña. Muy frecuentemente nos quedábamos semidormidos en el mismo salón, a cualquier hora, después de devorar un sencillo aperitivo a base de cecina, queso de albacete, lomo blanco, aceitunas frías con hueso y paté de anchoa, todo ello salpicado con vino fino a cinco grados. Si yo despertaba antes que ella, que tenía un sueño sólido como el granito, me gustaba contemplarla recostada en su hamaca de juguete, con la cabeza vencida en un hombro: cuidadosamente me acercaba y admiraba casi sin respirar el contorno y el color de sus tetas, morenas dianas cuyo centro me hipnotizaba, pues al rato de mirarlas me ocurría como en el juego de colocar la nariz sobre una postal de canto y ésta, a su vez, sobre una hoja en la que hay dos dibujos que acaban superponiéndose por ilusión óptica: de la misma forma sus gotas, bajo mi atenta mirada, confluían aparentemente hacia una única forma que condensaba las curvas de ambas y en cuyo centro, cuando también los pezones acababan por superponerse, una estrella color piel de castaña asada cobraba presencia y fuerza hasta hacerse obsesiva, como un agujero negro que todo lo absorbiera. Al comprobar que no despertaba mientras la escudriñaba me decidí a utilizar una lupa: la primera tarde que situé la lente ante su rostro sufrí una descarga emocional: la vi tantas veces más deliciosa cuanto poder de multiplicación el cristal tenía: sus párpados eran finos y afilados como un hilo de luz que se cuela entre los dedos de la mano cuando nos protegemos del sol; su nariz era fina como la vela de una falúa en el Nilo, y sus densos labios entreabiertos en la respiración del sueño parecían paralelos a los míos, detrás del cristal, que besé de todas formas, como besé la fina cuerda del tendón de su cuello, desde la oreja hasta la clavícula, por donde me descolgué cuerpo abajo, notando gracias a la lupa los poros de su piel y pequeñas manchas debidas sin duda a su excesiva aficción a los baños de sol: uno sólo de sus pechos cabía en el ruedo de la lupa y lo inundaba como un reflejo de la luna ocupa todo el estanque de una taza de agua olvidada en el jardín; después continué mi inspección hacia la tripa: el ombligo siempre ha sido uno de mis puntos favoritos, y éste era sublime: un círculo pequeño y hondo levemente cortado en su parte superior por un párpado de carne que, de lado a lado, simulaba un guiño: no fue difícil, animado por él, proyectar la refracción deleitosa hacia una región inferior, donde lastimosamente encontré la burda tela verde chillona del pantalón de jogging: decepcionado, agaché un poco más mi cabeza para ver si, a través de los resquicios que la prenda dejaba en los muslos, podía divertirme con lo más secreto, pero sólo llegué, esforzándome, a distinguir un confuso sector de oscuridad más densa, así que continué dejando resbalar la luz por las rodillas y las piernas, perfectas figuras de evolución circular en las cuales gasté dos o tres minutos; despúes, quise volver a ver sus labios, y elevé la lupa: pero lo que vi me hizo soltarla accidentalmente, de forma que casi le lastimo un pie: fue su mirada, con los ojos bien abiertos y burlona mueca de sonrisa, inscrita en el círculo de la lente, enorme, como el gato de Alicia en el País de las Maravillas. Pasado el susto, retomé el instrumento y, ahora intencionadamente, lo situé sobre su rostro: a la belleza conocida debía añadir ahora el matiz esmeralda claro de sus ojos, un verde veteado de puntos de mica y capilares hebras doradas que parecía no tener fondo, salvo el negro del centro. Se reclinó sobre la hamaca para ofrecer sin estorbos todo su cuerpo a la más detallada observación: levantó los brazos para que pudiera apreciar la pulida calidad de sus axilas (me pregunté cómo demonios haría para depilarse en sus circunstancias actuales); se recogió la melena que caía sobre sus hombros para que no hubiera dudas sobre la pitagórica esfericidad de las líneas en el nacimiento de sus brazos; finalmente, poco a poco, comenzó a desprenderse del pantalón mientras yo enfocaba obsesivamente esta zona, notando cómo, a medida que la línea del elástico se desplazaba, la piel se tornaba más blanca, más suave en apariencia y más tentadora, sobre todo cuando en la superficie de nata semitostada aparecieron las primeras hojas de cesped negro, ligeras pestañas que anunciaban la proximidad del centro, diminutas llamas tintadas que se iban transformando en incendio a medida que el pantalón descendía, hasta dejar a la vista la hoguera central, el fuego de rizadas formas tras cuya cortina se guarda lo más sensible. Terminó de liberarse de las esposas de tela que aprisionaban sus piernas, elevándolas graciosamente para deshacer a través de los pies el nudo odioso, y entonces situó sus tobillos a la altura del asiento, y se dejó resbalar unos centímetros hacia adelante, de forma que en la pantalla de cristal que yo sostenía magnetizado se dibujó toda la extensión cóncava de su vulva, marcada clarísimamente la línea central, como un río que alimentara la vegetación a su alrededor, y en éstas estaba cuando apareció en el marco de visión un pequeño animal rosado cubierto por una concha roja muy intensa, que no era sino la yema de un dedo con uña pintada (¿con qué pincel tan fino?) rondando su deseo, en movimientos cautelosos de criatura que reconoce el terreno, en el que poco a poco fue hallando lo que buscaba, dejándose caer por la pendiente y remontándola de nuevo para terminar encaramado en la colina superior, donde centró su danza circular, a la que respondió la llama votiva dejando adivinar, primero, un hilo de fuego rosa intenso que cruzaba los arbustos negros como un relámpago la tormenta; después, creciendo sin propagarse, por puro aumento de dimensiones, ensanchando su base y abriendo sus lados de forma que pareció desbordarse sobre las márgenes del valle, en cuya loma más alta la yema del dedo seguía practicando su ritual, ahora con mayor fuerza, ya en fase cercana al trance: toda la tierra pareció temblar, moviéndose según el ritmo de la concha roja, que adquirió velocidad mayor y no parecía temer el brillante incendio que había desatado y que ya se había extendido hasta mí, pues no podía evitar arder con el mismo compás y quemarme en las mismas llamas, que subían hasta mis orejas y enrojecían mi vista, haciéndome cerrar los párpados aunque no perder de vista el panorama volcánico que me rodeaba: estaba en lo más hondo de un valle inflamado y notaba mi carne y mis huesos consumiéndose en la pira general, fantástica, abrumadora, deleitosa, hasta que por fin una lengua de fuego llegó a mi corazón y me deshice, perdiendo la vida disuelta en el zumo blanco que brotó como un geiser, esparciendo una lluvia extintora sobre el bosque. Al abrir los ojos vi que la llama única se había replegado y sólo algunos reflejos brillantes, ligeros hilos barnizados, quedaban como rastro de su paso, además de la expresión inconfundible en la cara de Mini, que se mordía el labio inferior -los párpados aún semicaídos- y sonreía sibilinamente, tanto a través de la lupa como sin ella, pues ya dejé la lente en el suelo, casi contento de que la chica no fuera tan grande como la había visto con el cristal trucado, pues entonces seguro que no podría regresar del incendio que provocaba, no podría soportar más de una vez arder en el paradisíaco infierno de su belleza.

 

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