En los días siguientes, cuando el portero me vió entrar con enormes paquetes de regalo bajo el brazo, y, sobre todo, cuando a la noche recogía de mi puerta envoltorios de Barbi Superstar, incluyendo un set de cocina, salón, trajes de noche, aerobic y playa, así como otras cajas y juguetes en miniatura (como un modelo de luchador wrestling que pensé para regalo, aunque luego no me pareció buena idea) debió concluír que el inquilino que tantas veces había sorprendido saliendo con la legaña a la una y media de la tarde, y de quien no conseguía cuadrar los horarios ni las costumbres, había enloquecido definitivamente. Pero es que mi desgastado cerebro se había planteado seriamente la posibilidad de convivir con la belleza delirante que había aparecido ante mi puerta, y hube de recurrir a toda mi imaginación estratégica para organizar la intendencia. Mini eligió para instalarse un rincón de la moqueta, de aproximadamente metro y medio cuadrado, cerca de la ventana; allí pusimos un chalet Barbi Vacaciones, con bonito porche estilo Riviera, y un par de hamacas. Cortamos trozos de tela para hacer más mullidos los muebles, y dispusimos un cartucho fotográfico, que yo vacíaba y lavaba cuando veía una señal (una lenteja) sobre su tapa, como retrete; habilitamos una neverita donde procurábamos mantener hielo picado, y, sobre todo, colocamos, cerca del mini chalet, en una parcela privilegiada por el sol, un barreño azul como enorme piscina (era extraordinariamente aficionada a nadar, y me fue muy frecuente, desde entonces, encontrarla, al llegar a casa, buceando en esta alberca proporcional) y, con todo esto, quisimos que, mientras durara la insólita situación -y ella no parecía muy preocupada por resolverla inmediatamente- su estancia fuera llevadera y entretenida. De hecho, pareció acomodarse extraña y felizmente a su nueva condición, y empezó a desbordar una alegría de espíritu incompatible con la presumible angustia de quien atraviesa un trance semejante; es más, yo mismo me atribulaba mucho más que ella por lo que pudiera haberle ocurrido, aunque poco a poco me fuera contagiando la naturalidad con la que asumía su metamorfosis.

 

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