Una tarde mi jefe me citó a su despacho. Sus manos cruzadas sobre la mesa limpísima ya me hacían presagiar algo siniestro, así como la anterior mirada de merluza ultracongelada que su secretaria me había dirigido al tiempo que decía «ya puede pasar», e intentaba sonreír con torpeza de mujer que hace mucho que ha perdido la calidad de la risa. El despacho era como un sarcófago de madera y cal, ornado tan sólo por estratégicas plantas de plástico y una neverita en una esquina, de la que sospeché instantáneamente que sólo podía contener bebidas refrescantes y jugos de fruta. «¿Todo va bien»?, preguntó mi anfitrión, como intentando crear un clima humano antes de entrar en el ajo, según habría aprendido en su último seminario sobre trato personal organizado por Relaciones y Sensaciones, S. A., en Benidorm o en el Parador de Nerja, a cuenta de la empresa. Con una seca respuesta de alcohólico en resaca le di a entender que apreciaría que se expresara con la mayor llaneza que le permitieran su puesto y su costumbre. «Tenemos muy buenos informes sobre su actividad», prosiguió, ante mi absoluto asombro, «y estoy en condiciones de comunicarle que el Consejo ha pensado en usted para dirigir la delegación de Munich, con rango de prebostón y sueldo de chiquicientas mil pesetas.» Lo de las pesetas no me sonó del todo mal, pero nada más oír «Munich» se me revolvió el estómago, como consecuencia de mi inmoderada deglución de cerveza Munchen la noche (y hasta el día) anterior, y me imaginé la ciudad fría, así que ni por chiquicientas mil, pensé, y él al verme dudar duplicó la oferta. «Caramba, sí que debo interesarles», reflexioné, «o qué chunga debe ser Munich.» Observé la pulcra atonía de su despacho y repuse que muchas gracias, pero que vivía bien en Madrid. «Pero piense en doschiquicientas mil pesetas, es casi mi sueldo…», dejó escapar estúpidamente, para hacerse feliz. Pero yo ya había dicho que no y es que no. Le pregunté si tenía algo más que despachar y movió despacito la cabeza, mientras en su interior pujaban la rabia y el asombro. Al salir de la habitación la secretaria pez tenía preparada para mí una sonrisa de complicidad que signficaba que sabía de qué iba la película, aunque no su desenlace. En un arranque, me incliné para besar sus labios, que se contrajeron como el mordisco de un pececillo. Se me quedó mirando con ojos parabólicos mientras me separaba y me iba, alegremente.

 

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