«¡Strip chinos!», exclamó Mini, en respuesta a la mantequillosa y tediosa pregunta que planteé al inicio de la siguiente tarde de domingo («¿qué podíamos hacer»?), después de cenar -lo cual en su caso signficaba degustar devorando una rodaja de salchichón de Riera generosamente regada por un chupito de tinto. Impartió diligentemente las instrucciones de juego, a saber: que yo procurara tres duros para mí y tres granos de arroz para cada una de ellas, y que todos comprobáramos que vestíamos el mismo número de prendas. Al cabo de varios minutos me divertía contrastando el color escarabajo brillante del centro de Mini con la pincelada rubia de mi nueva inquilina, mientras ambas, en pie sobre la mesa, pronunciaban, con sublime concentración y los puños extendidos, su apuesta. Llegó el momento en que ninguno teníamos nada que perder sino la voluntad, y precisamente en esto consistía la siguiente apuesta: el perdedor debía someterse a las órdenes de los ganadores, y me tocó a mí. «¡Serás Gulliver!», exclamó Mini, apuntándome con su brazo extendido y señalándome con el dedo índice, «¡serás nuestro prisionero, y no podrás moverte!», pasando a continuación a informarme de que debía tumbarme sobre la moqueta y simular estar preso por invisibles cables que no me permitírían girar ni la cabeza, «no podrás mover ningún miembro», proseguía, con sus labios endurecidos en delicioso mohín de bruja, «bueno, uno sí», y se tapó la boca para ocultar la risa. ¿Qué podía hacer? Dócil a sus caprichos me tendí sobre el piso y las dejé corretear a mi alrededor, encaramarse por mis costillas, caminar por mis pantorrillas y ejecutar sobre mi estómago extrañas y profanas danzas liliputienses, así como descender hacia el negro matorral donde rebuscaron con sus brazos mientras invocaban la presencia de la Gran Serpiente, que respondió a su llamada elevando efectivamente su cabeza triangular y enderezando su cuerpo cilíndrico, para regocijo de mis torturadoras, que se situaron junto a su Diosa animando su ascenso con gritos deportivos que no venían a cuento, y también con rítmicos tamborileos en los bongos situados en la base del Gran Tótem, que llegó a su cenit y mostró, henchido, una gota del brillante néctar, la droga que las liliputienses -tenían la amabilidad de explicarme- valoran más que ninguna otra cosa en el mundo: ulularon, danzaron, soplaron, acariciaron, insinuaron, rodearon, zarandearon, mojaron con sus labios y envolvieron con sus brazos, peinaron con sus melenas, y, de pie sobre los bongos, empujaron en uno y otro sentido con todo su cuerpo, haciendo presa con las piernas alrededor del Idolo, cuya tensión parecía anunciar la inminente y profusa donación de la droga a sus creyentes, como efectivamente ocurrió cuando ambas se afanaron en frotar y frotar la zona del Tótem vulgarmente conocida como frenillo: su pagana deidad, a través de mi humilde y ultrasensibilizado medio, emitió un chorro de esperma que casi alcanzó la lámpara y cayó sobre las danzantes, oficiantes, celebrantes y excitantes sacerdotisas del extraño culto. Despúes, La Llama Que Todo Lo Inflama abandonó los cuerpos cavernosos donde hasta entonces había morado, y, entre plañideras letanías de sus fieles, devolvió el Tótem Sagrado a su primer origen material, a su forma de vulgar polla morcillona en la que, no obstante, gustaba encarnarse. Había concluído mi prenda: justo era que una nueva mano decidiera quién sufriría ahora. Deseoso de vengarme de la malicia de mis amigas tuve que aguardar que amainara el ataque de risa que les había dado, y que llegó a preocuparme por la magnitud de sus convulsiones: sólo ante la evidente amenaza de derramar sobre ellas la jarra de agua helada que traje de la nevera consiguieron retomar las riendas de su comportamiento y los granitos de arroz en sus manos. Perdió Ana Laura: Mini y yo cuchicheamos unos segundos y decidimos someterla a la refinada tortura de las Plumas Erráticas, consistente en tumbarla sobre la mesa, en la posición que ella prefiriera, pero siempre con los ojos cerrados, obligándola a soportar las irritantes y tentadoras caricias que con objetos tales como el extremo de un pañuelo, un pedazo de algodón o un fino pincel de acuarela produciríamos en su piel más sensible. Yo elegí el pincel, y procedí a dibujar sobre su cuerpo paisajes imaginarios o su propio contorno, depositando una gota de color inexistente sobre cada uno de sus melocotones miniaturizados, y revolviendo bajo su ombligo como si recreara un torbellino dorado estilo Van Gogh. Mini me dejaba hacer, a cierta distancia, sobre todo cuando fue evidente que su amiga había traspuesto el umbral del juego y ansiosamente pedía la sólida presencia del pincel allí donde ardía: preferí cambiar las hebras por mi propio tacto y la dejé utilizar mi pulgar y el índice como puntos de apoyo para iniciar un undoso movimiento contra el resto de la mano, movimiento que de marejadilla subió a marejada y después a mar gruesa, para culminar en un delirio que a Mini y a mí nos hizo sonreír por lo extremado, pero del cual Ana Laura no se avergonzó lo más mínimo, a juzgar por el talante decidido con el que incorporándose después de un par de minutos, y calándose sus gafas sobre las mejillas aún intensamente rosadas por la excitación, preguntó «¿quién habla ahora»?

 

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