Al margen de mis aventuras en el mundo exterior y de mis repentinos y cada vez más frecuentes trances de memoria, mi vida con los dos prodigios tendía hacia la familiaridad, haciendo costumbre de lo insólito. El 10 de Diciembre -recuerdo la fecha porque Mini me la había preguntado por la mañana, y había pasado el día muy nerviosa- recibimos una nueva visita, aunque esta vez no fuera para quedarse. Después de la siesta, ella oyó -a mí me fueron imperceptibles- golpes en la puerta, y me pidió que abriera: no vi a nadie por la mirilla, y temí lo peor: estaba dispuesto a aplastar a cualquier miniatura masculina que se presentara para chafarme mis alegrías, pero contuve mi zapatazo, pues al mirar, como ya casi tenía por costumbre, hacia abajo, descubrí a un hombrecillo del tamaño de mis últimas amistades pero con el pelo canoso y rizado -aparentaba unos cincuenta y pico-, con camisa blanca y pantalón de tergal, que me infundió cierto respeto inmediato, mientras elevaba sus ojos como esperando una invitación a entrar, un saludo, algo que no llegó a producirse en los tres segundos que duró nuestra mutua contemplación, hasta que preguntó «¿está aquí Nina»? Tardé en responder, doblemente impresionado por la súbita revelación de que quien tenía delante era el padre de Mini y que además me había facilitado el primer dato objetivo sobre la verdadera historia de mi amiga: su nombre. «Sí, claro, pase», dije al fin; frunció los labios para agradecer mi cortesía y al mismo tiempo reprochar mi tardanza y se dirigió como si conociera el camino hacia el salón, empujando trabajosamente la puerta, detrás de la cual ella le esperaba. «¡Papá!» -exclamó Mini, abriendo los brazos y corriendo al encuentro del visitante, que la recibió en silencio. Ambos se estrecharon un rato largo, mientras Ana Laura y yo les mirábamos sin saber qué hacer. Cuando se separaron nos presentó a todos oficialmente, y después le acomodó en una butaquita de las suyas. Yo, por puro mimetismo, me sentí también en el deber de agasajar al recién llegado, y le ofrecí un dedal de coñac, que aceptó cordialmente. Me pareció que su gesto hacia mí traslucía una leve desconfianza; a estas alturas era evidente para él -la piscina, la casa, mi propia actitud- que su hija vivía conmigo, y por lo visto intentaba analizarme para ver si iba en serio con ella, lo cual me pareció tan disparatado que casi me mareé. Mini estaba muy alegre y excitada; sugirió que preparáramos algo especial, una especie de fiesta; entendí que quería que cocinara el pollo al chilindrón que tanto les gustaba, así que me duché y bajé a la carnicería. Compré embutidos para aperitivo, una buena botella de vino y todo lo necesario para el festín. Al volver, mis tres huéspedes conversaban animadamente sobre la moqueta, y aquello ya parecía el pueblo de los pitufos; el padre fumaba en una pequeña pipa que acababa de darle, definitivamente, todo el aspecto de un gnomo; su actitud hacia mí era poco a poco más cordial. Yo procuré no perder ni tanto así de la conversación, para averiguar lo que pudiera de la vida anterior de Mini, y del misterio de su reducción, extensible a Ana Laura, pero a pesar de que se habló de lo humano y lo divino los temas resultaron escasamente personales o identificativos – debieron aprovechar mis compras para ponerse al día de los asuntos íntimos-, y además los tres parecían aconchavados para no suministrarme ni una sola pista válida. El suegro inverosímil, por otra parte, acaparó gran parte de la charla cuando ésta abordó temas de actualidad: resulto ser comunista de toda la vida, y lo seguía siendo, en cuerpo y alma, pues creía en la igualdad de todos los hombres y mujeres y en el reparto equitativo de la riqueza, perorata social que abordó, en mi opinión, un tanto tocado ya por el vino y el lomo de Salamanca, y a la cual Ana Laura y yo asistimos con nuestra mejor cortesía, mientras que Mini le miraba extasiada, con un deje de ironía, pero francamente encariñada. Se habló de la ola de neofascismo, de patrullas vecinales y de gitanos, y entonces fui yo quien se excitó, disparando baterías de improperios contra los que ocultan su debilidad en la fuerza viscosa de un grupo, ridículos consumidores de enemistades prefabricadas. El pollo al chilindrón causó gran efecto, y tuvo la cualidad, como suele ocurrir cuando se bebe y no se cena, de apaciguar el ritmo de la conversación, haciéndola más profunda. Después llegó el café, y la copita de tequila helado, todo ello en las dosis convenientes a cada estatura, con excepción del padre, que bebía casi tanto como yo, a pesar de lo cual conservaba un perfecto dominio sobre su comportamiento. Muy de madrugada, cuando se produjeron algunos vacíos que transparentaban deseos de descansar, se levantó finalmente y anució que debía marcharse. Mini no intentó retenerle; yo le ofrecí una parcela de la moqueta y una casa del catálogo, invitación que acogió con gratitud pero rechazó alegando obligaciones ineludibles. Comenzó la despedida, que fue larga, saturada de emocionados abrazos entre padre e hija; finalmente, el visitante saludó abriendo la palma de la mano, contento según me pareció notar en su último gesto antes de girar pasillo adelante, doblando poco después la esquina de la escalera para perderse definitivamente, dejando un sutil rastro de tabaco de pipa. Renuncié a plantear preguntas: sólo pensé que era muy tarde y que mañana tendría que madrugar.

 

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