Incluso se debió operar alguna transformación en mi demolido sistema nervioso, pues comencé a experimentar con cierta frecuencia un peculiar fenómeno mnemoemocional: una imprevista sacudida y vivísima sensación de reconstrucción de un momento pasado, o de uno de sus pobladores o accesorios (canciones herrumbrosas, perfumes peculiares y antiquísimos, una bolsa de pipas en el suelo, un ripio olvidado), sin que mediara voluntad alguna por mi parte: simplemente, mientras por ejemplo caminaba por los túneles del Metro, pujando con los codos entre el bullicio, recordaba súbitamente una esquina de una casa malagueña en la que pasé varias temporadas de verano (hay que saber cómo es la arquitectura andaluza semicolonial de principios de siglo para poder decir que se han visto casas bien hechas), y este lugar, desde un ángulo preciso, aparecía con todos sus detalles esenciales; no es que pudiera ennumerar las rejas de la verja o las veces que un arabesco se reproducía sobre el mosaico, sino que recordaba con luminosa e inconfundible claridad la sensación que entonces me producía cotidianamente la blanca arquitectura, cuando regresaba, en chanclas y pasando junto a bultos de maleza mezclada con bolsas de basura, de todo un día en el mar. Una vivencia, al fin y al cabo, que se repitió con cierta asiduidad en aquellos días de verano, pero que, en principio, no clasificaría entre los instantes estelares de mi vida, y esto precisamente era característico de los fogonazos retrospectivos a los que me refiero: los protagonizaban cuadros y escenas que, cuando fueron presentes, pasaron más o menos desapercibidos, pero que ahora volvían investidos de una extraña majestad, como brillantes cisnes que antes fueran patitos feos, o de la misma forma que, en el final de su vida, un hombre puede recibir las visitas de los verdaderos amigos que le han estimado, y advierte la ausencia de otros que consideraba, erróneamente, mejores, y así, quizás a tiempo, logra reconstruir su historia y comprender algunos de sus detalles. ¿Debía componer con estos destellos dispersos, uniendo los puntos que marcaban, una figura total capaz de revelarme algo nuevo; tenían algún sentido la sucesión o el orden de estos fogonazos que, después de unos segundos, perdían intensidad y me dejaban, inerte, a merced de las corrientes dominantes en los pasillos del Metro, incapaz de reproducir voluntariamente lo que había experimentado por gracia de yo qué se qué? Sea como fuere, cada vez que recibía la visita de mi propia historia, en esta contundente y sorprendente forma, quedaba después algo más feliz y un poco más vacío: más feliz porque ningún regalo inesperado puede parecerse a sentir de nuevo lo pasado con la misma plenitud con que una vez ocurrió, y más vacío porque cada revivencia disolvía una parte de mí, borrándome del lugar donde estaba y dejando en él, a cambio, la imagen sin contornos de mi recuerdo, como si aparte de memoria yo no fuera nada.

 

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