Tras este lapso de renovado estupor, un movimiento maquinal me llevó, primero, a mi habitación, para buscar un pañuelo con el que cubrir a mi insólito huesped, y, después, al sofá del salón, donde me senté para contemplar su sueño sin apartar la vista, pues temía que desapareciera misteriosamente si me descuidaba, y ahora ya no quería tal cosa, pues el pánico comenzaba a ser desplazado por una curiosidad proporcional en intensidad a la extrañeza de la situación, así que estaba dispuesto a vigilar todo el tiempo que fuera necesario, que resultó ser mucho, pues durmió dieciséis horas seguidas, en las cuales sólo me levanté dos veces para beber agua y comer un bocado, y eso mirando de reojo a la posición de la durmiente, que parecía haber encontrado en el sueño algún consuelo para su desgracia, fuera cual fuera, y que yo esperaba averiguar. Bien entrada la tarde, un rayo de sol incidió en la zona de moqueta donde dormía, y comenzó a moverse, despacio, con vueltas y revueltas de despereza, estirando los brazos, bostezando. Parecía repuesta y confortada; me vió, ojeroso pero atento, y me dedicó una sonrisa acompañada de leve buenos días, que corregí, «buenas tardes», dije, lo cual pareció agradarla. Con movimiento veloz se quitó de encima el pañuelo y se dirigió hacia el plato de agua, arrodillándose junto a él para beber. «Espera, estará caliente», la detuve, adoptando espontáneamente el tuteo, y levantándome para buscar en la nevera agua fría, que traje en un plato limpio. «¿Te preparo café?», pregunté, «vale», dijo ella, alegremente, quitándose la chaquetilla de cuero, «pero antes me gustaría bañarme», «cómo no», y ofrecí: «¿con agua caliente?», «templadita», respondió, así que fui otra vez a la cocina, tomé un cuenco de consomé y vertí en él un chorrito de agua caliente que moderé con dos cucharadas de fría, añadiendo un pedazo de esponja que corté de la mía y otro de jabón, todo lo cual situé junto a ella, en el salón, en el recuadro de moqueta que el sol del atardecer iluminaba con dorada calidad. Ni corta ni perezosa, al ver el estanque a su medida ante ella, se quitó la camiseta con ese movimiento en forma de X que la mayoría de las mujeres ejecutan al desprenderse de estas prendas, y vi sus tetas morenas coronadas de granos de café, y quise acercarme más, pero me venció el sentido de la discrección, aunque no hice ademán alguno por retirarme, ante el regalo que me ofrecía con el cuadro de su cuerpo paulatinamente desnudo, que en cuestión de instantes quedó como viniera al mundo, aunque dudo que viniera al mundo con tal tamaño, pues si madre alguna hubiera dado a luz a una criatura semejante a buen seguro la noticia habría trascendido, lo cual no hacía sino avivar mi curiosidad por conocer su historia, aunque ahora el interés se veía parcialmente eclipsado por el deleite del espectáculo de su gracioso cuerpo probando el agua con la punta de los pies, y saltando el borde del cuenco para después tumbarse en el interior y recostar la cabeza en la orla, exclamando un casi imperceptible suspiro de satisfacción para luego taparse la nariz y hundir la cara y la melena en el agua y comenzar a enjabonarse tarareando como si fuera lo más normal del mundo, ante mis ojos aún atónitos, a los que miraba de cuando en cuando, iluminando su gesto con una sonrisa de oreja a oreja y un guiño de picardía que me desconcertaban aún más, si cabe, que la situación misma. Finalmente me pidió una toalla, que le confeccioné con el mismo sistema de recorte que había utilizado para la esponja, y cuando fui a tendérsela me esperaba de pie en el centro del recipiente, hacia el cual me arrodillé; su cuerpo recibía la luz de miel que filtraba la ventana, y aprecié la curvatura de sus caderas y la construcción espiral de sus muslos, y vi el pequeño triángulo negro del centro de su cuerpo, y sentí una pulsación inesperada, pues era deseo, e inmediatamente me ruboricé, para su deleite. Extendió un brazo para recoger el pedazo de toalla que le tendía, y se secó alegre y concienzudamente, ajena en apariencia a mi atención salvo por las fugaces miradas que me dirigía de cuando en cuando. Recordé que le había prometido un desayuno, así que puse manos a la obra, preparando café con leche para los dos y cortando algo de fruta y jamón york. Desayunamos en silencio, frente a frente; cuando hubimos acabado le pedí que me contara su historia, petición que recibió con un gesto de tristeza, como si hubiera recordado algo doloroso; mantuvo un intrigante mutismo de medio minuto, que concluyó con levísima pero inequívoca sonrisa, y pareció que otra imagen más grata se sobreponía en su memoria a la anterior, y habló: sólo era capaz, aseguró, de reconstruir una fiesta tropical en un piso atestado de borrachines, borrachinas, cocos y rayas de coca, y un desvanecimiento cerca de la escalera, y la oscuridad, y el terror ante el descubrimiento consciente de su cambio de tamaño, a solas; después, su desconsuelo, el deseo de esconderse, su elección de mi puerta como el lugar más oscuro y adecuado para hacerlo, y nuestro encuentro. Cuando terminó de hablar no pude responder inmediatamente, pues era obvio que tal historia no aclaraba nada, y ni siquiera tenía el mínimo sentido. Pero, al mismo tiempo, no tenía ninguna razón para dudar de sus palabras, así que traté de hallar en mi repertorio mental una frase oportuna, algo reconfortante para tan desventurada metamorfosis, cumplido que no encontré, por lo que fue ella quien debió romper el silencio, y lo hizo con una irrupción de alegría que dió por clausurada la tristeza de los últimos minutos. «Tienes cara de cansado», me indicó, «duerme un poco». «Lo haré si me juras que cuando despierte no te habrás ido», respondí, y accedió, pidiéndome que le dejara algo de lectura. Le sugerí títulos repasando los lomos de mi biblioteca, y ella optó por Las Noches de la Alhambra, que coloqué en el suelo, y que abrió levantando la cubierta como si fuera la tapa de un sarcófago, y me di cuenta de que era poco más grande que los personajes de los grabados. Así la dejé, concentrada en la lectura, mientras yo me dirigía, caminando de espaldas, hacia el dormitorio, para caer sobre el colchón como un árbol viejo y dormir como nunca en mi vida, pues seguramente mi cerebro no era capaz de urdir un sueño que pudiera sorprenderme, después de lo vivido en las últimas veinte horas.

 

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