Habría podido creer que Mini estaría celosa, o que Ana Laura se arrepentiría de su desvarío una vez pasado el furor del momento, pero no. Ana Laura se instaló en nuestra cama sin ninguna muestra rechazo; incluso a veces, en nuestros juegos, las dos miniaturas se entrelazaban como dos culebras sobre mi tripa, desnudas y vehementes, y se querían. Si se quedaban dormidas tras el ejercicio, debía recordar ahora que eran dos los minibultos que, entre las sábanas, corrían peligro de aplastamiento -aunque ya había desarrollado un sexto sentido para moverme con delicadeza, arqueando la espalda en el momento preciso, anotando mentalmente, aunque durmiera, la posición de mis amantes. Curioso aún, intenté sonsacar de Ana Laura algunos detalles sobre el misterio de las metamorfosis, pero todo lo que aseguraba recordar -con cándida expresión un tanto sospechosa- era que caminaba por un solar de su barrio, sola y de noche. Después, nada; es decir, mi pasillo y mi puerta. Yo empezaba ya también a tener miedo de que algo parecido pudiera ocurrirme a mí, pues ya iban dos casos sin aparente causa ni explicación; así que, ¿quién me aseguraba que al día siguiente no me iba a despertar del tamaño de una cocacola, yo qué se dónde? El caso era casi para denunciarlo a las autoridades, o a los medios de comunicación, lanzar la alarma, no sé, la humanidad podía estar en peligro, estas criaturas podían ser invasores que bajo la forma de miniaturas ultraeróticas pretendían conquistar el planeta Tierra. Bueno, pensaba al fin, bendita conquista sería. Porque el hecho es que mi vida fue mucho más sabrosa desde que, primero una y luego otra, las minichicas cayeran en ella desde el más insondable de los enigmas. Me encontraba mejor (psicológicamente, claro, pues físicamente yo creo que ya tenía poco remedio); todo me parecía más fácil, veía las cosas más claras, elegía con naturalidad lo que más me gustaba, y el mundo, especialmente de noche, bajo los árboles del Otoño, con el frío compensando en mi cara el calor intenso de mis diez o doce caipiriñas, con el cielo nítido en su oscuridad adornada de alguna estrella, comenzaba a parecerme realmente bien hecho.

 

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