La nueva miniatura resultó una discreta compañía: a diferencia de nosotros dos, no hacía trampas en las partidas de cartas (teníamos una baraja liliputiense de artesanía toledana) con las que, al principio, entreteníamos las tardes mientras se instauraban nuevas costumbres y yo me hacía a mi papel de insólito Un Hombre en Casa. Ana Laura no era tan aficionada al ocio perezoso o la curiosidad descarada en los que Mini invertía el ochenta por cien de su vida despierta; en cambio, y en consonancia con el aspecto intelectual que le prestaban sus gafas, se interesó por mi biblioteca de historia de las ciencias, y pronto, mientras Mini se probaba los nuevos modelos de la colección de Otoño, la otra se peleaba con las enormes páginas de una biografía de Arquímedes, que leía tomando notas con un cachito de mina. Yo, entretanto, veía la tele con auriculares y me alucinaba de la normalidad con la que, a los pocos días, nos habíamos adaptado a la nueva situación. Sólo me preocupaba pensar si el siguiente episodio no sería la aparición de un mini-maromo, lo cual hubiera generado grandes tensiones. Además, secretamente, prefería que mi segunda huésped no tuviera pareja, pues ya dejaba, a veces, resbalar mis ojos por su cuello, mientras ella leía concienzudamente, y había notado inundaciones en mis cuerpos cavernosos al fijarme de reojo en el relieve binario que adornaba su torso, forzando la camiseta Barbi Oxford con la que se vestía. Una tarde, como era de esperar, me sorprendió en esta deseosa contemplación, y sonrió abiertamente; le pregunté por su lectura, y contestó que estaba enfrascada en el episodio de la biografía de Arquímedes en el cual el rey Hierón le encarga que investigue el supuesto fraude cometido con el oro entregado para moldear una corona. La dejé hablar, interesado: «Arquímedes» -me explicó, ajustándose las gafas- «es uno de los personajes más flipantes de la historia. Le he compuesto un poema. ¿Quieres oírlo?» «Cómo no», dije. Se incorporó y rebuscó entre las minúsculas anotaciones y papeles que la rodeaban; finalmente tomó uno de ellos y, previa profunda inhalación y dos segundos de misterio, entonó:

Fascinado por el diagrama, no ve

la sombra del soldado que se acerca

despacio, por la espalda. ¿Creyó,

cuando la espada atravesara

su noble corazón, que era la muerte

igual a la delicia de encontrar

al fin la solución para el enigma

que había dibujado con la arena?

Quedé un tanto sorprendido por aquel despliegue poético; ella me miraba fijamente, con la barbilla pegada contra el cuello, esperando mi comentario; sólo acerté a articular un cumplido que agradeció igualmente. Siguió: «te explicaré: Arquímedes murió cuando uno de los soldados de Marcelo, general romano enemigo de Siracusa, le ensartó con su acero por negarse a obedecer. Y todo porque no se había enterado de que la ciudad había caído, y estaba trazando figuras geométricas sobre la arena. ¿Te das cuenta?», seguía, emocionada, «en ese momento podía estar dando forma a un teorema que hubiera hecho adelantar la matemática tres o cuatro siglos, y viene un soldado chusma y lo atraviesa.» Yo asentí cortésmente con la cabeza; quería hacerla hablar más, y más apasionadamente si era posible, pues la forma que tenía de enfatizar sus opiniones y de mover los labios mientras argumentaba me parecía razón suficiente para hacerme aceptar cualquier axioma. «Oye», dije, «y eso de la corona de oro y el timo descubierto en la bañera, ¿cómo fue?». «Pues mira», comenzó, levantándose del suelo, «el rey Hierón encargó a un artesano que le moldeara una corona de oro, para lo cual le entregó el peso del metal precioso necesario. Cuando recibió la corona, le pareció que contenía menos oro del que había dado, así que pidió a Arquímedes que investigara. Éste halló la clave una tarde, mientras se bañaba: razonó que el volumen de líquido desplazado por un sólido que se sumerge en él debe ser proporcional a su masa, que a su vez guarda relación con su peso, y así, comparando los volúmenes desplazados por el peso de oro supuestamente entregado y por la corona, concluyó que faltaba oro. El artesano fue decapitado.» Tomé a Ana Laura en mis manos, ante su asombro, y la llevé al cuarto de baño. Llené el bidé de agua caliente hasta el borde, y diciendo «a ver cuánta agua desplazas», la arrojé a la piscina. El aire formó una burbuja con su camiseta, mientra flotaba: protesté por la intromisión de cuerpos extraños en el experimento, y le pedí que se quitara la prenda, para no alterar los factores. De un limpio movimiento, mientras agitaba las piernas, se desprendió de la tela. «Cierra los ojos, y aguanta la respiración», le pedí, empujando suavemente su cuerpo por debajo de la superficie cristalina; entonces, refractada por el líquido, noté lo bonita que era. Sus tetas acababan en minúsculos pezones rosados muy distintos de los granos de café oscuro que estaba acostumbrado a acariciar en el cuerpo de Mini. No pude detenerme: la dejé respirar, y mientras flotaba sonriendo con su cabellera rubia mojada, manipulé para despojarla también del pantalón corto. Desnuda, nadó en la blanca alberca como una lagartija rosada con un extremo dorado en su cabeza y un punto del mismo color en el eje de sus piernas. A estas alturas, estaba claro que la ciencia iba por otro camino: la tomé en la palma de mi mano y la dejé sobre la mullida alfombra de secarse los pies al salir de la ducha: ella se tumbó y extendió los brazos como invitándome a fundirme en un abrazo imposible. Era una estrella, o una cerilla grande con su pelo rubio desordenado sobre la estera.

 

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