Y alguna vez lo hice, llevar un ligue a casa. Mini desaparecía como por encanto (¿dónde se escondería?), pero al verlas desnudas la belleza de Mini las dejaba pequeñitas, a las otras. Así que después de la tercera o la cuarta perdí interés y me reconcentré en los juegos de miniatura: la fotografiaba, por ejemplo, con macrobjetivo, en poses increíbles que parecían trucadas (los dependientes de las tiendas de revelado me miraban con asombro, considerándome un artista, supongo). Seguía obstinada en hablar poco -nada, de hecho- de su vida anterior. Hube de reconocer que su negativa era superior a mi curiosidad, y debí aceptar que la vida podía tener sentido simplemente así, con un gran secreto en casa, suficiente para distanciarme cualitativamente de mis semejantes -¿tendrían ellos otras Mini, algunos al menos, u otros Minos? A veces me lo preguntaba, en intrascendentes charlas de barra, cuando mi interlocutor(a) parecía lo suficientemente interesante. Un acontecimiento, de todas formas, vino a cambiar y profundidar la situación. Me comunicó que una amiga vendría a pasar una temporada con nosotros, así, como si ya fuera la dueña de la casa, que lo era, y en efecto, el siguiente domingo, mientras desayunábamos en la cama leyendo yo el periódico y ella un diccionario español- italiano tamaño caja de cerillas que le quedaba como si fuera la Biblia, dijo de repente «¡ya está aquí!», y se descolgó por las sábanas, corriendo hacia la puerta. «Ana Laura, ¿eres tú?», susurró con la boca pegada a la madera, para después volver corriendo hacia mí, impaciente, y pedirme «¡abre, abre!». Malenfundándome el pantalón llegué a la puerta, preparando mi mente para el prodigio con el que probablemente tendría que enfrentarme al girarla sobre sus bisagras. Así fue: al pie del umbral había una mujer rubia, con gafas metálicas, vestida de blanco, y que tampoco me llegaba ni siquiera a las rodillas. ¡Dios, otra miniatura, otra muñeca viva, la hostia! Ambas se fundieron en un apretadísimo abrazo que yo no me atreví a interrumpir a pesar de que temía que en cualquier momento se abriera la puerta de algún vecino y todo se fuera al infierno. Por fin se separaron; la nueva venía con lo puesto, sin equipaje, tal y como había llegado la primera. Las hice pasar al descansillo, y allí fuimos presentados. «Mira Alberto, esta es Ana Laura», dijo, y ella sonrió cortésmente, saludando con la mano y agitando los dedos, como las turistas. Respondí con una sacudida de cabeza mientras evaluaba sus rasgos y concluía que su aspecto evidenciaba un género de tristeza similar a la llantina de Mini la noche que la encontré; por lo demás, tenía unas bonitas mejillas rosadas, profundos ojos negros tras gafas de bibliotecaria, y melena rubia natural que contrastaba vivamente con el largo pelo negro y rizado de la primera muñeca. En fin, pourquoi pas, me dije, resignado a este destino de anfitrión de maravillas, y desconecté de mi cerebro las exigencias de explicación. «Bueno, Ana Laura», hablé, «tengo entendido que vas a pasar unas semanas con nosostros». «Si no molesto…», respondió, muy educada. «No molestas. Habrá que acomodarte: tendrás que elegir casa», seguí. Para ello nos sentamos en la moqueta y rescatamos el catálogo de Casas Barbi que venía con el chalet Riviera. Ana Laura se puso algo más contenta con esta perspectiva de cordial recibimiento, y comenzó a pasar las grandes hojas del cuadernillo casi ya sin el mohín de nostalgia que primero le había sorprendido. Finalmente, eligió un moderno diseño Frank Lloyd Wright, y el mismo lunes por la tarde bajé al bazar y encargué el artículo; además, no pude resistir la tentación y compré también un tren eléctrico con todo tipo de accesorios (pinos, estaciones, hasta un lago en la montaña) que hizo, cuando lo vieron, las delicias de mis amigas, y un juego de mesa, La búsqueda del amuleto mágico, cuyas reglas a las pocas semanas habíamos transformado de una manera que contaré algunas páginas más adelante; el caso es que, con las ciento veinte mil pesetas que pagué por estos juguetes y por el ajuar mínimo necesario para la estancia de Ana Laura, di por concluído mi nunca muy sólido proyecto de ahorrar para comprar un piso, y decidí, ya puestos, gastar mis escasos fondos en procurarme una buena temporada de felicidad ahora que mi suerte me deparaba tan extraños lances.

 

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