Al entrar en mi benéfico apartamento del barrio de Chamberí nos juramos en silencio ser felices sin más tonterías, así que yo volví a mi rutina de trabajo y copas y ella a su vida placentera junto al Chalet Riviera. Comenzaba el Otoño; los baños de sol se acababan también, pero encontró otra actividad como jardinera de mis macetas. Se metía en ellas como si fueran matojos de arbustos o fragmentos de selva, y cuidaba los brotes, espantaba los bichos -una batalla temible, en su caso, cuando los pulgones debían parecerle arañas. Naturalmente, también proseguía sus indagaciones sobre mis pertenencias y vida privada, pero ya pocas cosas le quedaban por averiguar. Se había metido de tal manera en mi biografía que no me quedaba ningún pudor para contarle sus aspectos más escabrosos, y así yo mismo los recreé, ahora a la luz diferente de la conversación. Siempre me guardaba algo, de todas formas, pues soy de la opinión de que una persona totalmente desprovista de secretos es un alienado potencial, pero me gustó comprobar que no era celosa, que entendía mis amoríos con la panadera o la chica de las fotocopias. Incluso me ayudaba en mis conquistas. Un día le pregunté si le importaría que viniera a casa con un ligue, y me dijo que para nada, que lo único que tendría que explicar era qué diablos hacía un chalet Barbie en la moqueta. «Puedo decir que es de una sobrina mía, que viene a jugar de vez en cuando», ingenié.

 

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