Tal y como ocurre en las peleas tontas, que por eso se llaman así, ninguno dio su brazo a torcer: caímos en un obstinado silencio sin proporción con la magnitud del motivo. Era delirante, en cualquier caso, que gastáramos los mejores días del año enfrascados en semejante riña: bastantes problemas tenía yo ya con mi vida pura y dura, así que preferí no obsesionarme con aquel giro inesperado y, asegurándome de que no le faltara nada, di en pasear hasta altas horas de la noche por el marítimo de Pedregalejo, bebiendo un tequila allí, doce cañas allá y ron dorado en el último, un precioso bar-casa cuya azotea era como la cubierta de un velero, y contra cuya pared, a poco violento que estuviera, rompía el mar. Allí me enamoré de una preciosidad rubísima, de ojos oscuros y deliciosos rizos, delgada de cuerpo y escurridiza de gestos y voces, que solía venir a beber con un grupo de amigos. Cambiábamos miradas de un extremo al otro de la barra, y ella sostenía los ojos el tiempo necesario. Una noche, mientras yo hacía deporte, para quemar calorías, en la máquina del bar, con toda naturalidad se sentó en una banqueta alta junto al cacharro, como espectadora; le ofrecí jugar a medias: cada uno sostuvimos un flíper y nuestros brazos desnudos emitían chispas al rozarse. Consideré un buen presagio, además, que lográramos altas puntuaciones, así que le propuse después pasear bajo las estrellas, junto al mar, descalzos sobre los pedruscos y el alquitrán propios de mis playas preferidas. Efectivamente, armados con sendos cubalibres (mientras los pedíamos advertí que uno de sus amigos me dedicaba deliciosas miradas de odio), nos perdimos hacia el rumor de de la playa, dejando cada vez más lejos el reflejo de las luces y el sonido de la música. Por fin, tomando asiento junto a un neumático viejo, conversamos despreocupadamente fumando cigarrillo tras cigarrillo. Me gustaba darle fuego y notar el brillo de sus ojos oscuros, y la piel de sus clavículas iluminada por la llama instantánea. Vaciadas las copas, directamente rodeé su cuello con mis manos y la besé: pícaramente abrí los ojos mientras profundizaba, y la vi entregada; uno a uno desabotoné los cierres de su blusa, y recorrí con las yemas de mis dedos la piel suavísima de sus costillas, levantando con los pulgares la tela que cautivaba los más dulces frutos; cuando apliqué mi tacto sobre los garbanzos o guindas que los coronaban, se estrechó contra mí, aprisionando mi cabeza y lanzando un primer suspiro. Entonces quise de nuevo mirarla y, de refilón, me pareció notar, semioculta tras una barca varada, la figura de Mini. Fue una visión fugaz sobre la que no quise reflexionar, azuzado por los perfumes de la dama de noche -las dos: flor y mujer-, más intensos a medida que acariciaba las rodillas de la última, retardando el contacto con el vértice -que por segundos abría su ángulo- con intención de prolongar los instantes de expectación. Situé mi palma a menos de dos milímetros de la fuente de calor, esperando sentir el mismo género de chispazos que cuando jugábamos en el bar, y así fue, pero la atracción venció a mi maliciosa voluntad, y contacté los pliegues de su interior, presionando en la tela bañada por el rocío de su ansiedad: de la misma forma que las hojas se desprenden de la rosa cuando eclosiona las telas de lencería se deshicieron bajo mis dedos, y al igual que el azúcar se funde en el vaso de leche toda ella se mezcló conmigo: yo moví la cucharilla para conseguir la máxima disolución: qué bonita era, con los labios enrojecidos, mientras susurraba una canción de moda que no se me olvidará, e imprimía a sus caderas el mismo ritmo, marcando el estribillo con hondos besos que me atravesaban: acabó como la canción, con un sostenido larguísimo al cual mi propio impulso sirvió de coro, y también como la música nuestro baile se fue silenciando, en tranquila coda, hasta que al fin sólo quedó, igual que el zumbido de un disco demasiado viejo, el rumor de las olas por todo sonido. Después caminamos por la orilla, y al pasar junto a la barca varada quise investigar mi visión anterior, pero sólo hallé una vieja botella que, quizás, desde cierta distancia y con la conveniente mentalización, pude haber confundido con la figura de mi duende. El cual, de vuelta en casa, me esperaba despierto, como una vieja esposa gruñona; en sus ojos se notaba el rastro sanguinario de las lágrimas. Me dijo que lamentaba sus últimas actitudes hurañas, y se acostó junto a mí, canturreando una de sus hipnóticas y fantasmagóricas baladas. Al día siguiente me pidió volver a Madrid, y me pareció bien, pues algo se había quebrado y el barrio del paraíso parecía exhalar ahora un perfume envenenado del que convenía huír.

 

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