La mañana era espléndida: se recortaban las montañas contra el clarísimo perfil del horizonte, azules en su base y verdes en las faldas, presagiando los bosques donde dentro de poco caminaríamos, si es que la carretera no nos jugaba ninguna mala pasada y el motor 900 cc de mi cacharro aguantaba el adelantamiento a un BMW con conductor timorato, maniobra que al final realicé para orgullo de mi amiga y torva mirada del conductor humillado, que me miró como si hubiera tenido que engullir doscientas chapas de BMW en estado herrumbroso sazonadas con pimienta, limón y yogur pasado. En la carretera Mini viajaba, osadamente y contra todas mis advertencias, plácidamente sentada sobre el salpicadero, y sólo tomaba la precaución de permanecer inmóvil cuando algún coche se acercaba demasiado: entonces imitaba un adorno de retrovisor, moviendo su cuerpo gomosamente, con expresión bobalicona, mirando al automovilista contrario, hasta que le daba la risa y se dejaba caer sobre el asiento, para nuevo asombro del vecino. Afortunadamente la curiosidad del ciudadano medio está hoy tan atrofiada por falta de uso que nunca tuvimos que lamentar estos juegos, a los que yo no sabía imponer un límite, hipnotizado por su risa. Una vez en el monte, la transporté oculta en una bolsa hasta alejarnos lo suficiente de los senderos habituales; entonces la liberé, y se entretuvo escalando rocas de mi estatura -moles de granito para ella- y bañándose en recodos de los arroyos en los que yo apenas podía chapotear o mojarme los tobillos. Creíamos estar a nuestras anchas en un claro, lejos de curiosos y domingueros, pero tras oír un confuso griterío en algún lugar sobre nosotros distinguimos la figura aborrecible de un niño excursionista que nos apuntaba con el brazo, desde unos doscientos metros, mientras vociferaba, llamando a sus padres. El interfecto, en chandal, extrajo unos prismáticos de su mochila de plástico, y nos enfocó: habían visto a Mini. Comenzaron a descender hacia nuestra posición, mientras yo guardaba a mi amiga en la mochila y emprendía una vertiginosa fuga saltando de peña en peña: corría intentando alcanzar mi coche antes que ellos a nosotros, pero fue imposible, no me daría tiempo; un perro se sumó a nuestra persecución: oía sus ladridos repugnantes que daban a nuestra fuga cierto aire de Alcatraz, y no lamenté entonces, sino todo lo contrario, haber invertido tantas tardes de mi juventud leyendo las más variadas historietas, pues recordé la estratagema con la que Tintín, en El Cetro de Ottokar, se libra de los guardias fronterizos que le persiguen por los bosques de Syldavia: utilizando pimienta, de la cual llevaba una pequeña bolsita en la cartera, en recuerdo de mi último viaje en avión (siempre guardo los pequeños envoltorios de sal, azúcar y pimienta que reparten), polvos que ahora vertí sobre un pedazo de tela que intencionadamente abandoné en el camino. Oímos los ladridos lastimeros del inmundo chucho, esclavo de sus dueños, pelotillero, y supimos que ya sólo nos debían preocupar el niño abominable y su padre asesinable, cuyas voces oímos entre la espesura, gritando «esperen, esperen», que era lo último que se nos hubiera ocurrido hacer. Finalmente, agotado, busqué refugio en un recoveco de la ladera, desde donde podía controlar el camino por el que vendrían nuestros inoportunos descubridores: al cabo de un minuto, mientras mi respiración se normalizaba, entró en escena el niño, que era una de esas criaturas que hacen buena la frase de Mafalda «¡y pensar que en este mismo momento, en cualquiera de las setenta y cinco guerras que se celebran en el mundo, cientos de balas perdidas se estrellan contra las rocas o rompen la corteza de árboles inocentes!», y que se detuvo justo bajo mi posición: agarré un pedrusco y apunté para darle lo suyo al mal bicho (de todas todas parecería un accidente), pero dos décimas de segundo antes de lanzar el proyectil los labios de Mini me susurraron en el oído «si lo haces, nunca más me verás», con una convicción inapelable, ante la que no pude sino asentir y dejar el ñosco sobre la maleza, evitando el ruido. Finalmente se cansaron de buscarnos, pero con todo el episodio se nos había alterado la adrenalina, y ambos preferimos permanecer el resto del día, que ya llegaba a su fin, en un lugar retirado. Mini afirmó conocer uno monte arriba, en una pequeña ermita abandonada; pregunté cómo conocía tal lugar, esperando con mal disimulada malicia una pista sobre su vida anterior, y una vez más se escabulló con leve sonrisa, asegurándome que me gustarían las ruinas. Tras treinta minutos de escalada llegamos, de anochecida, a una pequeña explanada en el alto, silenciosa excepto por el canto irregular de algunos pájaros nocturnos, que me despertaron un nuevo temor, pues cabía dentro de lo posible que alguno de ellos quisiera hacer de Mini sabrosa cena de medianoche; ella misma me tranquilizó asegurándome que ningún animal podría hacerle daño, con excepción de los gatos y algunos humanos, afirmación que yo juzgué, desde mis escasos cabales, absolutamente gratuíta, pues parecía excluir a mi amiga del común de los mortales, y yo seguía dando por hecho que su metamorfosis tenía una causa razonable y, quizás, un remedio adecuado; no obstante, la seguridad con que profirió su sentencia tuvo la balsámica cualidad de calmar por completo mis temores sobre pájaros y rapaces. El lugar, desde luego, era digno de la escalada: un pequeño prado bañado por la creciente claridad lunar, en el centro del cual se levantaban cuatro muros semiderrumbados, sin techumbre alguna sino la propia bóveda de las estrellas, que nos entretuvimos en descifrar a medida que las luces se encendían. Al fin, en la mayor densidad de azul oscuro, me anunció que iba a realizar para mí un pequeño despliegue imaginativo. «No tengas miedo» -dijo, encaramada sobre mis rodillas, acariciándome los pómulos- «verás qué interesante. Túmbate y escucha.» La obedecí con cierto recelo inicial, aunque después de algunos minutos mi agitado corazón se instaló en un ritmo de calma. Advertí que cantaba una melodía que perforaba dulce y constantemente las capas más densas de mi memoria, como si ésta fuera un mazo de servilletas de papel y su voz un chorro de chocolate hirviendo, y entonces sobre el fondo estrellado se dibujó una escena en la que me vi perseguido por una horda de psicópatas a través de una catedral en ruinas, de un fantasmagórico conjunto de patios, torres y ventanas en sucesión caótica, tan arbitrariamente dispuestos que me era imposible fijar el camino que recorría, vertiginosamente, volando a veces sobre las gárgolas y las puntas de las columnas altísimas, esquivando el acecho de mis enemigos, a los que no conocía ni de los que siquiera sospechaba su móvil contra mí; en una de las vueltas sobre aquel delirio de piedras y espacio encontré una mujer cuyos ojos eran gotas de alquitrán y la boca una cuchilla curva, espectro que hizo ademán de abrazarme: entonces, contra toda ley natural, bruscamente aumenté de tamaño, me hinché como un globo multiplicando mi volumen por diez ante los ojos aterrados de aquella reina de los perseguidores, que apenas tuvo tiempo de gritar y contraer su fúnebre rostro en una mueca de terror vergonzoso antes de desaparecer literalmente arrasada por una corriente de electricidad que sopló desde mi corazón y que además prendió en llamas la arquitectura infernal donde se había desarrollado mi caza. Vi a los habitantes del lugar salir a la plaza y mirar aterrados hacia mi altura, y les oí murmurar que mi castigo sería terrible, pues nadie había osado aún rechazar los abrazos de la Reina de las Pesadillas, augurio que recibí con absoluta indiferencia. Elevé la vista de nuevo hacia las estrellas, y el ulular de un búho me devolvió al centro del prado, junto a las ruinas de la ermita: llegué a ver al pajarraco detenido junto a Mini, pero levantó el vuelo en el mismo momento en que yo giraba la cabeza, y se perdió en las tinieblas. Quise saber qué me había ocurrido: «te he cantado una canción de sueños» dijo. «Daba la impresión de que estabas sufriendo y luego de repente todo se arreglaba. ¿Todo va bien?» Tuve que responder que sí, pues mi espíritu destilaba aún en semisueño una extraña y poderosa sensación de seguridad, algo casi totalmente nuevo entre mis sentimientos. Tomé la iniciativa y propuse que bajáramos hacia el coche, lo cual hicimos semiadivinando el camino gracias a la luna.

 

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