Le gustaba provocarme sueños húmedos, y para ello reptaba bajo las sábanas, arriesgándose a quedar atrapada bajo uno de mis muslos, y alcanzaba mi mullido paquete, donde presionaba hasta hacerle perder el último adjetivo. Yo le seguía el juego, moviéndome y suspirando como un sonámbulo, frotando los pies contra las sábanas; entonces se sentaba a horcajadas en la base del fenómeno y comenzaba a moverse a ritmo de merengue: sus piernecillas colgaban rozando mi más preciada bolsa y con sus brazos alcanzaba la fuente de donde, todavía, brotaba el transparente lubricante: se movía como una niña frenética en un columpio de ahora tú arriba, ahora yo, (por cierto, ahora que digo esto, -espero que se identifique correctamente el columpio, uno de estos balancines con dos banquetas en el extremo y un punto de apoyo en el centro-, recuerdo una noche, hace años, en la que mi amigo Tadeo y yo nos habíamos comido unas centraminas, algo muy normal en aquella época, de veraneo en un pueblo cerca de Santander, y anfetamínicos y alegres recorríamos la calle de las tabernas echándole vino a la química para alegrarnos más, hasta que, no recuerdo cómo, seguramente gracias al dios de los borrachos, ligamos, sí, ligamos, con dos niñas también veraneantes, dos preciosidades adolescentes que se nos unieron en la juerga y se sumaron a nuestra brillante carrera de vinos y risas, que prosiguió, con evidentes intenciones, en la playa, entonces de marea baja, a donde fuimos so pretexto de tomar el aire, pasear y ver estrellas. Junto a la playa había un bloque de viviendas, y junto al bloque un jardincillo, y junto al jardincillo un balancín. A estas alturas de la fiesta ya estábamos aproximadamente emparejados, y todos contentos, puesto que ambas muchachas eran bonitas y despiertas. Mi pareja tuvo la ocurrencia de subir al columpio, pues se había emocionado al verlo, con inocente nostalgia de años anteriores: por supuesto, subimos y comenzamos a columpiarnos: lo hacíamos muy suavemente, controlando con todo el cuerpo la velocidad que adquiría el cacharro; ambos éramos más o menos del mismo peso y, además, en nuestro estado de lucidez bajo influencia química no era difícil mantener la concentración necesaria para, si lo queríamos, quedar en perfecto equilibrio suspendidos sin contacto con el suelo, en nítida inmovilidad, mirándonos fijamente: una de las hombreras de su blusa se ladeó y me dejó ver la blanca tirilla de su camiseta, como un cable de hielo sobre la oscuridad de la piel, y ella nada hizo por ocultarme tan inocente y placentera visión, muy próxima a otra no menos hermosa, como era la de sus pezones marcando un punto de relieve a través de las telas; como no tenía mucho sentido permanecer inmóviles en un columpio reanudamos el balanceo, y noté que cerraba los ojos y se imprimía un impulso distinto al necesario para simplemente elevarse o amortiguar la caída, y yo, paralelamente, la imité: subimos y bajamos dulcemente en la envolvente penumbra, acariciados a corta distancia por el rumor y la humedad del mar, y asistí al crescendo de su vaivén: en ningún momento perdió la sonrisa: simplemente le fue añadiendo un rasgo de dolorosa expectativa ante el desarrollo de sus sensaciones: blusa y camiseta fueron cayendo por la abertura del hombro hasta dejar a la vista un pecho perfecto enfundado en una bolsa de tela blanca como lavada con nieve, que destacaba ante mis ojos como una segunda y más deliciosa luna. Se reclinó sobre la barra para no caer, e imprimió tal fuerza a sus piernas en el empuje que opté por forzar y mantener mi posición en contacto con la arena, para además poder verla, formando una constelación en la oscuridad con sus dientes, el redondel de su pecho y ahora un relámpago de marfil bajo su falda, ya totalmente desordenada. Dejó escapar un gemido como de susto pero inconfundible, y explotó echando la cabeza hacia atrás y diciendo «mamá, mamá», no se por qué. Nos despedimos cuando clareba por encima del mar, y las vimos alejarse descalzas por la orilla, mientras subía la marea, agitando de vez en cuando sus brazos: dos siluetas que de improviso comenzaron a correr y se perdieron definitivamente tras el recodo de una de las casas de la playa), recuerdo completo que, a decir verdad, no sé si reconstruí despierto o dormido, mientras Mini abrazaba mi balancín vertical -cada vez más vertical y menos balancín-, que a su vez recordó con su cavernosa memoria el episodio playero, por el cual brindó finalmente lanzando al aire su densa espuma blanca, crema destilada que esta vez traía perfume de mar.

 

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