Dormí unas cinco horas: me despertó un difuso perfume familiar, y el tintineo de cacharros en la cocina, y hacia allí fui cuando conseguí reunir mi dispersa conciencia: las dos mujeres se afanaban cortando ajos, cebollas, y otros productos que no había visto en mi vida, rodeadas por una batería de envoltorios, almireces, aceiteras, rodillos y botellas en azaroso desorden sobre la superficie donde trabajaban, cuchicheando y riendo como dos estudiantes. Vestidas sólo con un delantal y zapatillas, ofrecían un gracioso espectáculo con los culos al aire, mientras manejaban cuchillos y cucharones; me detuve en el umbral y las observé sin que me notaran: parecían dos brujas sofisticadas, irreales, deseables. La insistencia de mi mirada debió punzarlas, pues a la vez se giraron y comenzaron a increparme, mientras, batidora en mano, me alejaban del lugar, argumentando que preparaban una sorpresa, en adelanto de la cual me ofrecieron un platito con salchichón de Vich y un vaso de vino; después me ordenaron que las esperara diez minutos. Obedecí, y mientras atacaba el embutido caí en la cuenta de que debían haber bajado a la calle: nada de lo que había visto en la cocina estaba seis horas antes, ¡si yo ni siquiera tenía delantal! Se habrían paseado por la calle, ¿vestidas cómo? Bueno, podían haber utilizado alguna de mis camisas y pantalones, y seguro que habrían causado conmoción en las tiendas. Asombrado por esta deducción se me acabaron los diez minutos, el salchichón y el vino, pero para entonces ya ambas, ahora luciendo batas de raso, entraban al salón con sendos cigarrillos en las manos, en las que lucían las uñas pintadas. Debieron intuír mi comienzo de interrogatorio, pues me recordaron que no podían explicarlo todo, aunque reiteraron que cada vez faltaba menos para que yo desvelara por mí mismo éste y otros enigmas. «Ahora», siguió Mini, «al baño». Cada una me tomó de un brazo y así me condujeron hasta la tina, que humeaba llena de espuma y exhalaba un intenso perfume de jazmines y coco; gentilmente me desnudaron y acomodaron mientras empapaban esponjas en el agua caliente y las exprimían sobre mis clavículas. Yo notaba la pujanza de sus tetas bajo el raso, y también veía el nacimiento de las curvas cuando se inclinaban para embadurnarme de gel Malasia Negra; en cuanto pude, deshice el lazo de sus cinturas y empecé a buscar sus encantos, haciendo caso omiso de sus regañinas, hasta que conseguí meter a Mini completa en la bañera, con bata y todo, y aunque protestaba por su peinado la besé y mojé cuanto pude, así como a la rubia, que asistía, esponja en mano, a la lucha acuática, en la cual fue incluída en cuanto se puso a tiro. El agua se desbordó, esparciendo por toda la casa el perfume de Malasia y asegurándome un conflicto con el vecino de abajo, al que de todas formas odiaba por razones que no son del caso. En estas estábamos cuando Mini levantó la cabeza, olfateando y pidiendo silencio; gritó: «¡el cordero!», y salió disparada, dejando en la moqueta la huella de sus pies mojados. «¿Cordero?», pregunté a Ana Laura, a quien aún retenía; ella asintió iluminando sus rasgos con una sonrisa de la que oí hasta el sonido. La besé porque era mía, también, y agarré con mis manos como zarpas sus nalgas vibrantes, iniciando un movimiento que terminó de derramar la poca agua que quedaba. Cuando, algunos minutos después, mordía ligeramente sus labios, orejas y pezones, percibí, efectivamente, el inconfundible aroma del cordero al horno. Vino Mini, y entre ambas me secaron con toallas nuevas y mullidas, que tampoco recordaba haber visto antes: me frotaron la piel con rara colonia y me tendieron una bata con mis iniciales cosidas en hilo dorado sobre el bolsillo, calzándome zapatillas nórdicas cuyo interior habían espolvoreado con talco. Ana Laura encendió un cigarrillo y, con la impronta de sus dientes en el filtro, me lo ofreció. Me condujeron de vuelta al salón, donde ahora la mesa de juego había sido vestida con mantelería blanca, dos candelabros y cubiertos para tres. De las columnas fluía música de Nino Rota, y entre las velas se adivinaban los cuerpos de cuatro botellas de vino tinto Duque de Europa del 82, una de las cuales procedí a descorchar. Mini desapareció un instante para regresar con una fuente que emanaba un vaho capaz de desbaratar toda la filosofía de Hobbes; no en vano contenía una caldereta de cordero con cebollas y crema de castaña que jamás alcanzaría a soñar el reo más sibarita para su última cena. Dimos cuenta de ella y del vino, conversando: me confirmaron que habían salido a la calle, que se habían divertido como nunca y que mi tarjeta de crédito se había portado espléndidamente, lo cual no debía preocuparme, según ellas, y estuve de acuerdo, mientras saboreaba un bocado que mezclaba en mi boca con vino para producir una pasta que denominé Esencia de Hayedo Ocasional. Tras la carne nos empleamos con una bandeja de frutas glaseadas, bombones extrafinos, peras con miel y canela, yemas de Avila, café y Grappa Helada. Estaba encendiendo el purito de acompañamiento para el tercer licor cuando Mini plantó sonoramente sobre la mesa un vaso de aguardiante que había vaciado de un trago y exlamó: «y ahora… ¡de copas!» También habían gastado el dinero en algunas prendas y complementos: un pantalón y una falda de cuero para ellas, así como medias de cristal, zapatos, blusas rusas, dos cazadoras, y lencería; para mí, una gabardina azul marino con refuerzos de cuero en los puños y las solapas, y un sombrero de fieltro; además, la cosmética necesaria, dos bonitos pendientes y un anillo de Gran Brujo. Después de mostrarme, apilándolo sobre la cama, todo este ajuar, me mandaron de vuelta al salón, mientras se ponían guapas. Me entretuve con la Grappa, asomado a la ventana: llovía, y los transeúntes, aún a distancia, revelaban la infantil tristeza que imparten los días de paraguas y jersei; los faros de los taxis atravesaban la fina cortina de agua creando dos túneles de luz amarilla que al final se perdían en la oscuridad general. El aire, en cualquier caso, era delicioso, y lo respiré tocado yo también de indefinida nostalgia por las hojas de los castaños, perdidas. Tres columnas de reflectores láser se cimbreaban en la oscuridad, iluminando fantasmagóricamente las nubes, como buscando a Dios (greguería por la que brindé), o anunciando un improbable bombardeo. Las voces alborotadas de mis amigas me distrajeron; me acerqué al dormitorio y las vi peléando por la falda de cuero; al notar mi presencia dirigieron hacia mí sus energías, bombardeándome con los cojines y gritando, borrachas, «¡hiii, un hombre!»: volví a mi ventana. Habían pasado diez horas desde su transformación, y, según sus palabras, a mis cenicientas les quedaban catorce para volver a su estado reducido. ¿Sólo podrían crecer una vez? ¿Me sería posible no odiarlas sabiendo ahora que su tamaño dependía de su voluntad? ¿Y si se hicieran mucho más grandes que yo? Me asombré de mi propia resignación ante el hecho más que probable de que todas estas preguntas fueran a quedar sin respuesta, pues no me sentía capaz de distorsionar las horas que quedaban a base de investigaciones. «¡Tatachííííín!», oí en el pasillo, y al volverme tuve que reconocer que se habían empleado a fondo: el pantalón se ajustaba a las piernas de Mini como la piel a una manzana; giró para exhibirse, y fue como si me tirara por la montaña rusa. Ana Laura se había salido con la suya: la falda le daba un extraño aspecto de bibliotecaria con doble vida, y ahora evidentemente ejercía la segunda, rojos sus labios y peinada la melena rubia como si fuera la nieta de Dolly Parton. Al cruzar el portal y pisar la calle, por primera vez los tres juntos, caminando con mi gabardina y mi sombrero entre ambas, me pareció haber sufrido el efecto de algo distinto al aguardiente: claridad en mis sensaciones, pensamientos rápidos y precisos, impresiones nítidas y fiables, y un infinito deseo de divertirme. Localizamos los bares adecuados y bebimos sin medida: qué dulce fue tener cerca sus cuerpos calientes, como un concierto de sensaciones en estéreo, mientras reíamos: Mini olía a bourbon con cuero y lluvia, matizado de rosas, y Ana Laura a caramelos. Tan agradables eran que sólo me fijé en una mujer diferente una vez, en una preciosa niña delgada que bebía sola y nos miraba como si sospechara que no éramos en realidad lo que parecíamos. Nos dieron las siete y cuarto cuando, ojerosos, borrachos hasta los zapatos, irrecuperables, alcanzamos nuestro edificio, del que salían pulcramente aseados los trabajadores matutinos. Caímos los tres sobre la cama, y con cierto aire de costumbre le hice el amor a Mini, sin ningún añadido especial: me situé sobre ella, nos movimos, yo me deshice primero, aguanté no obstante, ella llegó a su ebullición, dejamos que la respiración se aquietara, me retiré, besé con un chispazo mojado sus labios, me pareció que estaba dormida, y me dejé caer en el sueño como el niño que vuelve a casa tras una excursión montañera, calentito por fin tras el frío del día.

 

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