Era ya Noviembre entrado cuando Mini propuso una partida de «La búsqueda del amuleto mágico», juego de tablero que habíamos modificado introduciendo penalizaciones variadas, como aprenderse una canción de Joaquín Sabina, leer en voz alta, a solas, las diez primeras páginas del Hola, propinar al ganador una sesión intensiva de caricias gozosas con pluma de cojín, ejecutar un estriptís con las más caprichosas bandas sonoras (el himno nacional, un motete franciscano del siglo XIV, o la música de Benny Hill, por ejemplo), y en el cual los tres habíamos logrado una notable habilidad que nos hacía acreedores al título de Grandes Brujos Laureados y a los poderes de encantamiento subsecuentes. Para nuestras sesiones disponíamos varias sábanas sobre las paredes y una batería de velas en el suelo, con objeto de lograr una ambientación sugerente. En esta ocasión, y después de dos tortuosas horas de laberintos y ciénagas malditas, yo encabezaba con autoridad la clasificación, y sólo un desastre altamente improbable podía impedirme conseguir, en dos o tres tiradas, el codiciado Amuleto de Jhoder. Si lo lograba, sería mi tercer triunfo consecutivo, con lo cual ingresaría en la Gran Orden de los Brujos Sindicados, escala jerárquica inalcanzable para mis rivales y que las sometería a todos mis caprichos mientras el tablero permaneciera abierto. Sin embargo, cuando estaba a punto de lanzar los dados y quizás obtener la puntuación precisa, Mini me detuvo indicándome que estaba dispuesta a utilizar todo su poder para impedir mi triunfo, y su poder en este caso se cifraba en concederme un único deseo que compensara la renuncia al turno de dados. Negociamos: exigí que Ana Laura quedara incluída en el trato; cuchichearon durante cinco interminables minutos, y finalmente anunciaron que aceptaban. Formulé mi deseo: «quiero saber de una puñetera vez qué ha ocurrido con vosotras, por qué habéis encogido, y quiénes érais antes, y por qué no os importa nada vuestra vida anterior». Se miraron con gesto preocupado y otra vez se acercaron para parlamentar, mientras yo, impasible, bebía Grappa Helada Reserva Numerada, botella número uno. Al fin Mini, como portavoz, me informó que no podían acceder a este deseo, pues les estaba absolutamente vedado explicarme el misterio, «aunque», me aseguró crípticamente, «no tardarás mucho en desvelarlo por tí mismo. Te hacemos una contraoferta: si renuncias a tu turno, creceremos.» «¿Qué?» «Que creceremos, nos haremos de tu talla». El estupor me paralizó; debí resultar un Gran Brujo sumamente gracioso con la mandíbula colgando por el asombro y una expresión besuguina en mis pobres ojos tan torturados por lo impensable: «¿así que podéis», conseguí articular finalmente, «crecer y decrecer a vuestro antojo, y me lo decís ahora?» «Podemos, aunque con ciertas limitaciones, que tampoco nos está permitido detallarte; pero te garantizamos que durante un día seremos de tu estatura». Yo dudaba entre aplastarlas allí mismo, largarme a emborracharme hasta las uñas de los pies, o aceptar su oferta. Con un largo trago de Grappa, a morro de botella, prácticamente conseguí lo segundo; descarté lo primero en honor a los buenos tiempos pasados, así que sólo me quedó la tercera opción: acepté. Entonces ambas se incorporaron y simultáneamente procedieron a desnudarse. Mini me dijo que debía mantener los ojos cerrados hasta que me avisaran; asentí obedientemente, y me recliné dispuesto a todo, mientras pululaban por la alfombra, buscando aparentemente el espacio idóneo para la transformación. Al fin, situadas en triángulo frente a mí, me ordenaron cerrar los ojos; dócil, tapé mi cara con la palma de la mano, pero, irremediablemente curioso, dejé abierta una rendija para vislumbrar lo que pudiera del fenómeno. Fragmentariamente, a través de este hilo horizontal, noté un resplandor por detrás de mis amigas, como si un extraño sol de cuarzo amaneciera a sus espaldas, brillo que creció en intensidad súbitamente, hasta un destello blanquísimo que, aún filtrado, me hería la vista: el blanco relumbrón de esta luz evolucionó hasta un violeta igualmente radiante que me obligó a cerrar del todo los ojos; después sobrevino la oscuridad total, y un silencio sólo adornado por un leve zumbido del que no podía asegurar si estaba en mis oídos o en el exterior; en cualquier caso, fue aminorando, para dejar su lugar al silencio familiar de la simple ausencia de ruidos. Oí la voz de Mini: algo había ocurrido, pues sonaba más amplia. Temeroso, retiré la mano y, para mi infinita delicia, vi a las dos frente a mí, en la misma posición triangular y transformadas en mujeres reales -quiero decir, de estatura y proporción normales- e indescriptiblemente bellas: Mini era una criatura de larga melena negra, ojos verdes intensos y cuerpo delgado significativo hasta en sus ínfimos detalles, y Ana Laura me pareció la definición del deseo, más gordita y fuerte, apetecible como una aceituna fría con el vermut de una mañana de Julio; ambas en pie, me provocaron incluso miedo por su misma belleza. Avanzaron hacia mí y, tomándome de los brazos, me tendieron sobre el suelo; me desnudaron, situándose cada una a un costado, y comenzaron a acariciarme. Mini ocupaba mi derecha, y fue la primera en aplicar la boca sobre el pecho, trazando con su lengua, precisa como un rayo láser y deliciosa como un día sin trabajar, vertiginosos diagramas de escalofrío; Ana Laura la imitó, y así cada una succionaba uno de mis pezones, por donde me parecía que se me escapaba la vida. Simultáneamente me acariciaban los muslos, la bolsa y la vida -que a estas alturas era una flecha palpitante dirigida hacia el cielo-, mientras con sus manos libres me levantaban suavemente la espalda y arañaban la carne más densa, insinuando figuras en torno al centro: así, poco tardó en fluír la miel transparente que hizo de sus caricias en mi perpendicular un arrebatador baile jabonoso que aceleraba, por momentos, mi ritmo, y poco más tardó la miel blanca y opaca que Mini se afanó en beber, vaciándome hasta el alma.

 

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