Por si a alguien le sirve de ayuda a la hora de planificar un viaje o vacaciones, aquí están mis relatos sonoros del viaje hecho en 1997, un tour alrededor de la isla dividido en cinco etapas.

Pulsa en «play» para escuchar el relato de cada etapa.

 

 

 

Día 1: Cap Corse

 

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Día 2:  Ile Rousse – Cargese

 

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Día 3:  Cargese – Bonifacio

 

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Día 4: Bonifacio – Porto Vecchio

 

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Día 5: Porto Vecchio – Corte

 

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Texto completo:

1.

La primera idea que viene a la mente de un español cuando le mencionan «Córcega» es «Napoleón». Teniendo Baleares, las Islas Griegas, Chipre, Túnez o Malta mucho más cerca en los catálogos de viajes, es raro que pensemos en la isla francesa para nuestras vacaciones. Los franceses, además, queman camiones de fresas de Huelva; nunca sabrán lo que pierden en turismo español por defender los intereses de un pequeño puñado de campesinos. Bueno, Cari y yo decidimos pasar una semana de vacaciones en Córcega. Viviendo en Lyón, el desplazamiento hacia el sur es mucho más fácil; los precios, asequibles, y el acceso a la documentación tentadora se produce con toda naturalidad. Tiene mar y montaña -nos dijimos-, valls y playas, y hace buen tiempo, al menos en la segunda quincena de Mayo, que es cuando nos gusta programar nuestras vacances.

Embarcamos en Niza; un nuevo ferry de alta velocidad enlaza la capital de la Costa Azul con Bastia en cuatro horas. Niza nos pareció bonita, y nos dió bastantes ganas de volver, pero dentro de veinto o treinta años, cuando seamos multimillonarios.

Siguiendo las sugerencias de las múltiples guías y revistas de nuestra biblioteca, teníamos intención de efectuar el tour de la isla (y perdónenme los galicismos) en sentido inverso al de las agujas del reloj, a ver si así las vacaciones duraban más, o nosotros rejuvenecíamos.

La elección del sentido tiene su importancia. En el viaje el orden de los factores no sólo altera, sino que casi es el producto. Desembarcar en Bastia y dirigirse hacia el sur es exponerse a una rápida desilusión; el cinturón industrial se prolonga algunos kilómetros sobre la planicie, y uno tendría la impresión de que Córcega es un lugar como cualquier otro. Y nada más lejos de la realidad.

Es una isla de aparentes dimensiones reducidas -185 kilómetros de Norte a Sur, y cincuenta de anchura en su punto máximo. Ningún lugar dista más de cuarenta kilómetros del mar, a vuelo de pájaro. Pero la línea recta en los desplazamientos apenas existe en Córcega. El relieve es tan pronunciado, la sucesión de montañas y valles tan sorprendente, el respeto que imponen las carreteras al borde del abismo tan serio, que hablar de distancias en términos kilométricos resulta aquí una broma de mal gusto, como comprenderá el viajero a las veinticuatro horas de desembarcar. Efectuar el recorrido en sentido inverso a las terribles agujas produce nos somete, en poco más de dos horas, a una lección tan intensa de humildad que casi tenemos miedo de seguir, pues si nada más empezar hemos debido ya serpentear decenas de recovecos en una carretera labrada en la roca viva, sobre acantilados de sesenta metros, con cien más de montaña a la izquierda, ¿qué nos esperará más abajo? El vértigo se amansa con la belleza: el color indescriptible -azul intenso- del mar cortado a pico por la ladera poblada de vegetación, que parece ignorar el agua y seguir tranquilamente su curso, este contraste compensa toda la angustia posible. Que yo sepa (y aunque no lo he visto todo, poco me falta) no hay nada parecido en España. Se llama Cap Corse, y es el extremo norte de la isla, una franja que se prolonga como un dedo en el mar señalando hacia el continente. Voy a parar de hablar durante cinco segundos para darles tiempo a coger el Atlas. ¿Ya? Busquen las páginas del Mediterráneo. ¿Ven como Córcega es en apariencia pequeñita, casi tímida, encogida entre Cerdeña y la Costa Azul? Mírenla más de cerca. La costa Este es normalita, aluvial, de esquistos, pero fíjense en la occidental: una auténtica sierra, mandíbula de tiburón que muerde el mar con cinco grandes cabos, a su vez subdivididos en decenas de hendiduras afiladas. El conjunto produce el efecto de un cuchillo de carnicero de los que anuncian en las teletiendas. Esto, unido a la vegetación espinosa, al maquis impenetrable (pero qué bien huele en primavera), a las rocas melladas, a las alturas descorazonadoras, da a Córcega su personalidad arisca, joven, orgullosa, fiera. Acabamos de llegar, y las primeras impresiones dejarán en nosotros una impronta -como la de los pollitos que llaman mamá a lo primero que ven al salir del huevo. Córcega será para nosotros, tras bordear su cabo norte, una isla rebelde, salvajemente bella, aterradoramente verde, suicidamente acantilada. Así, en nuestro primer día, habremos recorrido desde Bastia a Saint Florent, pasando por Erbalunga, Maccinaggio, Barcaggio, Tollare, Centuri -nombres italianos y latinos que nos recuerdan la historia miscelánea de la isla. Cansados, al final del día, veremos atardecer en la costa Oeste, desde la altura, o llegaremos aún hasta Isla Rosa, estación balnearia que calmará con sus colores suaves, sus vinos sabios, su langosta «a la façon du chef», las impresiones demasiado fuertes de la carretera. Nos dormimos arrullados por un mar de bahía que templa las emociones como la madre calma la fiebre del niño enfermo, y en el sueño nos preguntamos qué nos reserva aún la Isla de Belleza.

2.

Al despertar tenemos aún en la memoria los vértigos del día antes, pero el rumor del mar y el regusto del vino de Calvi aún en la garganta nos recuerdan que todo ha pasado. Son las nueve y media; tenemos que dejar la habitación antes de las once; no sabemos por qué en Córcega, como en todo el sur de Francia, rige la antiperezóica norma de dejar la habitación tan pronto, con lo bien que se está en la cama. Pero bueno, nos consuela la perspectiva de todo lo que hay que ver. El hotel Santa María de la Isla Rosa nos ha dejado a buen precio (ventajas de viajar contra corriente) una habitación que da, primero, a un jardín con rosal a pie de tierra, y luego al mismísimo Mar Mediterráneo. Con los pies descalzos pisamos la yerba y la arena, para llegar hasta el agua y darle los buenos días. De pino en pino revolotean dos pájaros que nunca habíamos visto antes, botando de rama en rama. No serán los primeros que descubramos en Córcega; la inaccesibilidad de muchos valles en el interior y calas en la costa hace de la isla un auténtico paraíso naturalista. Hoy tendremos ocasión de comprobarlo visitando desde el mar la reserva de Scandola, una de las dos zonas protegidas de la costa, junto a las Islas Lavezzi, en el sur. Pero antes terminamos el desayuno en la Isla Rosa y paseamos por su plaza central, orlada de viejos plátanos y presidida por su fundador, el héroe nacional, padre de la patria corsa, Pascal Paoli. Vamos a visitar tres ciudades que tienen estructuras parecidas: una larga bahía cerrada al sur por un promontorio en el que se alza la ciudadela, fortificada aún, en recuerdo de los tiempos de la dominación genovesa, de los asedios marítimos. Isla Rosa, Alcayola y Calvi.  Casi nombres andaluces, y en efecto, algo hay de la dulzura de Málaga o Cádiz en el fragmento de Córcega comprendido entre la primera y la tercera. Esta zona está exenta de los rigores geológicos de las proximidades; es como un oasis de calma entre Cap Corse, al Norte, y el planeta de granito rosa enfebrecido que comienza veinte kilómetros al sur de Calvi, las Calanches de Piana. Además, la costa de Isla Rosa y Calvi tiene detrás una de las comarcas más simpáticas de Córcega: la Balaña. Excepcionalmente en la Costa Oeste las montañas se amansan a modo de santanderinas, y acogen entre valle y valle, poco tortuosos esta vez, aldeas de piedra arenosa donde trabajan artesanos de la madera, cerámica, pintura o música. Intentamos tomar una copa en la Casa Musical de Pigna, pues hemos leído que es un buen punto para escuchar polifonías o cantos improvisados -pero la Casa está cerrada los lunes, como tantas otras cosas en Francia. Belgodere es otro pueblo interesante de la Balaña. Cuando dejamos la franja costera de Calvi nos decimos que tenemos que volver, una semana entera, por lo menos, aquí precisamente. Y cuando nos enteramos de que Calvi celebra todos los años en Junio un Festival de Jazz del que son habituales estrellas como Michel Petrucciani o Didier Lockwood, que acuden, como todos los demás músicos, a tocar sólo por placer, sin cobrar (característica única del Festival de Calvi), bueno en Junio próximo vendremos. Dejamos el oasis de Isla Rosa y la Balaña con algo de tristura, y algo de aprensión también, pues vamos a entrar en una de las zonas más impresionantes de la isla corsa, que nos hará sentirnos como el hombre menguante en una caja de colección de minerales. Las  calanches de Piana, siguiente etapa de nuestro recorrido hacia el sur, muestran la geología en todo su esplendor, en concreto en su forma denominada granito rosa. Moles cuarteadas de esta piedra se suceden curva tras curva, jugando a tres colores como si fueran una bandera: el azul profundo del mar, el verde intenso de los arbustos y el grante estrellado de la roca.

El Golfo de Porto, en donde terminan las Calanches, está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Nos alojamos en alguno de los hoteles en la falda de la Torre Genovesa (¡qué frío debían pasar en las noches de invierno los vigías!), o decidimos si no seguir hacia el sur, borrachos de curvas al borde del mar. No hemos hecho la visita marítima de la Scandola, y dicen que nos arrepentiremos, pues anidan aves marítimas raras de ver, y los barcos pasan bajo un arco de piedra que constituye una de las fotografías publicitarias más conocidas de Córcega. La haremos en nuestro próximo viaje. Ha sido un día de calma; una mañana suave, una tarde de impresiones graníticas. Nos alojamos en el hotel La Marina, en la playa de Sagone. Está cerca de la carretera y tememos que los coches nos despierten antes de tiempo, pero estamos bien cansados y hay pocos en esta época del año. Antes hemos cenado bien, y paseado por una playa sembrada de cacas de cabra, como las de Málaga cuando era pequeño. Así se cierra un anillo temporal que algo querrá decir, probablemente.

3.

En nuestra tercera jornada de viaje a Córcega dejamos atrás los acantilados vertiginosos de la costa noroccidental; los dos primeros días han sido, en resumen, una alternancia de sobresaltos y espasmos de belleza, un atracón de alturas, piedras, vegetación y mar. El resto del viaje por la isla será mucho más suave; ya miramos en los mapas los itinerarios antes de emprenderlos, para evitar nuevas escaladas. Vamos a Ajaccio.

La capital de Córcega está en el cuarto de los golfos, empezando por arriba, de la Costa Oeste. Tiene cinturón industrial, como Bastia, y después de los dos días precedentes, en los que apenas hemos visto fábricas, esto produce una impresión de vuelta a casa que tranquiliza y entristece a la vez. A propósito de fábricas, vimos una, por cierto, en un tramo de la carretera de Cap Corse, una antigua cementera, abandonada, pegada a la roca, sus paredes grises de mausoleo esculpidas como el Templo de Ras-el-Amarna, al borde del precipicio. Era un curioso espectáculo, el gigante de cemento agujereado por ventanucos sin vidrios ni persianas, incrustado en la montaña salvaje como una caries industrial de la naturaleza. Un viejecillo estaba sentado en un poyo de piedra de lo que debió ser el parking, y miraba el edificio viendo pasar los coches. ¿Quién podría pensar que una cementera iba a tener futuro en una carretera en la que no se puede ir a más de treinta, que es apenas un camino de tres metros arañado a la piedra? ¿Cómo iría a currar el personal, cómo se transportarían las mercancías? Estoy seguro de que la fábrica tiene una historia curiosa, Fitzcarraldosa, un delirio de progreso insular. En cualquier caso, ilustra bien el drama y la gloria de Córcega: demasiado bella y demasiado arisca para la actividad económica, depende fundamentalmente de unos ingresos por turismo que recibe con gusto, pero que se diría que hieren a veces su recio orgullo montañés. Llegamos a Ajaccio, en fin.

Como las anteriores, es una larga playa terminada en ciudadela fortificada. Visitamos el museo de historia local, e intentamos encontrar la Casa de Napoleón, pero cuando llegamos ya está cerrada. Seguimos camino hacia Filitosa, estación prehistórica. Llegamos tras desviarnos por una carreterilla que serpentea entre olivos y encinas. Se trata de un yacimiento arqueológico cuya cara más conocida son las estatuas de granito erguidas, en las que el tiempo ha jugado a favor de la abstracción, erosionando casi todos los rasgos ornamentales para dejar sólo, en la parte alta, unas hendiduras que dan gesto, y extraordinariamente vivo, a los tótems. Desde las cuencas de sus ojos prehistóricos, dotados aún de nariz de boxeador, con los labios fruncidos seriamente, nos miran y conmueven. Parecen preocupados porque la próxima lluvia o tormenta de arena borre lo que queda de su cara, y ante estos testigos milenarios nos sentimos casi más inmortales, nosotros, que seremos polvo dentro de unas cuantas décadas.

De estas reflexiones tan siniestras nos sacan el plato de charcutería y la amplia sonrisa del propietario del merendero adjunto. Ofrecen vino y tarta de manzana prehistóricos, según la carta. También tortillas, como en toda la isla, condimentadas con especias del maquis, mezcladas con bruccio, el queso corso más conocido. Son tortillas generosas, de las de reírse del colesterol. Reconfortados por ella seguimos camino hacia Bonifacio. Hemos visto tantas fotos, algunos vídeos, oído hablar tanto de esta ciudad suspendida al borde del acantilado que casi sentimos el vértigo del viajero ante las citas ineludibles – Venecia, Praga, el Taj Mahal, Nueva York… A Bonifacio se accede cruzando un territorio en el que la geología de la isla parece por fin calmarse. Esperamos ver aparecer la proa milagrosa, las casas sobre el acantilado, tras cada curva, pero aún debemos esperar y cruzar un bosquecillo sembrado de hoteles para desembocar finalmente sobre el viejo puerto y comenzar inmediatamente una ascensión vertiginosa hacia la ciduad que el Rey de Aragón asedió durante ciento cuarenta días con sus noches. Impresiona más cuando llegamos arriba. El puerto se revela como una lengua de agua que aprovecha la profunda bahía rectangular para escapar del vértigo de los acantilados. La ciudad es bellísima. Desde cualquier punto del caso alto has vistas espectaculares, de las que hacen nacer propósitos de enmienda y reflexionar sobre la propia vida. El azul del mar y el cielo, el amarillo terroso de las rocas, el oro pasajero de las flores que aprovechan el mínimo resquicio para explotar, la sombra acogedora de las callejuelas, todo compone un cuadro de altura que emborracha el alma con la sensación de los grandes espacios. Máxime cuando hallamos, en el Café de la Poste, es decir, del Correo, una terraza agarrada al muro occidental, desde donde disfrutar de un crepúsculo como sólo las vacaciones pueden ofrecer. Una botellita de vino blanco de Porto Vecchio ayuda a comprender mejor el cambio de colores, la evolución gradual de la atmósfera azul clara hacia el turquesa, primero, y el rojo sangriento del ocaso, como si la noche fuera un bandido que atraviesa el corazón del día con su puñal de estrellas. Nos alojamos en el Hotel Santa Teresa, el último sobre el abismo, junto al tranquilo cementerio. Más calma no se puede pedir. Mañana recorreremos la costa a bordo de alguna de las chalupas que organizan este tipo de excursiones. Así, en el silencio que apenas el viento altera, terminamos la tercera jornada de nuestro viaje a Córcega.

4.

Al día siguiente, en efecto, tras desayunar bajo el sol arrebatador, bajamos hacia el puerto de Bonifacio. Dicen que uno de los propietarios de los muchos restaurantes que bordean el muelle es el modelo vivo de Ocatarinetabelatchixtchix, el héroe local de Astérix en Córcega. Se llama Mimí Pugliesi; muchas fotos le muestran en las guías turísticas, pero pocas mencionan el nombre de su restaurante; así el reclamo sirve para todos. Se ve en las terrazas del Puerto de Bonifacio mucho ricachón con teléfono portátil y algunos barcos de los de cortar el hipo. Luego visitaremos también el acuario , excavado en una roca, y que aunque es poco más que una colección de doce peceras está tan bien ambientado y explicado (una voz en off acompañada de efectos submarinos comenta cada vitrina) que nos gusta bastante, y despierta nuestro lado de científicos marinos que finalmente tiraron por otra parte, nuestra vocación oculta de comandantes Custó que a bordo del Calipso se pasean de uno a otro océano bañándose con focas y delfines, filmando las aventuras del mundo silencioso blub blub blub.

El barco sale a la una. Nos han dicho que vamos a visitar grutas marinas y acantilados; no llegaremos hasta las Islas Lavezzi, la segunda reserva marítima de Córcega. Embarcamos junto a la consabida pandilla de jubilados (recordamos que estamos en Mayo), a quienes la excitación del barco rejuvenece dos o tres décadas. Salimos del puerto (es una chalupa de siete metros de eslora, con capacidad para unas cuarenta personas), y comenzamos a bordear las paredes de sedimentos cortadas a tajo; el sol compone relieves insólitos con las capas. El agua está limpia como hacía años que no la veíamos; el fondo es de algas, arena y rocas, alternativamente, y predominan los colores azul oscuro y verde esmeralda, los mejores del mar. El piloto nos llevará por pasos increíbles, aventurándonos en la roca hacia una bóveda agujereada en su cénit, por donde la luz del día ilumina un agua silenciosa, en cuyo fondos relampaguean las monedas de los deseos secretos de turistas anteriores. Luego saldremos de esta cueva por un paso insospechado, y algunos metros después volveremos a descubrir una entrada casi imperceptible que da a una minúscula bahía. Según nos cuentan, servía de apostadero a los piratas que acechaban navíos genoveses o españoles. Es una auténtica tortura pasar por todos estos sitios sin poder bañarse, así que lo primero que haremos, después de desembarcar y tomar un bocado, es buscar por nuestra cuenta una cala secreta donde remojarnos. La encontramos bajando simplemente una pasarela desde el centro de la parte alta; llegamos a una playita de agua transparente donde podemos pasar un par de horas chapoteando entre las rocas, buscando cangrejos. A pocos kilómetros al norte de Bonifacio está, si no, la Playa de Palombaggia, una de las más bonitas de Córcega (de las accesibles por tierra, de las descubiertas a la hora de escribir esta crónica). En Palombaggia pinares y piedras se pelean por conquistar los besos melosos de un mar rendido, suave y publicitario.

Son las cinco cuando, lamentando haber olvidado la crema protectora, hirviendo gozosamente la piel de sol mediterráneo, llegamos a Porto Vecchio, donde nos alojaremos en el Hotel Goeland, por ejemplo, que es tranquilo y tiene también bosquecillo junto al mar. Sólo nos queda un día Córcega. Aprovechamos la penúltima noche cenando en alguno de los locales de la gran balconada que domina la bahía. Berenjenas gratinadas y cordero a la corsa, acompañados de tinto Domaine de Torrachia, cuyas bodegas nos proponemos visitar mañana, de camino hacia Bastia. Nos vamos dando cuenta de que nos van a quedar demasiadas cosas por hacer; no nos va a dar tiempo a visitar las agujas de Bavella, por ejemplo, una impresionante formación que se clava en el cielo como si la isla fuera un gato salvaje enfadado con el creador. Las gargantes del Ascó y la Restónica se quedarán probablemente también en el sombrero, para la próxima visita. Qué caramba, pasamos todo el año en una ciudad del interior y teníamos ganas de mar, sed de mar, hambre de agua salada, nostalgia de rumor de olas, mono de espuma. Pero que sepan los que se interesa por las montañas y los valles que Córcega no tiene nada que envidiar a Pirineos, por ejemplo, o a los Picos de Europa. Tiene cumbres de más de dos mil metros, nieves casi perpetuas en el Monte Cinto, y tantos valles y gargantas que para recorrerlos todos harían falta varias vidas y muchos pares de zapatos. Uno de los senderos deportivos más famosos del mundo, el GR20, está en Córcega. La atraviesa como un rayo de Norte a Sur y de Oeste a Este; las estadísticas dicen que sólo uno de cada cuatro expertos montañistas que lo emprenden consigue llegar al final. Se divide en unas veinte etapas de diez o doce kilómetros; hay que atravesar puentes colgantes, sortear arroyos, soportar tormentas imprevistas, abrasarse la piel con el sol de las alturas, pero debe merecer la pena, qué carajo. Cari y yo no somos tan atletas, pero sí nos gusta hacer paseos por monte bajo. Ahora mismo estoy viendo una fotografía de las altiplanicies del Niolo, y las llamo así porque parece la tundra rusa: pastizales salpicados de pequeños lagos glaciares donde se entretienen unos cuantos caballos salvajes. No lo hemos visto. Hemos hecho la Córcega costera, y no nos arrepentimos. Pero por una suerte de compensación y homenaje a la montañera, mañana visitaremos la Castañicia, y haremos algún senderito que otro.

5.

Amanece el último día de nuestro viaje a Córcega y nos sorprende el sol en el jardín del Hotel de Porto Vecchio. Hoy bordearemos la costa hasta Alria, donde se hallan unas de las pocas ruinas romanas de la isla, para luego adentrarnos hacia Corte, que las guías presentan como capital cultural y corazón de la corsitud. Llegamos con asombrosa facilidad, esta vez bordeando un valle más dócil que los de la Costa Oeste. Corte es un promontorio fortificado donde dentro de pocos meses se abrirá el Museo de Historia Corsa. Desgraciadamente, las obras en la ciudadela nos impiden visitarla, así que nos conformamos con comprar algunos productos típicos (queso, charcutería, miel de maquis, harina de castañas, paté de jabalí) y nos hacemos un bocata en el parkin de la plaza central. Un breve paseo para comprar pan, dejando sola a Cari en la terraza del bar, me sirve para conocer una curiosa costumbre de esta ciudad, la de las muchachas y mujeres que se pasean solas, o en grupos de dos o tres, o se sientan en otras terrazas desde donde sostienen audazmente las miradas de los extranjeros. Esta inegua provocación le da un encanto insospechado a la ciudad, y pienso que algún misterio, alguna historia debe tener detrás, y que es lástima una vez más no tener tiempo para descubrirlo.

Desde Corte seguimos camino hacia la Castañicia. Nuestro objetivo es llegar a Piedicroce; hemos oído hablar del hotel Refugio como un excelente lugar para respirar todo el perfume de esta región (y cuidado que huele bien Córcega, sobre todo en primavera, es increíble la densidad de gustos que flotan en el aire: lavanda, tomillo, y otros de nombre francés componen un espeso potaje olfativo que el viento lleva de un lado a otro como alimento de espíritus soñadores). Tras veinte kilómetros de ruta boscosa llegamos; son las cinco y todo el mundo duerme la siesta. En el hotel cuelga el cartel de Completo; no sé por qué me da por entrar a preguntar, de todas formas. No hay nadie en recepción. Voy hacia el bar y me cruzo con un tipo soñoliento que responde a mi solicitud con un gruñido y me alarga una llave. La habitación correspondiente resulta esta ocupada; se forma un pequeño revuelo que sirve para despertar a los propietarios. Finalmente instalados, tomamos el coche para serpentear un poco por los valles, y vamos a dar a un viejo molino. Mientras maniobro peligrosamente al borde del abismo su propietario se asoma desde la torre y nos hace gestos. Poco después desciende y amablemente abre la puerta de su patio para que podamos girar. Intercambiamos saludos, y se ofrece para enseñarnos su propiedad, varios caserones -uno de ellos a punto de derrumbarse y los otros, según nos asegura, recuperados de la ruina tras veinte años de trabajo solitario. Hoy es un albergue para senderistas y excursionistas. Entre sus atractivos cuenta una piscina labrada en la roca donde uno puede nadar y acodarse en el reborde que da al valle, hervidero de cigarras en verano. Jean Claude Rogliano,  nacionalista de pluma y espíritu, guionista de reportajes en las televisiones locales, expansivo y jovial, nos cuenta cómo caza jabalíes en lo más profundo del valle cuando escasean los visitantes. Alrededor de un café, poco después, nos imparte una lección magistral de orgullo corso compuesta a partes iguales de anécdotas bien sabrosas, argumentos políticos y mucho cariño a su tierra. Así cae la tarde. Volvemos al Refugio; la mesonera nos recibe un tanto maternalmente enfadada por nuestro retraso. «Ya creí que no venían, que habían encontrado otro restaurante», dice, como si fuera tan fácil. Nos instala en una mesa junto a la ventana, y nos sirve, sucesivamente, sopa paisana, de verdura y pasta, charcutería de la casa, picante y recia como los jarales del exterior, y cabrito estofado. No se puede pedir más por un precio irrisorio. Somos los últimos en terminar de cenar. Cuando, animado por el vino, empiezo a embarcarme en una de mis diatribas sobre el infinito y sus circunstancias, Cari me golpea dulcemente el brazo y me recuerda que en estos lugares las diez de la noche es hora prohibitiva. Sólo los grillos y el frú frú delicadísimo de las estrellas fugaces nos acompañan mientras me fumo un cigarrillo con la ventana abierta. Qué bonito país, me digo, qué tesoro de isla, tengo que volver tarde o temprano. Mañana embarcaremos en el ultramoderno Ferry de Alta Velocidad, que nos dejará en Niza a las tres de la tarde. De nuevo en la bulla, de nuevo en las autopistas, otra vez a recorrer quinientos kilómetros en tres horas, otra vez a casi no darse cuenta de por dónde pasa uno. Mientras espero el barco pienso que esta es la lección más profunda de Córcega al viajero: la calma, la prudencia necesaria para atravesar sus valles, hechos para el caminante y no para el coche, o sus costas, más aptas para el barquito velero que para el 4 x 4. Una isla casi desconocida para el turista español -que es recibido con todos los honores, además, libre de los prejuicios políticos que contaminan la relación con los franceses; una isla salvaje en pleno siglo XXI, o casi, un gesto de espléndida chulería de la naturaleza, una explosión geológica y vegetal plantada en medio del Mediterráneo, invitando permanentemente a todos aquéllos que no tengan prisa o quieran aprender a olvidarla. Que la belleza, y Córcega es la Ile de Beauté, necesita que la escuchen sin bulla.

 

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2 Responses to El viaje a Corcega (1997)

  1. Precioso!! Me ha encantado!! Muchas gracias por compartirlo!!, Olgi.-xxx

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