Vaya por delante que el Dios que a mí me gusta es el del Antiguo Testamento. En términos cinematográficos, es como el Señor de los Anillos: en sus páginas hay plagas, diluvios, incendios, destrucciones masivas, mares levantados, sacrificios, y un montón de efectos especiales. El del Nuevo Testamento es más como Woody Allen: un tipo sutil e inteligente, sencillo y profundo. Posiblemente mucho mejor en el fondo, sí, pero qué queréis, a mí me va el primero. Debe ser mi lado infantil, aficionado a las pelis de guerra y fantasía. Aún no he crecido lo suficiente para apreciar en toda su dimensión el Nuevo Testamento. Estoy en ello, pero aún no lo he logrado.

El otro día paseaba por el Retiro con mi mujer. Pasamos al azar junto a una misa rociera celebrándose al aire libre en uno de los kioscos del parque. Estaban en el momento de las lecturas evangélicas. Esta parte de la misa siempre me ha gustado, porque tiene algo de problema matemático difícil de resolver. El cura lee un pasaje enrevesado y enigmático, lleno de alusiones e imprecisiones. La gente le escucha en pie. Después del «palabra de dios» se sientan para contemplar la faena, intelectual en este caso: a ver cómo [demonios si pudiera escribir esta palabra en el contexto] es capaz el buen padre de desentrañar convincentemente lo que acaba de leer.

En el caso que estoy contanto el párrafo leído era el siguiente, Mateo 21, 18-22:

«Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. 19 Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. 20 Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera? 21 Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho. 22 Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis».

Si hubiera sido por mí, me hubiera quedado a escuchar cómo interpretaba el cura el cabreo de Jesucristo al fulminar secando una higuera porque la pobre no tenía fruto, y sobre todo la promesa de que con la fé se le puede decir a un monte que se eche al mar. Vamos, que la fé mueve montañas. Y eso que este párrafo es facilón. De hecho es uno de los que más éxito han tenido en los dos mil años posteriores a su publicación.

Quizás después de esa explicación hubiera levantado la mano, como en la escuela, para hacer una pregunta: «¡Padre! ¿Puede resolver ahora esto?»:

6 He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. 7 Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; 8 porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. 9 Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, 10 y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos. 11 Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. 12 Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. 13 Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. 14 Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15 No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. 16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17 Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. 18 Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. 19 Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. (Juan, 17, 6-19)

Por imposible que parezca, todos y cada uno de los pasajes de la Biblia tienen sentido. El propósito de esta serie de artículos es explicar algunos de ellos a la luz de la modernidad, actualizando sus interpretaciones, volver a situarlos en el escenario de la literatura, donde reinaron durante siglos. No en vano la Biblia fue durante milenio y medio el libro más leído en el mundo, marca no igualada por ningún otro best-seller, y seguida de cerca sólo por el «Arte de Amar» de Ovidio, obra dedicada al análisis y explicación de una criatura no menos inescrutable y enigmática  que el propio Dios (pues al fín y al cabo es uno de sus personajes, una secuela, un «spin-off»).

En próximos artículos de «Historia Sagrada»:

EN EL PRINCIPO ERA EL VERBO. La humanidad ha tardado dos mil años en alcanzar niveles de profundidad semejantes en sólo seis palabras, y ello gracias a los anuncios de coches alemanes.

NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO. Explicamos por qué.

EL FRUTO PROHIBIDO. ¿Por qué prohibir si ya se nos veía el plumero?

GANARÁS EL PAN CON EL SUDOR DE TU FRENTE Y PARIRÁS CON DOLOR. Y si quieres hacer las dos cosas, es tu problema.

CAÍN Y ABEL. Nuevos datos de opinión y encuestas de valoración de líderes.

ABRAHAM E ISAAC. La invención de las bromas pesadas.

MOISÉS. La invención del Ryhtm & Blues.

SODOMA Y GOMORRA. Pero ¿qué hacían exactamente los gomorranos?

 

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