Releo algunas páginas del volumen que acompañaba al País el domingo pasado, un sencillo panfleto con bonita portada y el nombre mágico en portada: H. P. Lovecraft.

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Releo estas páginas y me catapulto mental y gozosamente a las tardes de mis veinte o treinta años acurrucado en un sofá viejo de una casa destartalada leyendo sin parar páginas y páginas de los mitos de Ctulhu, o el más sublime de todos sus relatos: En las Montañas de la Locura.

El amigo H. P. es seguramente el mayor talento literario plástico que jamás se haya dado. Lo suyo no es la construcción argumental, ni el diseño de personajes, ni la psicología comportamental, ni mucho menos el realismo social… (bueno, ¡esto desde luego sí que no!). Pero nadie, absolutamente nadie (quizás John Milton en algunos pasajes de Paradise Lost, quizas Dante) ha dibujado con tanta certeza verbal los espacios inmensos y vertiginosos que constituyen el territorio del terror, la fascinación, la oscuridad y el asombro.

Lovecraft es el eslabón perdido entre el romanticismo y la literatura contemporánea.

Del romanticismo recupera lo mejor: la voluntad de espacios, la necesidad de respirar, la intensidad de las emociones. Y -por qué no- el gusto gótico sajón por las casas con torreones de aguja y los pantanos donde criaturas demasiado repugnantes para ser descritas silban en la oscuridad. Lovecraft es tan bueno que hace patéticos a sus imitadores (entre los cuales los hay muy grandes, por cierto). Porque (ok, ok, ya muestro mi carta oculta!), en definitiva no es un narrador, sino un pedazo de poeta. Por eso es también el eslabón perdido entre la literatura y las artes plásticas. De Lovecraft no nos encantan ni nos atemorizan los argumentos, y ni siquiera nos hace adictos su adrenalina de terror barato. Está mucho, pero mucho, más allá.

H.P. es como Caspar David Friedrich: un creador de espacios. De hecho, creo que son almas gemelas, y posiblemente uno la reencarnación del otro, aunque a estas horas de la noche y la confusión me falla la precisión cronológica para decir cuál de cuál.

El tiempo le ha dado la razón, y poco a poco le está poniendo en su sitio. ¿Quién recuerda hoy a Zola? Incluso, ¿quién a Balzac? Se estudian, sí, en prestigiosas universidades de París o New Jersey, son objeto de congresos. Pero, ¿quién les lee? En cambio, Lovecraft empapa la iconografía literaria y cinematográfica que literalmente atrae hoy en día a cientos de miles de espectadores y lectores. El Señor de los Anillos, Conan el Bárbaro -obras de autores literarios deudores directos de Lovecraft- son hoy bestselers (en el caso de Conan no estrictamente hoy, ok, pero qué buena peli sigue siendo, y qué pedazo de autor Haggard!).

El triunfo de H. P. es el de la fantasía. No queremos realismo. Ya tenemos la realidad.

Valga esta cita, un tanto naif pero válida, para ilustar estás últimas horas nocturna de mi Día del Orgullo Lovecraft:

«Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas selvas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices».

Por cierto, una canción para el Día del Orgullo Lovecraft: Fred’s World, de Angelo Badalamenti, banda sonora de Lost Highway, David Lynch.

 

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