Debate sobre la prostitución, estos días en los medios. Traído por los pelos gracias a unas fotos escandalosas publicadas en El País y recuperadas por los demás medios de alcance, en las que se ve con claridad el acto en sí, a plena luz, y con toda crudeza: clientes dando por culo a proveedoras, proveedores succionando el órgano del cliente, etcétera. Demasiado crudo para resultar digerible por las audiencias de informativos.

Que la calle Ballesta de Madrid o las Ramblas de Barcelona son territorio sin ley donde putas y putos campan a sus anchas tirando de las mangas de cualquier transeúnte para que por treinta o cuarenta pirulos se dejen aliviar la entrepierna lo sabe todo el mundo. Lo lastimoso es que la prostitución ilegal siga teniendo un aura romántico-bohemia-contestataria-idealizada. Creo honestamente que ni Manuel Vázquez Montalbán ni Eduardo Mendoza han pretendido nunca elevar a categoría literaria -y por tanto, darles credibilidad humana- a unas prácticas plásticas que resultan simple y llanamente repugnantes cuando se ejecutan en la puta calle.

Dicho todo esto: ¿para cuándo regular y normalizar la prostitución? ¿A qué estamos esperando? ¿Qué país en su sano juicio -y más áun, en profunda crisis económica- puede permitirse prescindir de los ingresos fiscales y de seguridad social asociados a una actividad que mueve, según dicen, miles de millones de euros de dinero negro?

¿A quién le interesa que no se legalice la prostitución?

¿A la Policía? ¿Al Ministerio del Interior? ¿A las Policías Municipales? ¿A las fuerzas parlamentarias? Imposible, ¿no? ¿Entonces, por qué no se regula?

Supondría un chute de adrenalina a las afiliaciones de seguridad social; mayor recaudación por actividades económicas lícitas; mayor seguridad para los usuarios y usuarias de servicios… Incluso -¿por qué no?- para las industrias gráficas y electrónicas asociadas. Personalmente, veo perfectamente a las autoridades autonómicas o locales, o a colegios profesionales independientes, impartiendo sellos de calidad para establecimientos y / o trabajadores autónomos de la prostitución: dos cojones, o cuatro polvos, o cinco rabos gran lujo. Que nadie se escandalice. Lo escandaloso es la degradación actual.

Un servicio sexual no se diferencia mucho de un corte de pelo, un masaje, una copa bien servida o una entrada para la final de Copa. ¿Por qué se les excluye de la actividad económica, del circuito de controles sanitarios, de la normalidad?

 

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