Desaparecer en entornos poco conocidos o familiares es un paso avanzado del Arte, toda vez que la percepción que de uno mismo tienen en otras latitudes dista mucho de la que provoca en el pueblo de cada cual.

Lo primero que has de saber cuando pasees por las calles de una ciudad ajena en estado de Invisibilidad es que no todas las brujerías del mundo son conocidas (ni siquiera por Mí Mismo), y que por tanto puede haber otros magos, con otras apariencias, que te detecten a pesar de que el común de los mortales no lo haga. Así que tampoco actúes muy a la ligera; puedes dar con tus huesos en cualquier tenebrosa prisión de un no menos horripilante país.

En segundo lugar, debes tratar de no interferir con la historia interna de esa ciudad. La Invisibilidad es un medio de acercarte a lo mejor de tí mismo, una ayuda para disfrutar al máximo cada segundo sobre esta tierra. Desde ahora te decimos que lo que debes perseguir en tus etapas de Invisibilidad -aparte de enmendar ciertas injusticias y prevenir algunos desastres, de lo que hablaremos más adelante- es alcanzar tal estado de ligereza espiritual, tal acuerdo contigo mismo, que nunca más necesites recurrir al Arte, o sólo lo hagas para pasar buenos ratos gratuítos sin finalidad adicional alguna.

Pero bueno, respetando las condiciones básicas de convivencia en el lugar que visites, el hecho de que no te vean te permitirá explorar los más recónditos y emocionantes rincones de ciudades extrañas sin temor a que, por tu simple aspecto de forastero, te asalte una maraña de muchachitos o menos muchachitos para pedirte un cigarrillo, un dólar o la cartera, las nikes y el reloj.

Es bien sabido -y es también una prueba más de la ventajas psicológicas de la Invisibilidad- que sólo se disfruta verdaderamente en un entorno en el que uno pasa desapercibido. Ponerse unos pantalones cortos, una gorrita de béisbol, una cámara en bandolera y un cónyuge al brazo es la manera más segura no sólo de pasar un mal rato horrible, sino de provocar la hilaridad general, aunque disimulada según el grado y tipo de cultura ambiental. Viajar sólo tiene sentido para confundirse. Hacerlo para ser inmediatamente identificado como foráneo es tan estúpido como bajarse los pantalones delante de una mujer en pleno bulevar para intentar seducirla. El turista es al viajero lo que un premio de concurso de televisión a la felicidad, lo que los bocinazos de una hinchada eufórica de triunfo (o derrota, que no se distingue a veces) a una reposada conversación, lo que el aburrimiento a la soledad.

 

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