La segunda práctica cotidiana que proponemos te ayudará a comprender hasta qué punto la visibilidad es un bien que regalamos gratuítamente al prójimo, que no siempre (casi nunca, de hecho) se merece.

Habrás reparado en algunos tipos astrosos que suelen viajar en los transportes públicos, rondando las estaciones ferroviarias y los puertos de mar, con un aspecto verdaderamente desagradable: huelen mal, llevan barba de cinco días salpicada de mondas de lechuga, se rascan las partes con impudicia, y cuando lo hacen suena como papel de lija: pavorosos cocos ambulantes que uno mira de reojo, pero que evita absolutamente contemplar de frente.

Y aquí vamos: ¿te has atrevido alguna vez a sostener la mirada de uno de estos apocalípticos vagabundos? Por tanto, convendrás en que sólo se les ve cuando ellos quieren. Si uno de ellos desea ser invisible sólo tiene que clavar sus pupilas en el prójimo: nueve veces de cada nueve el interlocutor visual no osará responder a la terrible mirada del miserable, aunque notará sobre los hombros el peso de la misma. Antes querrá morir de tortícolis que girar la cara.

Bueno, pues esta es la revelación: la mayoría de estos tipos no son lo que parecen. No son medigos, sedimentos de la vida atrancados en la cloaca urbana, como rezan ciertas cancioncillas de moda. No. Son practicantes de Invisibiliad. Están ensayando. De verdad. Son médicos, padres de familia, dentistas, abogados, bomberos, fontaneros, asesores bursátiles, guardias nacionales o municipales, políticos, camareros, diseñadores de páginas web, catedráticos…. ¿Pero no te das cuenta de que si en nuestras ciudades hubiera tal número de desharrapados y desesperados como se ven por las calles estallaría una revolución, o al menos una revuelta, yo que sé, se unirían todos con un lema común y unos cuantos cuchillos, se organizarían en pequeñas y medianas bandas de supervivencia, harían algo? Sólo gracias a que nuestros cerebros rehúsan enfrentarse a lo desagradable, y prefieren mil veces comulgar con una tapa de alcantarilla a plantear una pregunta incómoda; sólo porque la inercia mental es la fuerza que mueve el noventa y cinco por cien de las circunvalaciones encefálicas de nuestra desgraciada raza; sólo por ello éste y otros muchos malentendidos (algunos de ellos aún más trágicos) se prolongan indefinidamente sin que nadie los desmadeje. Ahora bien, una vez que así está la cosa, y como no somos quijotes, lo mejor que podemos hacer es sacar buen partido.

Una penúltima advertencia: entre los vagabundos fingidos, que son como decimos la mayor parte, hay algunos verdaderos. Ten cuidado; no vayas a confiarte y aguantes la mirada de uno de los verdad, que podría cabrearse.

Y un ruego: no descubras a tus colegas. Ahora que ya sabes la verdad, úsala para tu propio beneficio, pero no comentes a desconocidos (ni a los otros tampoco) lo que acabas de leer. A veces todos sentimos la tentación de impresionar a una mocita con nuestros conocimientos, para ver si así podemos luego hacerlo con otras razones más sólidas; no, esta vez no: intenta callarte la boca. También será un ejercicio muy recomendable, por cierto, y que no todo el mundo puede ejecutar durante más de treinta minutos seguidos.

Bueno, pues… ¡a la calle otra vez! Ahora escoge tu chaqueta más vieja, vierte en ella vino, café y un poco de pis, espachúrrale mondas de plátano, o mejor métela cuatro o cinco horas en el cubo de la basura, mientras te entretienes en preparar un potingue a base de cerveza rancia, ceniza de Farias, arena y pelos. Si añades una cucharadita de caca de perro la pócima será aún más eficaz. En cuanto a los pantalones, arráncale los botones, y echa un poco de zumo de albaricoque y tomate sobre la entrepierna. Usa un trozo de guita como cinturón. Ponte  seis o siete camisetas, escogidas del canasto de la ropa sucia. Pídele a tu hijo mayor las botas de baloncesto. Para las mujeres recomendamos un sencillo conjunto a base de falda y blusa de semana de rebajas en Gran Superficie; no hará falta ni siquiera avejentarlas artificialmente. También es necesario que se pongan mucha ropa a modo de enagua. En ambos casos, como toque de perfume vomita en un platito y úntate bien el cuello.

Observa ahora, mientras bajas por la escalera: ¡ni siquiera tu vecino del tercero, que todos los domingos te sonríe con carita de buena gente antes de ponerse a degollar famosos sobre revistas con las tijeras, ha osado mirarte a la cara! ¡Eres invisible! Anda por la acera ; no te olvides de rebuscar de cuando en cuando en alguna papelera ; súbete en el metro, ¡haz lo que quieras!

Una precisión: ahora eres Invisible, pero sólo de frente. Por la espalda te ven. Tú tienes ojos en la cara, ¿no? Pues es de cara como no te ven. Una vez que has pasado a su lado, los transeúntes temerosos giran su mollera y -ahora sí, los hijos de su madre- miran a conciencia, mientras musitan versículos de Ortega y Gasset. Compruébalo: en una de ésas date la vuelta rápidamente, y verás cómo la expresión de uno o una  que miraba se transforma mientras palidece como la nata.

Sin llegar a los extremos del vagabundismo, el horror es una magnífica fuente de estudio para los aficionados al Limpio Arte. Nos lleva a nuestros límites de resistencia psicológica, activa al cien por cien nuestro sistema nervioso, despierta cualidades prehistóricas que habitualmente están dormidas bajo el gris barniz de la cotidianeidad urbana. Unos buenos pelos de punta son muchas veces más instructivos que un tratado universitario. Aprende del miedo, amigo Practicante, y verás que tu rendimiento mental mejora día a día, y con él tu capacidad para transmutarte en ser inmaterial, que es de lo que se trata.

 

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