Como aquel que en el sueño se deleita

con insano placer -quizá locura-

vivo yo, desde que me entregué

sin reservas al recuerdo persistente,

y del tiempo al dolor que se me impone

aún en su discurso inevitable.

Mi bien es una terca fantasía:

¡no existe, y es mi única alegría!

Me desagradan las horas presentes.

Prefiero las pasadas y perdidas.

Esta entrega al vacío me avergüenza,

pero no se me ocurre nada mejor. Si dejo

de ejercerla, mi amargura crece

así como le ocurre al condenado

que cree que llegará el indulto a tiempo,

y lo que llegan son los guardias, una mañana de invierno,

que le llevan por el corredor hacia el patíbulo.

¡Joder, si pudiera parar mi pensamiento,

y dormir, inconsciente, hasta la muerte!

Vive mal el enemigo de sí mismo,

igual que aquella madre que no supo

negar un trago de veneno al propio hijo

caprichoso sólo por parar su llanto. 

Debería sumergirme por completo

en el dolor, sin mezclar en sus aguas

oscuras ni el más mínimo reflejo de alegría;

quizás entonces reconociera el mal

que día a día me estoy causando.

Las horas de consuelo me hacen daño,

asi como los alimentos prohibidos

redoblan los dolores del enfermo;

o igual que le sucede al ermitaño 

que viene a visitar un viejo amigo: 

si casi no sentía ya nostalgia

del mundo y sus placeres, en la charla

reviven los recuerdos letargados:

imágenes de fiestas, y muchachas, y castillos,

que luego se traducen, por la noche, en una lágrima.

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