Voy a confesaros que Yo Mismo, maestro del Arte, utilicé mis primeros meses de poder absoluto, de control perfecto sobre mi materialidad, de dominio sin paliativos de mi substancia, para visitar de noche los dormitorios de mis compañeras de trabajo. Sí, amigos míos : yo trabajaba antes.

 En una triste oficina ministerial, hace ya mucho tiempo. Echad la cuenta : ahora tengo setenta y seis y estoy hablando de cuando tenía veintisiete. Era empleado del archivo, un trabajo polvoriento pero apasionante, ideal para mentes imaginativas, como la Mía. Por lo pronto ni un día llegaba antes de las diez y media. ¿Para qué? Aquellas hileras de legajos llevaban decenios, siglos, apiladas sin orden ni dueño. A las once y cuarto bajaba a desayunar, e intentaba reducir la resaca a base de café y agua helada. Otra vez: sí, amigos míos: por aquel entonces, yo era un borrachuzo. Mi vida no tenía más sentido que amarrarme todas las noches a la barra de un semigarito que pillaba bajo mi portal y beber cerveza hasta que mi encéfalo era pura espuma y mis riñones un grifo incansable. Buscaba el amor, entonces. Creía que simplemente por apalancarme en la barra con cara de trágico iba a aparecer por la puerta un ángel moreno que no podría resistir la visión de mis labios babosos y se lanzaría a mis rodillas implorándome que la hiciera mía. Las mañanas eran una larga resaca que intentaba apaciguar, como decía, a base de café y agua helada.

A eso de las doce y cuarto subía para ver si había algo que hacer. Generalmente, no. Así que, por mover un poco las articulaciones, vagaba entre las baldas, curioseando. En una de esas dí con el inédito Manuscrito que me enseñó todo lo que se, que no es poco, sobre la Invisibilidad y otras muchas Cosas.

Estaba en un expediente sobre demolición de un antiguo inmueble de la judería de Alcalá de Henares. De algo me sirvieron los estudios de Paleografía que mi tutor grabara en mi tierno cerebro, a la edad de siete años. Soy capaz de leer cualquier escritura desde el siglo dos antes de cristo hasta la fecha, en cualquier lengua semítica, latina, o derivada.

El pueblo israelí, quizá como una muestra de inteligencia, siempre ha sido experto en el camuflaje, disimulo y evasión. Si añadimos a estos dos componentes una sólida experiencia en los mecanismos de la psicología y la sutileza en el análisis de los propios vericuetos mentales provocados por indescifrables enigmas seculares sobre el pecado y sus consecuencias, no es de extrañar que fuera hebreo el nombre que firmaba el manuscrito: Moisés Izmail : De todas formas estoy seguro de que es un nombre falso, como corresponde a un buen practicante del Arte. Desde luego, no lo escribió por amor a la humanidad, ni para divulgar el prodigio. No; al parecer, las instrucciones secretas se transmitían de padres a hijos, pero en este caso se trataba de hacer llegar a una comunidad de Coslada San Fernando los procedimientos de Invisibilidad para ponerles a salvo de la persecución católica. Evidentemente, el texto nunca llegó a su destino, como atestiguan la degollina de la comunidad judía de Coslada, en 1462, y la propia presencia del texto en los archivos del Ministerio de Agricultura, precisamente a mi cargo.

Me llevó cosa de tres años comprender la descomunal revelación que aquellas menudas páginas en cuarto contenían, y otros siete conseguir mis primeros lapsos de Invisibilidad. Por entonces el Ministerio había sufrido serias remodelaciones, modernizando sus equipos técnicos, humanos y vegetales, y alterándose los esquemas de gestión de acuerdo al informe realizado por una consultoría alemana: se pintaron las paredes y se lavó la fachada, que pese a ser bellísima quedó eclipsada por el escalextric de Atocha, que también en esas fechas se construyó (para desmontarse pasadas algunas décadas de urbanismo juguetón). En suma, todo el Ministerio quedó hecho un San Luis. Todo, excepto el archivo, claro. Nadie se preocupó por el destino de los miles de legajos que, por qué no, podían seguir pudriéndose tranquilamente en los sótanos del inmueble. Yo, desde luego, no hice nada para llamar la atención, enfrascado como estaba durante todo este proceso en la lectura y ejercicio de las antiguas recetas para conseguir la Inmaterialidad.

Abstraído en mis estudios, cuando me quise dar cuenta la Sección de Cereales Importados era un hervidero de nuevas secretarias y auxiliares administrativas, y la de Legumbres Borrascosas, y la de Piensos Nacionales: todas. En la remodelación habían rodado las cabezas de algunas históricas (e histéricas) loros cuya presencia había sido un motivo más para recluírme entre los infranqueables murallones de papel del Archivo, y habían sido sustituídas por deliciosos bollitos rubios con labios granates y mejillas de horchata. ¡Y qué bien olían! Pasar junto a ellas mientras revolvían los cajones de un archivador, levantando sus cuerpecitos sobre frágiles tacones, era asegurarse una noche de infarto junto a la barra del bar, evocando la presión de sus perolas sobre el frío metal del mueble.

Había una que vestía nikis acrílicos y peinaba una cabellera morena cortada a lo Marisol, con una risita de ratona traviesa que me aceleraba nada más escucharla de lejos por el pasillo; ¡si subíamos juntos en el ascensor tenía que controlarme para no saltar a su cuello y comérmela a besos ! Sus ojos eran azules como la Piscina de la Urbanización en Agosto, y su piel tenía la misma textura que la Nómina de Diciembre.

Mis resacas habían hecho de mí un típo tímido. Era literalmente incapaz de articular una palabra en los dos minutos que duraba el trayecto del ascensor, pero también de separar los ojos de aquella delicia con carmín. Por las noches su figura venía nadando a mí entre las tormentosas olas del mar de cerveza que intentaba calmar para poder dormir, y la erección traspasaba el somier.

Así que decidí utilizar los poderes aprendidos en el antiguo Manuscrito. La seguí, en forma Invisible. Fuimos juntos en el bus, subimos a su casa -vivía sola en un apartamento de San Bernardo, porque era gallega de Coruña y no tenía familia. Me senté en el borde de su cama mientras se quitaba las medias y mi corazón palpitaba. Tuve que morder una cortina cuando se quitó la blusa y  mirar a otra parte cuando hizo lo propio con el sujetador, porque mi alteración era tanta que me hubiera manifestado allí mismo, salido de la nada para quererla.

En sucesivas visitas conseguí poco a poco dominar mis impulsos, y fui capaz de sostener la edénica visión de su desnudez mientras se metía en la bañera, arqueando sus pies comestibles para probar la temperatura. Yo me sentaba en la banqueta y la oía canturrear mientras se enjabonaba.

Así fui perdiendo el miedo a hablar con ella. Aprendí a mirarla con el mismo amor, pero sin angustia: sabía cuánto le había costado levantarse, y cómo había dejado de desordenada su habitación; sabía incluso que bebía a solas, como yo. Por tanto no fue extraño que un día le hablara en el ascensor:

– Hace buen invierno, ¿verdad?- dije. Me miró desconcertada, asintiendo y escudriñando mis facciones en busca de una clave que le permitiera dar sentido a mi iniciativa.

Cosa de un mes más tarde trajinábamos como locos en su apartamento de San Bernardo, una noche sí y otra también. Si tuviera que hacer un ranking de las diez temporadas más felices de mi vida, no sabría decir si la número uno fue ésta o cuando me escapaba de las clases de mi tutor para perderme por las calles de Granada, donde entonces vivíamos, anodino e impensado, ilocalizable, sintiendo premonitorios ramalazos de la Invisibilidad que años más tarde lograría -aunque entonces yo no podía saberlo y simplemente vagaba con las pupilas dilatadas como un programa electoral, absorbiendo la vida que bullía, y todas esas cosas, mientras mi tutor arañaba la cal de los muros preguntándose dónde demonios me había perdido.

Divago otra vez, creo. He contado cómo aprendí, porque no puedo evitar verter algo de mi corazón en esta Obra. Pero lo que tú, lector, esperas no es la historia de mi apasionante vida, sino saber por qué demonios he decidido dar a la luz mis Conocimientos. A ello.

Hace aproximadamente tres años paseaba yo en forma inmaterial por el Paseo de Recoletos, en el tramo entre Atocha y el principio del Paseo del Prado, junto al jardín Botánico -uno de los mejores lugares para caminar en Madrid, disfrutando la atmósfera vegetal a la diestra y abriendo apetito para adentrarse después en la zona de innumerables  tabernas a siniestra. Paseaba sin prisa, disfrutando de mi Invisibilidad, sorprendiendo a la gente en sus microscópicos instantes de abandonada meditación, de reflexión concentrada. Bueno, pues estaba mirando a una muchacha de unos veinte años, una verdadera preciosidad, cuando vi, atención, que se acercaba un tipo de pelo oscuro y facciones aviesas, en estado de Invisibilidad, a espaldas de ella. Hay que precisar que, siendo yo consumado maestro de la Transustanciación, no me cuesta ningún trabajo ver a otros seres Invisibles en el caso de que haya alguno entre la multitud. Ellos, sin embargo, no me ven a Mí, que para eso soy yo el verdadero, el bueno, el auténtico maestro del Limpio Arte. El caso es que este tipejo, al que ni siquiera la Invisibilidad evitaba ofrecer un aspecto repugnante, se situó detrás de la joven y siguió sus pasos mirándola con babosa avaricia, consiguiendo irritarla. Ella empezó a mover su cabellera de un lado a otro, aceleró el paso, perdiendo la angelical expresión que me tenía encandilado. Movida por su instinto a emprender una huída que no sabía explicar, se situó junto a un semáforo en espera de cruzar la calle. Y en este momento el hijo de puta invisible empezó realmente a hostigarla, tocándola con sus sucias zarpas inmateriales, hundiendo  la nariz en su nuca perfumada. Intervine, naturalmente. Le asesté un buen empujón al cabrito, y después un rodillazo en los huevos. ¡Si no, él hubiera quizás conseguido que la chica cruzara a lo loco la Castellana a la altura de Atocha, lo que equivale a un atropello seguro!

Volví a casa un tanto amargado; el hecho de que alguien hubiera podido enseñar el Arte de la Invisibilidad a un sujeto de tal calaña me inquietaba. Yo ya sabía, tras la lectura de mi manuscrito iniciático,  que en algunas remotas regiones dos o tres gurus, popecillos y hotentotes estaban al corriente de los principios básicos del Arte. Pero los gestos, la forma de acosar a la chica, el porte general del individuo, eran claramente hispanos: algo no cuadraba.

El asunto me dio vueltas varios días en la cabeza, pero finalmente la primavera se impuso y lo di por olvidado. Y hete aquí que a finales de Mayo voy yo paseando esta vez por el barrio de Ventas cuando veo a un viejo Invisible arrimando un mechero a uno de los puestos de chucherías, petardos incluídos, que proliferaban por la zona. Reduje un poco mi nivel de Invisibilidad para permitir que el muy capullo me viera, aunque no los demás transeúntes, y le grité que se detuviera. Asustadísimo, intentó escapar, pero sus débiles piernas no le permitieron superar mi veloz carrera. Le cogí por las solapas, y allí, en medio de Arturo Soria, le obligué a cantar. Resultó ser un vecino del barrio que odiaba los puestos de chucherías porque de niño le habían sacado unas cuentas muelas cariadas por el abuso de chicles.

– Sí, pero ¿quién te ha enseñado el Arte? -le pregunté, retorciendo el cuello de su camisa y clavando mi puño sobre su nuez. Palideció de tal forma, dentro de su transparencia, que creí que se me orinaba en los pantalones allí mismo. Casi sin aliento, fue cayendo lentamente sobre sus rodillas, para terminar abrazado a mis piernas, llorando, besándome los zapatos, rogándome que le dejara marchar. Las lágrimas ajenas siempre me han dado quisicosa, así que me di media vuelta y le dejé allí, en medio del bulevar. Su terror comenzaba a hacerle visible, y un perro se acercó a olisquearle.

¡Así que alguien había comenzado a difundir el Arte, alguien a quien sus propios alumnos temían como al diablo, alguien que además formaba especialistas de podridas intenciones y mentalidades! Estos primeros acontecimientos que me pusieron sobre la pista del asunto tuvieron lugar, como digo, hace unos cinco o seis años. Lo primero que hice fue formar una nueva promoción de Practicantes, cuidadosamente elegidos entre algunas de las mejores Personas que conozco, y también seleccionados tras observar, desde mi invisibilidad, algún gesto altruísta y desinteresado o costumbres reveladoras de una personalidad generosa entre transeúntes accidentales. Con ellos en la calle, quedé un poco más tranquilo por la seguridad de la ciudad que tanto amo. Pero no fue suficiente.

Una serie de acontecimientos (como la explosión, finalmente, del puesto de petardos en Ciudad Lineal, el boom de la burbuja inmobiliaria y la aparición de Windows 7) me convencieron de que mi nueva promoción por sí sola -que sin duda llevaba a cabo encomiables esfuerzos en defensa del orden y sin la cual la situación sería mucho más preocupante- no bastaba para detener las maldades de los alumnos del Maestro Oscuro. Este había emprendido planes mucho más ambiciosos. Diversos sucesos y acontecimientos políticos me persuadieron de que mi rival intentaba hacerse con las riendas de la situación. Es por esto que he decidido dar forma escrita a mis lecciones y publicar esta Obra: antes de que sea demasiado tarde es conveniente que el gran público conozca lo que se cuece y sea capaz de defenderse por sí mismo. Sin duda con esta publicación aumentará el número de canallas Invisibles, pero también el de buenas personas, y en cualquier caso se evitarán muchas desgracias. Del Maestro Oscuro me encargaré yo personalmente. Tengo una cierta curiosidad por saber si es alguno de mis ex alumnos, o si no de dónde ha sacado la información.

Esta es la Razón, y no otra, de la publicación de esta Obra: contrarrestar a los comandos inmateriales formados por mi Enemigo. Mi larga vida me ha enseñado que el número de gentes en las que uno puede confiar y el de indeseables son más o menos equivalentes: por ello lanzo este mensaje al agua del gran público.

Doble fin de mis Enseñanzas: aquéllos que todavía sientáis un indefinido cariño por este tramposo mundo, intentad defenderlo de los inmateriales capullos que sabotean sus mejores oportunidades. Y luego (aspecto personal) aprended a conoceros mejor, sabiendo que lo que no haríais a plena luz del día no merece la pena hacerse.

Esto es todo, por el momento. Espero que la divulgación del Limpio Arte de la Invisibilidad suponga un beneficio para nuestro Desgraciado Mundo. En cuanto a mí, poco me falta ya para acceder a la más duradera y perfecta de las inmaterialidades.

Pensad en Mí cuando vaguéis por los bulveares, borrachos de levedad y alegría, intangibles, inalcanzables, solitarios, devastados, felices, y pensad también cuando en plena materialidad os zampéis una de gambas con patatas fritas, berberechos y mucha cerveza. Yo ya no estaré; no seré yo quien se beba vuestras cañas a hurtadillas; no me tengáis en cuenta los pequeños desahogos que me he permitido antes de hacer público el truco.

¡Amig@s mí@s, adi@s! ¡Como si no estuviera!

 

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