Moisés Boorman nació en Brooklyn el 7 de Febrero de 1904. Fue el tercer hijo de los doce que tuvieron Zacarías y Daniela Boorman. Zacarias y Daniela se habían trasladado a los Estados Unidos en 1887, desde su Viena natal, para abrir en el Nuevo Mundo una sucursal del negocio de joyería que la familia regentaba en diversas capitales centroeuropeas desde el siglo XVI.

Moisés estudió en la Albert Bombard School de Brooklyn. Sus profesores lo describieron en sus notas como «un alumno brillante, aunque introvertido y poco sociable. Raramente participa en los partidos de fútbol, que prefiere observar desde una esquina del patio. Destaca por su atención en las clases de religión y su observancia de los mandamientos».

Al terminar la escuela, comenzó a trabajar en el taller orfebre familiar. Sin embargo, demostró una ineptitud manifiesta para el trabajo manual. Por ello Zacarías y Daniela decidieron inscribirle en la Universidad Hebrea de Queens, con objeto de aprovechar su inclinación religiosa y hacer de él un rabino de provecho. Moisés respondió al cambio de orientación en su plan de futuro con notable alegría y dedicación. En los siete años, siete meses y siete semanas que duró su formación religiosa, no faltó ni un solo día a clase, exceptuando los del entierro y funeral de su madre, que sufrió un ataque de apoplejía cuando regresaba del mercado central cargada con varias bolsas de naranjas y tomates (que rodaron calle abajo como las perlas de un collar liberadas de su hilo, cuando Daniela murió).

Poco después de este triste suceso, Moisés se casó con Sara Penderech, hija de uno de los más prósperos prestamistas de Nueva York. Ambos se trasladaron a un caserón inhóspito de la Godman Avenue, que hicieron habitable con ayuda de los oficios carpinteros y albañiles de la comunidad. Zacarias, el padre, se fue a vivir con ellos, pues todos los demás hijos e hijas se le habían dispersado en una diáspora generacional a lo largo de cinco estados del Este.

Tras la muerte de Daniela, Zacarias adquirió malas costumbres. Se diría que su difunta esposa había ejercido un benéfico y virtuoso poder moral sobre él, pues una vez libre del yugo matrimonial tendió progresivamente a abandonar sus obligaciones laborales en beneficio de la disipación, el alcohol y la frecuentación de algunas casas de citas impropias de su edad y sobre todo de la menguada economía familiar.

Moisés hizo lo que pudo. Multiplicó sus catequesis y asistencia a oficios diversos, trabajó por las noches ayudando en las cuentas de su suegro, y hasta cargó cajones de fruta alguna que otra madrugada, mortificándose con el lacerante dolor de las astillas clavadas en sus blancas manos de rabino. Pero Zacarías consumía mucho más. Se dió también al juego; contrajo deudas. El padre de Sara acudió en remedio de las primeras, pero cuando comprendió que no tendrían fin mientras las subvencionara, cortó el grifo. Zacarías desapareció una noche de Octubre; el Brooklyn Chronicle publicó una escueta nota que mencionaba la posibilidad de que algún testigo le hubiera visto caminar junto al río Potomac acompañado de dos gigantes de mala catadura, con aire naturalmente abatido.

Moisés heredó sus deudas. A base de tesón y disciplina consiguió tiempo y crédito suficientes para que los acreedores de su padre no le apretaran hasta el paseíllo. Muerto Zacarías, el padre de Sara volvió a cubrir algunos agujeros. Pero, al mismo tiempo, nuevos Boorman se empeñaban en venir al mundo y corretear por los pasillos del caserón, consumiendo pañales, ropas, zapatos y cantidades ingentes de harina, huevos y leche. Bendito sea Dios.

Se podría decir que Moisés fue feliz alguno de aquéllos días. Agotado pero contento, su mayor placer era volver cada noche al hogar para recibir un beso de buenas noches de sus hijos y dormir escasas tres horas junto a su esposa.

Pero la fatalidad, el destino o la suerte cruzaron a Jack Cruner en su camino.

Jack era un matón de tres al cuarto que recaudaba deudas en la zona de Upper Manhattan. Por alguna razón inexplicable –química espiritual, ¿quién la sabrá?- sintió una rápida simpatía por Moisés, a quien se supone que debía exigir sin muchos miramientos el pago de 300 dólares atrasados de las deudas de su padre, más los intereses.

La pasión de Jack eran las carreras de caballos. Así que en vez de estrujar los testículos de Moisés para cumplir estrictamente con sus órdenes de trabajo, se lo llevaba al hipódromo para tener un prójimo –decir amigo es excesivo- con el que celebrar sus apuestas ganadas y maldecir la mala suerte.

Una tarde, Jack lo perdió todo, y cayó en un estado de abatimiento negro y siniestro que no presagiaba nada bueno. No sólo el enfado, sino la falta de fondos para seguir apostando, hicieron suponer a Moisés que la simpatía de Cruner podría volverse en cualquier momento agresiva y resentida. Así que sacó dos dólares de su bolsillo y preguntó «Jack, ¿quién crees que ganará en la próxima carrera?» A Cruner se le iluminó la cara. Propuso «Viento del Norte», que llevaría el dorsal 4. Moisés apostó los dos dólares a la opción de su amigo/acreedor, pero mientras rellenaba el boleto tuvo un pálpito. Con el número ocho salía «Tenebroso». «Tenebroso» en hebreo se dice «ishajron». Si sumamos el valor cabalístico de las letras de esta palabra con el número 8, da 1121, que es el año del nacimiento del primer Moisés de las escrituras. El nuestro, Boorman, hizo este cálculo fácil y rápidamente, pues sus años de estudio en la Universidad Hebrea le habían familiarizado tanto con la matemática como con los misterios de la cábala. Y ganó «Tenebroso». Quince a uno.

Moisés volvió al hipódromo al día siguiente, esta vez solo. Tomó un programa y se retiró en silencio y recogimiento a una esquina de las gradas, donde comenzó a garabatear cuentas. Salió con 1.350 dólares en el bolsillo.

Sara se volvió loca de alegría al verle regresar con tanto dinero. Un tanto avergonzado por sus procedimientos, Moisés prefirió contar que un anciano feligrés sin descendencia le había dejado en herencia la cantidad por sus buenos oficios como rabino y consejero espiritual. Sara dió la explicación por buena y se compró dos pares de zapatos.

¡Ay, pero el éxito es mucho más dañino para el alma del hombre que el fracaso! ¿Por qué ganaba siempre Moisés Boorman en las carreras? ¿Qué extrañas cuentas hacía sumando los valores numéricos de nombres de caballos, de jockeys y hasta del día de la semana, y por qué acertaba siempre? El caso es que su fortuna no pasó desapercibida, y pronto lo peor del hampa de Brooklyn planeó beneficiarse de ella.

Una tarde, según salía del hipódromo, le metieron en un saco, y después en el maletero de un Chevrolet Symphony. Moisés amaneció en una habitación oscura, atado a una silla dura como la mirada de una hembra reprochando calcetines por el suelo. Después de dos días de incomprensible aislamiento, un individuo de aspecto cubano y muy sudoroso entró en la habitación. Puso ante Moisés el programa de carreras del domingo –el Grand Slot- y le dió un bolígrafo.

Moisés le preguntó al mafioso cómo se llamaba su madre. Recibió un soberbio guantazo en la cara, pero enseguida explicó que necesitaba el dato para calcular el valor cabalístico del ganador. También le preguntó su fecha de nacimiento y el número de la calle donde vivía, y la edad de sus padres. Después, rellenó el boleto de apuestas.

Pero no funcionó. El cubano perdió dos mil dólares, y toda su paciencia. Nadie volvió a ver a Moisés con vida. Se dice que su mujer, Sara, encontró en uno de los cajones de su mesilla de noche unas notas que teorizaban sobre la relación entre los nombres de los caballos, la cábala y el azar. Una de los hijos de Moisés y Sara, Dalila, se casó en 1945 con Brandford Gates. Su hijo William heredó los papeles del abuelo.

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