Nada más llegar a Nápoles, uno está deseando escapar. Piensa, “pero qué he hecho viniendo aquí, qué demonios pinto”. Dos días después, uno querría no tener que irse nunca.

La primera impresión –al menos lo fue la mía- no puede ser más desastrosa. Calles estrechas, bulliciosas y desangeladas; fachadas desconchadas, abandono urbano. Y la reputación de peligro susurrándote al oído que tengas cuidado con los callejones demasiado oscuros. Que son casi todos. Hemos llegado tarde a la ciudad, después de perdernos en un laberinto de circunvalaciones polvorientas e incomprensibles. Recorremos el atardecer en el casco histórico, confiando en que la zona más prestigiosa de la ciudad nos dará ciertas garantías de supervivencia y diversión. Las calles son desfiladeros adoquinados flanqueados por murallas oscuras en las que apenas brilla de cuando en cuando una ventana con visillos. Motoristas descamisados nos rozan el brazo y se pierden escopetando su combustión hacia lo más hondo de las tinieblas. ¡Qué miedo, Díos mío!
Dos días después estaremos enamorados de una ciudad luminosa como ninguna, en la que la claridad del cielo y la percusión del sol labran en las caras una discreta sonrisa etrusca, y en la que el amor –en su faceta más infantil, juguetona y graciosa- parece pelear con la luz por ver quién ilumina mejor a los paseantes. Y no querremos irnos por nada del mundo. Entonces, las leyendas que recordaremos serán las de Horacio Nelson y Lady Hamilton, y en las calles oscuras veremos ocasión para las romanzas, y oiremos incluso lejanas serenatas amplificadas por las paredes laberínticas del casco antiguo.
¿Qué ha podido pasar? ¿Cómo hemos pasado del terror y casi el desprecio a la admiración y la simpatía más sinceras?
Ha bastado que el sol ilumine la bahía mientras descendemos desde la colina del Posilipo hacia el Castell dell Ovo.
Entonces hemos visto la luz, y no lo digo sólo en sentido metafórico. Hemos visto una ciudad luminosa como casi no recordamos ninguna (¿Málaga, quizás, o puede ser que Marsella? El azul del agua y el cielo embocadillando una ciudad que se levanta hacia diversas colinas, salpicada de verdor en múltiples rincones, y dotada de una policromía (sienas, azules, blancos de cien matices) como sólo la veteranía y el paso del tiempo pueden prestar. ¿Pintar fachadas, pensábamos el primer día (ayer)? ¿Estábamos locos?
Atrapados en la mágica red de la belleza napolitana, nos dedicamos entonces a observara sus viandantes, y sorprendemos por todas partes conversaciones apasionadas, graciosas, y mujeres bellísimas, directas y poderosas, que miran con ojos negros de bruja buena al maromo que intenta camelarlas, mientras sorben el helado sin prisa. Da la impresión de que de cada cien conversaciones que tienen lugar en Nápoles, al menos setenta son para hablar de amor, en sus múltiples facetas: planes de parejas, quejas, recelos, protestas, promesas, piropos y proyectos.
El tramo entre la plaza Pantelleria, donde termina el descenso de la colina del Posilipo, y el castell del Ovo, cabo de la bahía, es un paseo marítimo que bien podría ser calificado como la milla de oro de la belleza. No sé si el malecón de Cuba, la playa de Ipanema o las avenidas de patinadores de California podrán compararse a estos tres kilómetros de luz. Al fondo, el Vesuvio, partido en su centro por la erupción, y casi erótico en su perfil de pechos alzados al cielo. Vivir bajo un volcán le recuerda a una ciudad que el tiempo es incierto y la fortuna un préstamo incierto.
¡No nos queremos ir! ¡Queremos ser napolitanos! Además, ¡los españoles lo somos, en parte! Por si fuera poco para cogerle cariño a la ciudad, resulta que la historia ha dejado en barrios, museos, y en el vocabulario, abundantes reminiscencias de los tiempos en que la corona de Aragón y la de Castilla gobernaron en Nápoles. Por ejemplo, la afición a los Belenes de Navidad. Estamos en Mayo, y paseamos por una calle en la que todas y cada una de sus tiendas trabajan la artesanía de las figuras de belén. Torcemos por otra, y nos encontramos con anticuarios abigarrados que seguro que son primos lejanos de algunos del Rastro de Madrid.
¡Queremos vivir una historia de amor en Nápoles! Vagar por la plaza del Plebiscito hasta encontrar unos ojos oscuros de los que enamorarnos, y seguirlos, y ver que nos sonríen, y que luego se escabullen. Encontrarlos de nuevo tres días después, acompañados de algunas amigas que se ríen con ella al vernos otra vez. Dos meses después, cenar por primera vez en alguna de las viejas trattorias bajo el Palacio Real. Tres meses después, besarla en el portal de su casa, consiguiendo que olvide por dos minutos que quizás la vigila su madre escudriñando la oscuridad desde el balcón en lo alto. Un año después, casarnos en Amalfi…

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