Aprovecha, pues, mis momentos de debilidad. Es casi siempre de noche: estoy solo en casa, generalmente aburrido. He visto un rato la tele, he intentado leer, he arañado la guitarra que nunca sabré tocar, he cenado una tortilla y leche con bizcocho, y ahora me voy a acostar, no porque tenga sueño, sino porque no tengo otra cosa mejor que hacer. Normalmente cierro en primer lugar la ventana del salón, y después me aseguro de que todos los aparatos estén correctamente apagados. Esto es muy importante, pues la electricidad es una de sus principales armas. Muy de su gusto sería, por ejemplo, provocar un cortocircuíto en mi ausencia y quemar así todas mis posesiones y papeles; seguro que lo haría si él supiera a dónde ir entonces. A falta de esto, darme un buen calambrazo es de las cosas que están más a su alcance. Para ello no necesita manifestarse físicamente, lo cual creo que le supone un gran desgaste de energía, sino sólo distraerme lo suficiente mientras manipulo un interruptor, preferiblemente mojado y con los pies descalzos.

La última operación en el salón es regar las plantas, cada dos o tres días, de noche. Esto lo hago especialmente cuando me siento débil y temo una actuación de mi huésped; no sé por qué; supongo que la buena acción de dar de beber a las plantas me hace creer que eso las pondrá de mi parte si se desata la batalla.

Después voy a la cocina, y verifico que las placas eléctricas estén bien apagadas y la nevera correctamente cerrada. Le doy un agua a los cacharros de la pila, si cabe, y cierro bien la puerta.

Llego a la zona del dormitorio. Atravieso el recibidor con cierta prisa, notando a veces que paso junto a -o incluso a través de- su presencia, que o bien no tiene medios entonces para dañarme, o se conforma con el espectáculo de mi tímido miedo, que quizás le divierta más que el simple y puro pánico, por lo que tiene de esperanzado.

En efecto, una vez que se manifieste plenamente habré de desechar la idea, aún viva, de que todo esto sean imaginaciones mías, y aceptar que he entablado una batalla personal y mortal contra mi adversario. Qué cabrón, me lo imagino sonriendo mientras paso a su lado.

Llego al cuarto de baño, que me ofrece ciertas garantías. Pero tampoco tengo gran cosa que hacer allí; a los diez minutos salgo y voy hacia la cama. Es el momento crucial: voy a cerrar la puerta que separa la habitación del recibidor: debo apagar un interruptor situado a la entrada misma del dormitorio, pues ya he encendido la lamparita de la mesilla de noche. Ahora: muy probablemente su mano (¿cómo será?) va a sujetar mi muñeca, cruzando como un rayo la estrecha rendija de la puerta. Después, no sé qué pasará.

Si consigo llegar a la cama sin haber tenido tropiezos, todo va bien. Hay veces que le noto casi dentro del dormitorio, a punto de asomarse desde detrás del armario, pero entonces su gesto ya es más de fastidio que de otra cosa, pues de ninguna manera podría alcanzar la cama, así que debe limitarse a mirar cómo duermo o descanso, mientras él está de pie, como un imbécil.

Hay noches en que me levanto de madrugada para beber agua. Normalmente llevo una botella antes de acostarme, pero a veces se me olvida. Entonces tengo que atravesar de nuevo el recibidor, a oscuras y en silencio, pero atención, soy yo el que le asusta. Sí, porque suele estar dormido él también, y aparte de despertarle no le doy tiempo a reaccionar. Es, de hecho, la única ocasión del día en que nuestro encuentro se salda nítidamente a mi favor.

Algunas tardes consumo porno. Me entretengo ante la pantalla, y todo va bien mientras dura el juego, pero una vez que me he derramado y las olas de la descarga se retraen hasta la normalidad deshinchada le siento con claridad aplastante: está en el quicio de la puerta, en el umbral de la habitación, mirándome con sorna. Sonríe de oreja a oreja, y parece querer decir: “ahora mismo podría aniquilarte. Nada me impide llegar hasta tí y asestarte un golpe mortal. Si no lo hago es porque prefiero que seas tú mismo quien poco a poco se destruya.”

Cierro los ojos; prefiero no responder. Aún en estos momentos terribles siento que mi fuerza es superior a la suya, que se está marcando un farol. Pienso: “no. Soy yo quien podría olvidarte. Si estás ahora ahí es porque necesito hablar con alguien, aunque sea con una entidad abstracta y tan despreciable como tú. Existes porque yo lo quiero. He concentrado en tí todo lo que quiero destruír de mí mismo, para salvar el resto. Eres una mierda. Sólo sabes hablar. Atrévete a mostrarte de una vez, enfréntate conmigo cuerpo a cuerpo, y veremos qué pasa. Eres tú quien me teme.”

Para demostrárselo me levanto, desnudo de cintura para abajo, y camino hasta el cuarto de baño. Paso a su lado, obligándole a apartarse. Me doy una ducha rápida -la ducha es otro momento típico de indefensión- y luego me acuesto. Apago la luz y rápidamente me duermo.

En mi debilidad se ceba, pero respeta extrañamente mi dolor. Lo digo porque a veces sufro punzadas en el pecho, algunas fuertes, que me han hecho pensar que podría morir en mitad de la noche, solo, sin nadie que viniera a despertarme por la mañana. Me encontrarían a los dos o tres días, cuando la ausencia en el trabajo fuera extraña.

En estos momentos críticos de soledad no se atreve a acercarse; ni siquiera se deja sentir en las proximidades de la habitación. Casi le aprecio entonces, por su discrección.

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